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miércoles, 18 de febrero de 2015

El Rito de la Lluvia

El crujir del pasto reseco acompaña nuestro camino hacia el árbol desnudo. Pese a ser mayo el otoño parece haber dado paso prematuramente a un invierno tibio, árido, que cae como un manto áspero sobre la ciudad. El parque ahora parece más bien un descampado y no hay nada en él que atraiga mucho, pero nosotros ya lo conocemos de pie a cabeza de primaveras y veranos, no nos hace falta el presente.
 
Durante todo el trayecto las manos de él se sacuden de un lugar a otro, indecisas, incapaces de sostener las mías. La breve distancia que nos separa resalta como un tambor en el silencio. Bajo el árbol, finalmente, nos sentamos en un banco casi deshecho, y dejamos que nos inunde el silencio.
 
Yo no quiero hablar más de esto. Quisiera haber evitado este momento; hubiera deseado que el presente, necesario pero absurdo, hiciera lugar para el futuro que espero. Pero él dilata el momento, se revuelve en su lugar y solloza. Por el rabillo veo sus convulsos movimientos, parecen los de un animal herido, basta un segundo para que se me oprima el pecho y ya no pueda verlo. Levanto la mirada hacia el árbol; sus hojas tiemblan levemente, como tiemblan sus labios cuando acerca su rostro compungido al mío y me busca a tientas con su boca suplicante. Me hago a un lado, mi lentitud sólo refuerza el rechazo y él se tapa los ojos con las manos y rompe a llorar.
 
Las nubes se oscurecen y caen las primeras gotas. Bajo el árbol no nos llega la lluvia, siento que estamos en un mundo aparte, atrapados por su llanto y mi determinación inquebrantable. Él apoya su cabeza en mis piernas, yo apoyo mis manos en su cabeza. La lluvia cae en otro universo donde él no llora y yo estoy lejos, y ese universo se manifiesta en el ruido que las gotas hacen al caer sobre las hojas y deslizarse hacia el suelo, en el crujir de las ramas al viento. En ese mundo pasan los autos y los colectivos recogen gente, hay perros que miran a través de las ventanas y madres cubriendo a sus hijos con botas y pilotos. Cierro los ojos y me veo en casa preparando café, mirando a los transeúntes bajo mi balcón, y pareciera que, de repente, ese mundo se aleja infinitamente de mí, como si sólo existiese en las películas. Y yo, tomada por el mismo instinto que movió a las civilizaciones antiguas, rezo por que llegue la lluvia.
 
Quizá habrá intuido mi plegaria, porque en ese instante él se levanta y fija su mirada hacia delante, en el mundo donde llueve sobre los autos y los árboles. Luego me mira pesadamente, cargando de mí todo lo que puede llevarse, y esta vez son mis manos las que tiemblan, apoyadas sobre mi estómago. Él lo nota y sonríe levemente mientras estira las piernas y se para, su cabeza casi toca las hojas del árbol, y mientras camina hacia delante las gotas de agua comienzan a mojar su cuerpo, se deslizan entre su pelo y quedan allí, escondidas, para siempre; y cuanto más se aleja menos resiste el árbol la lluvia, el agua se cuela entre las ramas y cae, cae persistentemente sobre mí en ese mundo donde los autos pasan y los colectivos recogen gente, donde los perros se acuestan a mirar por las ventanas y las madres tapan a sus hijos con pilotos y paraguas. Es en ese mismo mundo donde me levanto y desando el camino de vuelta a casa. Ahí ahora sólo me espera café para hacer.

2 ideas compartidas:

Anónimo dijo...

mañana piloto , paraguas botas de goma besos carla

Anónimo dijo...

https://www.youtube.com/watch?v=-xhJx6UR4Vw

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