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jueves, 27 de noviembre de 2014

El cielo es casi el mismo

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En algún momento entendí que no lo extrañaba, sino que me hacía falta.
 
No pensaba mucho en eso. Sabía que el tiempo eventualmente iba a destituir la importancia aquellos recuerdos y reducir su implacabale intensidad, como el mar erosiona las costas. Sin embargo, pese a mis esfuerzos por imaginar esas vivencias como enormes piedras deshaciéndose bajo la persistencia de las olas, el dolor se acrecentaba. Creo que esperaba que las cosas se resolvieran más rápidamente, casi sin que yo me diera cuenta de qué estaba ocurriendo, y la frustración de encontrarme con una realidad diferente me llevaba a una triste evasión donde esa estúpida metáfora del mar y la arena ya no lograba darme ningún alivio. El dolor era el mismo.
 
En esos momentos, salía a caminar sin rumbo y pensaba en las pancherías. En un principio, al mudarme a esta ciudad de gigantes, no había notado la sutil diferencia respecto a mi anterior ciudad, pero gradualmente fui descubriendo la verdad: no hay casi pancherías. Abundan otros locales: rotiserías chinas, parrillas, carritos de frituras. Algo tan natural, tan automático como salir a dar una vuelta y comer un pancho se había convertido en un plan a organizar, donde tenía que pensar en dónde hallar una panchería relativamente decente y cómo trazar mi recorrido vagabundo hacia ella. Me resultaba difícil de que algo algo tan nimio, tan absurdo como comprar un pancho y comerlo sentada en el cordón de la vereda iba a convertirse en una añoranza. Y eso me hacía sentir extranjera del mundo; ya no podía regresar a mi ciudad de origen, pero nunca podría terminar de echar raíces en este lugar donde después de seis años seguía sintiendo extraño que no hubiesen pancherías.
 
La tristeza tiene esa costumbre de buscar consuelo la rutina. En mi caso, habían muchas partes faltantes que vivían en el pasado, piezas del rompecabezas que ya no podían encajar con las otras. No habían desaparecido, pero ya no encajaban en una figura. Yo las seguía cargando como si todavía pudiesen responder a algo. Una de esas piezas inútiles eran las pancherías, que no tenían lugar en esta ciudad. Y así como sentía que habían pequeños agujeros de vacío en las esquinas y en las plazas, huecos que debían ocupar las pancherías, también sentía un vacío extendiéndose en mi, cavando huecos en mi cuerpo, engangrenándome. Allí donde debía estar el brazo de él ahora había un vacío, y donde se supone debía hallar su recuerdo, sólo encontraba la imagen de olas rompiendo sobre piedras. De alguna manera su ausencia se había convertido en retazos de cuerpo que me habían arrancado y rellenado con palabras de aliento que al final son sólo eso: aliento.
 
El problema no fue el primer día de su ausencia, ni el segundo, ni el tercero. Al igual que cuando emigré, en un principio no noté las diferencias y me dediqué únicamente a enfrentarme a lo nuevo. Ningún conquistador llegó a tierras nuevas esperando encontrar su pasado, pero, como ellos, lo busqué sin darme cuenta. Así fue como comencé a instalar el vacío en mi cuerpo y a cambiar recuerdo por métafora. Y cuando aquellas cavernas se asentaron salí a buscarlo en el vagabundeo inútil, de la misma manera que buscaba las pancherías. Cuando lo buscaba, aparecía ese vacío de significado donde las piezas que llevaba ya no encajaban, y yo, perpleja, daba media vuelta y seguía andando y andando, como si fuera a encontrarlo igual en cualquier momento.
 
Pero no lo encuentro. Mi camino es largo, plagado de plazas y parques, y no lo veo por ningún lado. Sólo puedo ver que ahí, en la esquina del restaurant, debería haber una panchería. No me queda otra que recostarme en el pasto y mirar al cielo, el único que en todos lados es casi el mismo.
 
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