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miércoles, 8 de octubre de 2014

Subacuática

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Sueño que una ciudad acuática palpita bajo mis pies. En ella veo altos edificios erguidos entre los haces de luz que cortan el agua, más cercanos a largas y delgadas algas que a sus contrapartes terrestres. Bancos, universidades y residencias pueblan esta ciudad sumergida, y la vida pareciera seguir los mismos caminos que transita por encima de la superficie.
 
Las personas —algunas sirenas, otras seres humanos— nadan entre los edificios coralinos con bolsos y mochilas, ingresando a los mismos por las múltiples puertas que hay distribuidas a distintas alturas. Sirenas o no, todos dejan ver delgadas branquias en sus cuellos abriendo y cerrándose suavemente, y ojos brillantes como canicas.
 
Una mujer de largo cabello me señala las profundidades, me las ofrece con manos nudosas. Mientras observo aquella ciudad, me cosquillean los pies y las palmas de las manos. Estoy a un paso de cruzar la barrera de agua y cambiar mi destino, de abandonar la tierra firme e internarme en un mundo de sonidos amortiguados por capas infinitas de mar. Pero yo algo me deja ver más allá de las apariencias, y comprendo que por más diferentes que parezcan, en el centro de la realidad ambas ciudades son idénticas. Todos sus habitantes, sus edificios, su entretenimiento, y todas las rutinas posibles en ellas son como dos reflejos equivalentes. Dos rostros iguales que, burlones, se observan mutuamente.
 
La mujer gesticula y me invita a sumergirme. Yo, en cambio, doy vuelta sobre mis pasos y comienzo un largo camino en ascenso que me lleva, lentamente, hacia la cumbre de las montañas.
 
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