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martes, 19 de agosto de 2014

La Ciudad


Sueño que camino largamente en una ciudad apacible. Bañadas por la última luz del atardecer, las calles se extienden bajo mis pies infinitamente, y yo voy dibujando su recorrido por la tierra. Detrás de mí la oscuridad gana terreno, expandiendo la noche en el mundo como un manto de terciopelo. Y yo, paso por paso, escapo despacito de ese crepúsculo masivo.

Así es como voy de barrio en barrio, con las manos en los bolsillos y una leve sonrisa, siguiendo al sol como a un profeta. En las casas y los cafés las personas se preparan para recibir la noche, encendiendo luces y calentando pavas. Los mozos toman los últimos pedidos y conversan tras la barra, anticipando la hora de regresar a sus hogares. Los clientes, con la mirada perdida, ceden espacio a esa invitada tan ansiada que es la noche. Yo, en cambio, sigo caminando detrás del sol, siguiendo su camino como la cola de un cometa.

A mis espaldas, el mundo se transforma, como un camaleón: de dorado a gris, de gris a azul, de azul a negro. Las puertas se cierran, los televisores se encienden, las voces se suavizan. Yo sigo mi camino de barrio en barrio, entre los edificios aún iluminados por el sol aciago. Avanzo en la tranquilidad de la tarde, mi meta fija en el horizonte movedizo. Pero en mi sueño ya puedo vislumbrar el momento, la certeza ineludible de que, lentamente, metro a metro, me voy acercando al mar, a la última frontera de la vigilia, y será allí donde, de una vez por todas, me caiga la noche encima.

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