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lunes, 30 de junio de 2014

Tiempo

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En el balcón las estrellas arrrastran consigo la noche fría, con su estela de largas esperas en el cielo inmenso. No somos tan diferentes de ellas ni de todos los astros que trazan espirales infinitas en la vastedad de la existencia. No somos distintos porque en algún punto de la creación el polvo concentrado de las explosiones y la radiación de miles de combustiones que se desgarran en la oscuridad del universo se aglomeraron en tus ojos, intensos como el magma, inervantes como cráteres, que me miraban impasibles a medida que mi cuerpo se iba, se retraía como un telescopio que apuntando al cielo olvida la Tierra.
 
La inmensidad es la misma, querido mío. Todo lo que hay de vasto, de incomensurable, se multiplica en todas las direcciones cuando pienso en la soledad eterna que cargo conmigo. Sólo pensando en ella comprendo el infinito, y soy un alma comulgando con todos los cuerpos celestes, aquellos que se trenzan en el confuso tapiz que matiza el cosmos. Desde que perdí los jardines me aferré a los balcones, tanto más vertiginosos que la hierba tendida, y las luces fosforescentes de las ciudades reemplazaron a cada luciérnaga. Desde allí sigo en la eterna observación, incansable. No hay alba que arranque la espera, sólo llamas incipientes que tragan viejos recuerdos en su paso persistente por el pasado de las cosas.
 
No lo siento extraño. Es parte de la naturaleza de los seres recostarse en viejos recuerdos, y de mis más preciadas memorias llega el día antiguo, plagado de pequeños engaños de mi cerebro, donde el Sol se alejaba de nosotros como una cinta dorada remontando vuelo. Allí, frente a mi puerta, llorabas mi ausencia con las manos apretadas como las de un niño, y yo, con la sabiduría que gané de observar estrellas, me había ido con la brisa misma que se había llevado la calidez de la tarde. No me culpes por ello, mi pecado fue partir demasiado tarde. Cuando llegaste a mí por vez primera yo estaba completamente viva, entretejida como un hilo más con todas las vidas; pero no puedo decir lo mismo de mi partida.
 
Desde entonces salto por los balcones. Las ciudades insomnes me han dado un ojo vigilante y pies ligeros para marcharme siempre antes de tiempo. Las lenguas de fuego siguen atormentando los campos pintados de mi recuerdo, devorando todo a su paso. Bajo los cielos nocturnos aniquilan todo lo viejo, cubriendo el pasado de cenizas. No me importa. Ya me he marchado de mil vidas, y sobre mi cabeza pesan todas las galaxias, plagadas de estrellas.
 
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