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domingo, 25 de mayo de 2014

Recuerdos Extraños

El frío no perdonaba a la noche, pero en el living no se sentía en lo absoluto la cortina de helada que se decantaba, lenta e implacable, sobre el mundo exterior. Los muebles apretujados se teñían de un tono cálido, como encantados por la calidez de la salamandra que no dejaba un rincón sin gobernar. En la cocina resonaba la heladera con su respiración constante; otro mundo alejado donde el frío arreciaba. Sobre la mesa, el té con leche de las dos tazas se mantenía intacto, mientras cuatro manos se aferraban con tenacidad a dos tasas. La conversación era tensa, no había mucho de qué hablar y la noche no auspiciaba charlas. El ronroneo paciente de los cuerpos que dormían no colaboraba a contener a los únicos que permanecían despiertos. Para pretender que ignoraban sus intenciones encendieron el televisor, pero pronto se dieron cuenta de que interfería aún más en la noche, como si las puertas de entrada se hubiesen abierto de par en par y una correntada de frío destruyese la noche calma. Apagaron el aparato en seguida, y se mantuvieron en silencio durante el más largo de los momentos.

Finalmente, ella se levantó de la mesa. Dio algunas vueltas, indecisa, en torno al sillón, al cristalero, al colgador, hasta que su mano vagabunda halló la superficie suave y caliente de un gato que dormía. Allí se detuvo, como aliviada de encontrarle un fin a su disrupción, y acarició al animal largamente, turbándolo de su sueño. Sin animarse a seguirla, él sorbió el té con leche tímidamente. La temperatura se mantenía pese al largo tiempo transcurrido, o quizá, pensó, el tiempo se estiraba sólo para ellos dos mientras que en el resto del mundo matenía su lineal trayectoria. Comentó sobre el té en un susurro, lo cual tuvo un efecto devastador para su recién encontrada tranquilidad: ella abandonó al gato y volvió a sentarse a su lado. Habría creído que a ella no le importaba nada si no hubiera sido por el más levísimo de los temblores en su mano derecha cuando acercó la taza a sus labios, como dudando por un instante de la causa de su regreso a la mesa. Aquel pensamiento lo abrumó al punto de paralizarlo. Ella dejó la taza en la mesa, y luego no dijo más nada.

El coro de respiraciones no amainaba, y más que inducirlos al sueño los sumía en un ambiente de intimidad inusitada. Ella, apenas iluminada por las brasas rojizas de la puerta entreabierta de la salamandra, con sus manos parcialmente tapadas por el suéter de lana, tan cercana, de repente, como nunca antes lo había estado. En esa casa llena de gente durmiendo, sólo ellos dos permanecían despiertos. Su amigo probablemente roncaba en su cama, completamente ajeno a ellos dos sentados en la mesa, esperando a que el destino jugara sus cartas. Pero eso no va a pasar, se dijo, si yo no hago nada, y ella no hace nada, mañana nos despertamos y esto fue sólo un recuerdo extraño dentro de los miles de recuerdos extraños que tengo. Aquella esperanza lo animó un poco. Sin embargo, inesperadamente, ella acercó su silla a la de él silenciosamente. 

No supo qué hacer durante los segundos que siguieron, cuando ella levantó su cuerpo de la silla y suavemente se sentó sobre las piernas de él, tan cálida y plena, más real que nadie en ese mundo de durmientes; cuando pasó su brazo detrás de su cuello y acercó su cara a la de ella, su boca ya estaba lista para recibirlo en ese momento de confusión; cuando su mano reforzó al brazo que lo acercaba a ella. Fueron sólo unos segundos. Cuando quebraron la tensión superficial, él se dejó llevar por el cuerpo de ella, por su boca caliente, su piel escondida bajo la ropa. No se entrecortó la respiración de ninguno de los ocupantes de las camas, como él tanto había temido antes, y aquello le dio el impulso para llevarla al sillón y sacarle las prendas de ropa una a una, de ver su piel bajo la tenue luz de las brasas, ahora más lejana a las dos tazas de té con leche abandonadas sobre la mesa.

La mañana llegó pronto. Se despertó solo y acalorado en el sillón, alertado por el tintineo de cubiertos en la cocina. Estaban lavando los platos y preparando el desayuno. Confundido y avergonzado, se puso la ropa que había traído la noche anterior y se debatió sobre qué debía hacer ahora. Antes de que sus turbaciones se prolongaran lo llamaron para desayunar con la familia. En la mesa ya estaban casi todos sentados, y le sonreían como siempre lo hacían desde hacía más de diez años. Su mejor amigo, sentado frente a él, le preguntó cómo había dormido. Respondió con balbuceos, buscando inútilmente las dos tazas de té con leche con la vista. Mientras le servían el café, por la escalera bajó ella en piyama con impávida parsimonia, como si el mundo fuera hoy exactamente igual a como había sido ayer, como si los dos se hubiesen terminado el café con leche e ido a dormir, cada uno por su cuenta. Le dolía ver su pelo suelo y su mirada soñolienta, le hirió más la sonrisa casual que le dirigió mientras saludaba a todos por igual, al tiempo en que se sentaba y besaba amorosamente a su mejor amigo, quien ahora le pasaba un brazo por la cintura. No había rastro de las tazas que habían dejado sin terminar la noche anterior, ni del olor de su pelo, ni del contacto de su piel, como si nada fuera realmente real, y es que quizá nada había sido cierto, no podía recordar ningún detalle. De la noche anterior sólo quedaba un recuerdo extraño dentro de los miles de recuerdos extraños que él tenía. 

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