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lunes, 27 de enero de 2014

Indra y Nerea

Hace muchos años encontramos un túnel del tiempo con mi hermana. Fue accidental, éramos sólo niñas y en ese momento no comprendimos con claridad la inmensa vastedad de nuestro descubrimiento. El túnel, o más bien laguna, o específicamente charco, se formaba ocasionalmente bajo una morera apestada de insectos en la casa de mi abuelo. Su jardín era gigantesco, poblado de árboles altos y matas frondosas. Habíamos trazado y armado túneles en la copiosa vegetación, que rodeaban el largo perímetro del terreno. Debajo de la morera habíamos cortado y excavado una caverna en medio de hojas, tierra y raíces, y desde allí podíamos ver el movimiento de la casa tras un cortinado de verde. Nadie conocía nuestro refugio, lo que lo convertía en nuestro favorito; pero no fue sino hasta una tarde lluviosa que descubrimos el túnel. 

La lluvia había cesado, pero el cielo no escampaba todavía. El sol pálido se escondía tras las gruesas nubes, grises como piedras. Nerea y yo escapamos en silencio de la casa, y en cuestión de segundos habíamos alcanzado el camuflaje cómplice de las plantas y los árboles, escondidas de los demás. Corrimos entre las hojas mojadas con baldes zarandeándose en nuestras manos, las cabezas gachas, hasta llegar a la morera. Por precaución nos mantuvimos completamente inmóviles bajo las pesadas gotas que colgaban de las hojas, pero el llamado de papá nunca llegó. Mi hermana sofocó una risa nerviosa, y yo apreté la tela de la remera entre mis puños. Sonrientes y sin decirnos nada, comenzamos a cavar la tierra con nuestras manos y llenar los baldes con viscosos masacotes de barro. No nos dimos cuenta del túnel hasta que hubimos cavado muy profundo y nuestros brazos habían quedado negros como la tierra. 

Yo fui la primera en señalar los colores, maravillada. Nerea en un principio no vio claro, y tuve que enturbiar el agua con una rama para que pudiera encontrar lo que yo le señalaba. Éramos nosotras dos, estaba segura. En la imagen del agua, ella estaba sentada a mi lado en una mesa redonda de madera, y sorbía leche y cereales de una cuchara sopera. Yo, tan pequeña que todavía no podía comer sola, admiraba la fuerza y precisión del brazo de Nerea. Era un recuerdo real, algo que había ocurrido hacía dos o tres años. Había una fotografía de ese mismo momento encuadrada en el comedor de nuestra casa, con nuestra madre a un costado, sonriendo. Levanté la mirada y vi a mi hermana absorta en la imagen. Volví a intentar encontrar ese momento en la superficie del charco, pero la tierra absorbía el agua rápidamente, y en unos instantes Nerea, mi madre y yo nos habíamos escurrido hacia el interior de la tierra.

Ese fue nuestro primer encuentro con el túnel. Con el paso del tiempo descubrimos que de nada servía intentar llenar el hueco entre las raíces con agua traída de otros lugares. Aquel vórtice caprichoso se abría tan solo con la lluvia, y no con todas las tormentas. Por supuesto, cuando hablamos a nuestros padres y abuelos de una pantalla de televisión en el jardín todos sonrieron y nos pidieron que no nos embarremos más. Mejor para nosotras, nos aferramos con más fuerza a ese secreto. Aprendimos a esconderlo de los demás, a dirigirnos miradas misteriosas cuando alguien se acercaba a cosechar moras. 

Los años pasaron. En ocasiones Nerea veía una cosa en la superficie del agua y yo otra, y pasábamos horas compartiendo aquellos pocos segundos de recuerdo, o contándonos anécdotas que nos habían pasado estando separadas. El túnel sabía mostrarnos nuestros recuerdos más preciados en el momento necesario. Cuando nuestros padres se separaron y nuestra casa se partió en dos pequeños departamentos, el agua colorida proyectaba viajes en auto por montañas, sólo nosotros cuatro. Al fallecer nuestra abuela, el túnel fue el único que pudo devolver a aquel recuerdo tenue las miradas, los gestos y los movimientos de las manos. En la escurridiza superficie del agua se dibujaron siestas doradas en verano, juegos con amigos en jardines, perros abrazados, casas de árboles, bailes. Mi hermana escribió "Indra y Nerea" en el tronco del árbol con un cuchillo subrepticio que luego enterró a un costado del túnel.

Algo cambió con el paso de nuestras edades. Cuando Nerea alcanzó la pubertad, sus recuerdos conmigo fueron menguando. Yo seguía hallándola en casi todos mis vistazos al túnel y, sin entender exactamente por qué, me entristecía que lo que ella veía en nuestro charco se me hiciera tan lejano e incomprensible, y más me dolía saber que yo ya no estaba en esos recuerdos con la misma frecuencia. Incluso cuando yo pasé mis trece años y ya me costaba inclinarme bajo la morera, seguí encontrando a Nerea en la superficie del agua como siempre, sonriente y enérgica, abrazándome y llevándome de la muñeca de un lugar a otro. 

A esa edad ya comprendíamos que no nos quedaba otra opción más que ocultar la existencia del túnel. Lo que antes había sido nuestro secreto cómplice comenzaba a volverse un temor compartido. Nerea me había hecho jurar que jamás le contaría a nadie del túnel, y yo, perpleja, la obligué a prometerme lo mismo. Ya no íbamos tanto a la casa de mi abuelo, y las proyecciones del túnel en lugar de entibiarme el pecho, me llenaban de una trémula nostalgia que anidaba en mí durante días. Nerea, a veces, lloraba. 

La partida de nuestro padre cayó en nuestra vida como un manto oscuro y denso. Mis quince años se sentían pesados, y pensé que el tiempo se alargaba, deforme, como una goma derretida. Comencé a evitar el túnel cuando me encontraba de ánimo melancólico, para evitar la hostilidad de los recuerdos. Me decidí por la idea de que el pasado ya no es real, que las memorias que tenemos son fantasías que decoramos año tras año con cosas de nuestro presente, como árboles de navidad. Gracias a ese razonamiento pude volver a disfrutar de mis fugaces visitas al túnel.

Nerea no pensó lo mismo. Ciega de esperanza, se internaba bajo la morera durante largas horas, aplastada contra el barro. Aquellas visitas rara vez acababan bien. Me contaba de ocasiones en que papá nos había llevado a armar muñecos de nieve, o cuando él leía cuentos. No quería escucharlo. Había algo delirante y ostentoso en esos relatos del túnel, una desoladora tristeza que se transformaba grotescamente en fábulas e historias idealizadas. Nerea creía en estas imágenes más que en nuestras conversaciones. Con sus diecinueve años, delgada y tostada por el sol, recordaba más agachándose contra la morera que sentada en la sala de casa. Le pedí que no lo hiciera más, pero me ganó la fuerza de su desconsuelo. Era la única de las dos que podía mantener a nuestro padre vivo, bueno y alegre como queríamos recordarlo, aunque fuera en un falso recuerdo.

Al cumplir mis veinte años, papá volvió. Estábamos en la casa de mamá una tarde tibia, y de repente abrió la puerta, como un fantasma. Escuché hasta el último de sus motivos con un horrible escepticismo, totalmente desconocido para mí. Sobre aquel manto de su partida ya habían crecido tantas cosas que me costó encontrarme con mi padre verdadero. Conocí en mí un cinismo violento y aterrador, que me enloqueció hasta las lágrimas esa noche. Irrumpí en la habitación de Nerea rogando entender si era sólo yo, sólo para encontrarla vacía, y desesperé al comprender que probablemente había ido a la casa de nuestro abuelo a esa hora absurda de la noche a esperar la lluvia. 

Partí tras ella apretando un piloto fuertemente bajo mi brazo. El viaje en colectivo fue insoportable. Caminé por la calle de tierra como una sombra, silenciosa como un muerto. El portón trasero estaba mal cerrado, y lo atravesé rápidamente. Un miedo insano comenzó a estrujarme las entrañas cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, y me eché a correr bajo los árboles como una loca. Frente a mí veía las huellas frescas de las botas de Nerea, y de sus manos, y codos, y rodillas. Había estado tropezándose como borracha. Encontré el camino secreto entre los árboles y me abalancé sobre él, jadeando y apartando las ramas de mi camino con manotazos erráticos. Escuché el llanto suave de Nerea, taponado por las miles de gotas que reventaban en la tierra. Agachada en el suelo, con el cuchillo en la mano y la cabeza entre los codos, se sacudía en espasmos y temblores. La imagen me estremeció. Demoré unos momentos en notar las ramas y pedazos de morera desparramados a su alrededor, y las raíces arrancadas directamente de la tierra que colgaban de sus manos ensangrentadas. Las hojas, tajeadas y destrozadas por el filo del cuchillo, tapaban el deforme agujero de lo que había sido nuestro túnel del tiempo. 

Me senté a su lado y las dos lloramos y lloramos hasta que el jardín se inundó de lluvia. Tuvimos que irnos cuando comenzaron a caer los rayos y las correntadas de agua y viento arrastraron los pedazos de morera, desperdigándolos por distintos lugares del mundo. Nos deslizamos por los árboles como sombras, silenciosas como muertos.

Nerea y yo nunca volvimos a hablar del túnel de nuevo. 

2 ideas compartidas:

GatoConPipa dijo...

Lo disfrute mucho.

Plastique dijo...

gracias

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