Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

jueves, 27 de noviembre de 2014

El cielo es casi el mismo

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En algún momento entendí que no lo extrañaba, sino que me hacía falta.
 
No pensaba mucho en eso. Sabía que el tiempo eventualmente iba a destituir la importancia aquellos recuerdos y reducir su implacabale intensidad, como el mar erosiona las costas. Sin embargo, pese a mis esfuerzos por imaginar esas vivencias como enormes piedras deshaciéndose bajo la persistencia de las olas, el dolor se acrecentaba. Creo que esperaba que las cosas se resolvieran más rápidamente, casi sin que yo me diera cuenta de qué estaba ocurriendo, y la frustración de encontrarme con una realidad diferente me llevaba a una triste evasión donde esa estúpida metáfora del mar y la arena ya no lograba darme ningún alivio. El dolor era el mismo.
 
En esos momentos, salía a caminar sin rumbo y pensaba en las pancherías. En un principio, al mudarme a esta ciudad de gigantes, no había notado la sutil diferencia respecto a mi anterior ciudad, pero gradualmente fui descubriendo la verdad: no hay casi pancherías. Abundan otros locales: rotiserías chinas, parrillas, carritos de frituras. Algo tan natural, tan automático como salir a dar una vuelta y comer un pancho se había convertido en un plan a organizar, donde tenía que pensar en dónde hallar una panchería relativamente decente y cómo trazar mi recorrido vagabundo hacia ella. Me resultaba difícil de que algo algo tan nimio, tan absurdo como comprar un pancho y comerlo sentada en el cordón de la vereda iba a convertirse en una añoranza. Y eso me hacía sentir extranjera del mundo; ya no podía regresar a mi ciudad de origen, pero nunca podría terminar de echar raíces en este lugar donde después de seis años seguía sintiendo extraño que no hubiesen pancherías.
 
La tristeza tiene esa costumbre de buscar consuelo la rutina. En mi caso, habían muchas partes faltantes que vivían en el pasado, piezas del rompecabezas que ya no podían encajar con las otras. No habían desaparecido, pero ya no encajaban en una figura. Yo las seguía cargando como si todavía pudiesen responder a algo. Una de esas piezas inútiles eran las pancherías, que no tenían lugar en esta ciudad. Y así como sentía que habían pequeños agujeros de vacío en las esquinas y en las plazas, huecos que debían ocupar las pancherías, también sentía un vacío extendiéndose en mi, cavando huecos en mi cuerpo, engangrenándome. Allí donde debía estar el brazo de él ahora había un vacío, y donde se supone debía hallar su recuerdo, sólo encontraba la imagen de olas rompiendo sobre piedras. De alguna manera su ausencia se había convertido en retazos de cuerpo que me habían arrancado y rellenado con palabras de aliento que al final son sólo eso: aliento.
 
El problema no fue el primer día de su ausencia, ni el segundo, ni el tercero. Al igual que cuando emigré, en un principio no noté las diferencias y me dediqué únicamente a enfrentarme a lo nuevo. Ningún conquistador llegó a tierras nuevas esperando encontrar su pasado, pero, como ellos, lo busqué sin darme cuenta. Así fue como comencé a instalar el vacío en mi cuerpo y a cambiar recuerdo por métafora. Y cuando aquellas cavernas se asentaron salí a buscarlo en el vagabundeo inútil, de la misma manera que buscaba las pancherías. Cuando lo buscaba, aparecía ese vacío de significado donde las piezas que llevaba ya no encajaban, y yo, perpleja, daba media vuelta y seguía andando y andando, como si fuera a encontrarlo igual en cualquier momento.
 
Pero no lo encuentro. Mi camino es largo, plagado de plazas y parques, y no lo veo por ningún lado. Sólo puedo ver que ahí, en la esquina del restaurant, debería haber una panchería. No me queda otra que recostarme en el pasto y mirar al cielo, el único que en todos lados es casi el mismo.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Subacuática

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Sueño que una ciudad acuática palpita bajo mis pies. En ella veo altos edificios erguidos entre los haces de luz que cortan el agua, más cercanos a largas y delgadas algas que a sus contrapartes terrestres. Bancos, universidades y residencias pueblan esta ciudad sumergida, y la vida pareciera seguir los mismos caminos que transita por encima de la superficie.
 
Las personas —algunas sirenas, otras seres humanos— nadan entre los edificios coralinos con bolsos y mochilas, ingresando a los mismos por las múltiples puertas que hay distribuidas a distintas alturas. Sirenas o no, todos dejan ver delgadas branquias en sus cuellos abriendo y cerrándose suavemente, y ojos brillantes como canicas.
 
Una mujer de largo cabello me señala las profundidades, me las ofrece con manos nudosas. Mientras observo aquella ciudad, me cosquillean los pies y las palmas de las manos. Estoy a un paso de cruzar la barrera de agua y cambiar mi destino, de abandonar la tierra firme e internarme en un mundo de sonidos amortiguados por capas infinitas de mar. Pero yo algo me deja ver más allá de las apariencias, y comprendo que por más diferentes que parezcan, en el centro de la realidad ambas ciudades son idénticas. Todos sus habitantes, sus edificios, su entretenimiento, y todas las rutinas posibles en ellas son como dos reflejos equivalentes. Dos rostros iguales que, burlones, se observan mutuamente.
 
La mujer gesticula y me invita a sumergirme. Yo, en cambio, doy vuelta sobre mis pasos y comienzo un largo camino en ascenso que me lleva, lentamente, hacia la cumbre de las montañas.

martes, 19 de agosto de 2014

La Ciudad

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Sueño que camino largamente en una ciudad apacible. Bañadas por la última luz del atardecer, las calles se extienden bajo mis pies infinitamente, y yo voy dibujando su recorrido por la tierra. Detrás de mí la oscuridad gana terreno, expandiendo la noche en el mundo como un manto de terciopelo. Y yo, paso por paso, escapo despacito de ese crepúsculo masivo.

Así es como voy de barrio en barrio, con las manos en los bolsillos y una leve sonrisa, siguiendo al sol como a un profeta. En las casas y los cafés las personas se preparan para recibir la noche, encendiendo luces y calentando pavas. Los mozos toman los últimos pedidos y conversan tras la barra, anticipando la hora de regresar a sus hogares. Los clientes, con la mirada perdida, ceden espacio a esa invitada tan ansiada que es la noche. Yo, en cambio, sigo caminando detrás del sol, siguiendo su camino como la cola de un cometa.

A mis espaldas, el mundo se transforma, como un camaleón: de dorado a gris, de gris a azul, de azul a negro. Las puertas se cierran, los televisores se encienden, las voces se suavizan. Yo sigo mi camino de barrio en barrio, entre los edificios aún iluminados por el sol aciago. Avanzo en la tranquilidad de la tarde, mi meta fija en el horizonte movedizo. Pero en mi sueño ya puedo vislumbrar el momento, la certeza ineludible de que, lentamente, metro a metro, me voy acercando al mar, a la última frontera de la vigilia, y será allí donde, de una vez por todas, me caiga la noche encima.

lunes, 30 de junio de 2014

Tiempo

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En el balcón las estrellas arrrastran consigo la noche fría, con su estela de largas esperas en el cielo inmenso. No somos tan diferentes de ellas ni de todos los astros que trazan espirales infinitas en la vastedad de la existencia. No somos distintos porque en algún punto de la creación el polvo concentrado de las explosiones y la radiación de miles de combustiones que se desgarran en la oscuridad del universo se aglomeraron en tus ojos, intensos como el magma, inervantes como cráteres, que me miraban impasibles a medida que mi cuerpo se iba, se retraía como un telescopio que apuntando al cielo olvida la Tierra.
 
La inmensidad es la misma, querido mío. Todo lo que hay de vasto, de incomensurable, se multiplica en todas las direcciones cuando pienso en la soledad eterna que cargo conmigo. Sólo pensando en ella comprendo el infinito, y soy un alma comulgando con todos los cuerpos celestes, aquellos que se trenzan en el confuso tapiz que matiza el cosmos. Desde que perdí los jardines me aferré a los balcones, tanto más vertiginosos que la hierba tendida, y las luces fosforescentes de las ciudades reemplazaron a cada luciérnaga. Desde allí sigo en la eterna observación, incansable. No hay alba que arranque la espera, sólo llamas incipientes que tragan viejos recuerdos en su paso persistente por el pasado de las cosas.
 
No lo siento extraño. Es parte de la naturaleza de los seres recostarse en viejos recuerdos, y de mis más preciadas memorias llega el día antiguo, plagado de pequeños engaños de mi cerebro, donde el Sol se alejaba de nosotros como una cinta dorada remontando vuelo. Allí, frente a mi puerta, llorabas mi ausencia con las manos apretadas como las de un niño, y yo, con la sabiduría que gané de observar estrellas, me había ido con la brisa misma que se había llevado la calidez de la tarde. No me culpes por ello, mi pecado fue partir demasiado tarde. Cuando llegaste a mí por vez primera yo estaba completamente viva, entretejida como un hilo más con todas las vidas; pero no puedo decir lo mismo de mi partida.
 
Desde entonces salto por los balcones. Las ciudades insomnes me han dado un ojo vigilante y pies ligeros para marcharme siempre antes de tiempo. Las lenguas de fuego siguen atormentando los campos pintados de mi recuerdo, devorando todo a su paso. Bajo los cielos nocturnos aniquilan todo lo viejo, cubriendo el pasado de cenizas. No me importa. Ya me he marchado de mil vidas, y sobre mi cabeza pesan todas las galaxias, plagadas de estrellas.

domingo, 25 de mayo de 2014

Recuerdos Extraños

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El frío no perdonaba a la noche, pero en el living no se sentía en lo absoluto la cortina de helada que se decantaba, lenta e implacable, sobre el mundo exterior. Los muebles apretujados se teñían de un tono cálido, como encantados por la calidez de la salamandra que no dejaba un rincón sin gobernar. En la cocina resonaba la heladera con su respiración constante; otro mundo alejado donde el frío arreciaba. Sobre la mesa, el té con leche de las dos tazas se mantenía intacto, mientras cuatro manos se aferraban con tenacidad a dos tasas. La conversación era tensa, no había mucho de qué hablar y la noche no auspiciaba charlas. El ronroneo paciente de los cuerpos que dormían no colaboraba a contener a los únicos que permanecían despiertos. Para pretender que ignoraban sus intenciones encendieron el televisor, pero pronto se dieron cuenta de que interfería aún más en la noche, como si las puertas de entrada se hubiesen abierto de par en par y una correntada de frío destruyese la noche calma. Apagaron el aparato en seguida, y se mantuvieron en silencio durante el más largo de los momentos.

Finalmente, ella se levantó de la mesa. Dio algunas vueltas, indecisa, en torno al sillón, al cristalero, al colgador, hasta que su mano vagabunda halló la superficie suave y caliente de un gato que dormía. Allí se detuvo, como aliviada de encontrarle un fin a su disrupción, y acarició al animal largamente, turbándolo de su sueño. Sin animarse a seguirla, él sorbió el té con leche tímidamente. La temperatura se mantenía pese al largo tiempo transcurrido, o quizá, pensó, el tiempo se estiraba sólo para ellos dos mientras que en el resto del mundo matenía su lineal trayectoria. Comentó sobre el té en un susurro, lo cual tuvo un efecto devastador para su recién encontrada tranquilidad: ella abandonó al gato y volvió a sentarse a su lado. Habría creído que a ella no le importaba nada si no hubiera sido por el más levísimo de los temblores en su mano derecha cuando acercó la taza a sus labios, como dudando por un instante de la causa de su regreso a la mesa. Aquel pensamiento lo abrumó al punto de paralizarlo. Ella dejó la taza en la mesa, y luego no dijo más nada.

El coro de respiraciones no amainaba, y más que inducirlos al sueño los sumía en un ambiente de intimidad inusitada. Ella, apenas iluminada por las brasas rojizas de la puerta entreabierta de la salamandra, con sus manos parcialmente tapadas por el suéter de lana, tan cercana, de repente, como nunca antes lo había estado. En esa casa llena de gente durmiendo, sólo ellos dos permanecían despiertos. Su amigo probablemente roncaba en su cama, completamente ajeno a ellos dos sentados en la mesa, esperando a que el destino jugara sus cartas. Pero eso no va a pasar, se dijo, si yo no hago nada, y ella no hace nada, mañana nos despertamos y esto fue sólo un recuerdo extraño dentro de los miles de recuerdos extraños que tengo. Aquella esperanza lo animó un poco. Sin embargo, inesperadamente, ella acercó su silla a la de él silenciosamente. 

No supo qué hacer durante los segundos que siguieron, cuando ella levantó su cuerpo de la silla y suavemente se sentó sobre las piernas de él, tan cálida y plena, más real que nadie en ese mundo de durmientes; cuando pasó su brazo detrás de su cuello y acercó su cara a la de ella, su boca ya estaba lista para recibirlo en ese momento de confusión; cuando su mano reforzó al brazo que lo acercaba a ella. Fueron sólo unos segundos. Cuando quebraron la tensión superficial, él se dejó llevar por el cuerpo de ella, por su boca caliente, su piel escondida bajo la ropa. No se entrecortó la respiración de ninguno de los ocupantes de las camas, como él tanto había temido antes, y aquello le dio el impulso para llevarla al sillón y sacarle las prendas de ropa una a una, de ver su piel bajo la tenue luz de las brasas, ahora más lejana a las dos tazas de té con leche abandonadas sobre la mesa.

La mañana llegó pronto. Se despertó solo y acalorado en el sillón, alertado por el tintineo de cubiertos en la cocina. Estaban lavando los platos y preparando el desayuno. Confundido y avergonzado, se puso la ropa que había traído la noche anterior y se debatió sobre qué debía hacer ahora. Antes de que sus turbaciones se prolongaran lo llamaron para desayunar con la familia. En la mesa ya estaban casi todos sentados, y le sonreían como siempre lo hacían desde hacía más de diez años. Su mejor amigo, sentado frente a él, le preguntó cómo había dormido. Respondió con balbuceos, buscando inútilmente las dos tazas de té con leche con la vista. Mientras le servían el café, por la escalera bajó ella en piyama con impávida parsimonia, como si el mundo fuera hoy exactamente igual a como había sido ayer, como si los dos se hubiesen terminado el café con leche e ido a dormir, cada uno por su cuenta. Le dolía ver su pelo suelo y su mirada soñolienta, le hirió más la sonrisa casual que le dirigió mientras saludaba a todos por igual, al tiempo en que se sentaba y besaba amorosamente a su mejor amigo, quien ahora le pasaba un brazo por la cintura. No había rastro de las tazas que habían dejado sin terminar la noche anterior, ni del olor de su pelo, ni del contacto de su piel, como si nada fuera realmente real, y es que quizá nada había sido cierto, no podía recordar ningún detalle. De la noche anterior sólo quedaba un recuerdo extraño dentro de los miles de recuerdos extraños que él tenía. 

jueves, 20 de marzo de 2014

Que el mundo sepa

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Tomaré tus manos
en las mías
Morderé(sin daño)
tu boca con la mía

Hay frutos dorados
- nuestra fiel recorrida
por calles distantes
donde antes dormía
tu voz de pirueta,
tu cuerpo distante
yo te conocí antes
de amarte
Y ya conocía mi tristeza infinita.

Sabía, sí,
sabía.
Sabiendo (te)quise
     buscarte
     traerte
     besarte,
       tierna
  escondida
ya no es refugio la mentira
ni tu peso es disonante.

Abandono el mundo del trémulo errante
lacerando, clavando,
trabando salidas
no hay más oscuras comitivas
para escapar el destino andante

No quedan velos, no quedan mantas
todo
se grabará con la dulce estampa
de tu piel
 en mi piel
   en tu piel
     en la mía

el mundo aguerrido
en tu pecho descansa
y si el universo escampa
si susojosmisojos
los ojos nuestros
ven
mi paso,
tu paso,
(mi lenta huida)
alzaré los brazos,
cantaré hacia arriba
fundiré cadenas,
donde antes no había,
y si llaman ellos
a mi boca seca,
que el mundo sepa,

que el mundo sepa. 

lunes, 27 de enero de 2014

Indra y Nerea

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Hace muchos años encontramos un túnel del tiempo con mi hermana. Fue accidental, éramos sólo niñas y en ese momento no comprendimos con claridad la inmensa vastedad de nuestro descubrimiento. El túnel, o más bien laguna, o específicamente charco, se formaba ocasionalmente bajo una morera apestada de insectos en la casa de mi abuelo. Su jardín era gigantesco, poblado de árboles altos y matas frondosas. Habíamos trazado y armado túneles en la copiosa vegetación, que rodeaban el largo perímetro del terreno. Debajo de la morera habíamos cortado y excavado una caverna en medio de hojas, tierra y raíces, y desde allí podíamos ver el movimiento de la casa tras un cortinado de verde. Nadie conocía nuestro refugio, lo que lo convertía en nuestro favorito; pero no fue sino hasta una tarde lluviosa que descubrimos el túnel. 

La lluvia había cesado, pero el cielo no escampaba todavía. El sol pálido se escondía tras las gruesas nubes, grises como piedras. Nerea y yo escapamos en silencio de la casa, y en cuestión de segundos habíamos alcanzado el camuflaje cómplice de las plantas y los árboles, escondidas de los demás. Corrimos entre las hojas mojadas con baldes zarandeándose en nuestras manos, las cabezas gachas, hasta llegar a la morera. Por precaución nos mantuvimos completamente inmóviles bajo las pesadas gotas que colgaban de las hojas, pero el llamado de papá nunca llegó. Mi hermana sofocó una risa nerviosa, y yo apreté la tela de la remera entre mis puños. Sonrientes y sin decirnos nada, comenzamos a cavar la tierra con nuestras manos y llenar los baldes con viscosos masacotes de barro. No nos dimos cuenta del túnel hasta que hubimos cavado muy profundo y nuestros brazos habían quedado negros como la tierra. 

Yo fui la primera en señalar los colores, maravillada. Nerea en un principio no vio claro, y tuve que enturbiar el agua con una rama para que pudiera encontrar lo que yo le señalaba. Éramos nosotras dos, estaba segura. En la imagen del agua, ella estaba sentada a mi lado en una mesa redonda de madera, y sorbía leche y cereales de una cuchara sopera. Yo, tan pequeña que todavía no podía comer sola, admiraba la fuerza y precisión del brazo de Nerea. Era un recuerdo real, algo que había ocurrido hacía dos o tres años. Había una fotografía de ese mismo momento encuadrada en el comedor de nuestra casa, con nuestra madre a un costado, sonriendo. Levanté la mirada y vi a mi hermana absorta en la imagen. Volví a intentar encontrar ese momento en la superficie del charco, pero la tierra absorbía el agua rápidamente, y en unos instantes Nerea, mi madre y yo nos habíamos escurrido hacia el interior de la tierra.

Ese fue nuestro primer encuentro con el túnel. Con el paso del tiempo descubrimos que de nada servía intentar llenar el hueco entre las raíces con agua traída de otros lugares. Aquel vórtice caprichoso se abría tan solo con la lluvia, y no con todas las tormentas. Por supuesto, cuando hablamos a nuestros padres y abuelos de una pantalla de televisión en el jardín todos sonrieron y nos pidieron que no nos embarremos más. Mejor para nosotras, nos aferramos con más fuerza a ese secreto. Aprendimos a esconderlo de los demás, a dirigirnos miradas misteriosas cuando alguien se acercaba a cosechar moras. 

Los años pasaron. En ocasiones Nerea veía una cosa en la superficie del agua y yo otra, y pasábamos horas compartiendo aquellos pocos segundos de recuerdo, o contándonos anécdotas que nos habían pasado estando separadas. El túnel sabía mostrarnos nuestros recuerdos más preciados en el momento necesario. Cuando nuestros padres se separaron y nuestra casa se partió en dos pequeños departamentos, el agua colorida proyectaba viajes en auto por montañas, sólo nosotros cuatro. Al fallecer nuestra abuela, el túnel fue el único que pudo devolver a aquel recuerdo tenue las miradas, los gestos y los movimientos de las manos. En la escurridiza superficie del agua se dibujaron siestas doradas en verano, juegos con amigos en jardines, perros abrazados, casas de árboles, bailes. Mi hermana escribió "Indra y Nerea" en el tronco del árbol con un cuchillo subrepticio que luego enterró a un costado del túnel.

Algo cambió con el paso de nuestras edades. Cuando Nerea alcanzó la pubertad, sus recuerdos conmigo fueron menguando. Yo seguía hallándola en casi todos mis vistazos al túnel y, sin entender exactamente por qué, me entristecía que lo que ella veía en nuestro charco se me hiciera tan lejano e incomprensible, y más me dolía saber que yo ya no estaba en esos recuerdos con la misma frecuencia. Incluso cuando yo pasé mis trece años y ya me costaba inclinarme bajo la morera, seguí encontrando a Nerea en la superficie del agua como siempre, sonriente y enérgica, abrazándome y llevándome de la muñeca de un lugar a otro. 

A esa edad ya comprendíamos que no nos quedaba otra opción más que ocultar la existencia del túnel. Lo que antes había sido nuestro secreto cómplice comenzaba a volverse un temor compartido. Nerea me había hecho jurar que jamás le contaría a nadie del túnel, y yo, perpleja, la obligué a prometerme lo mismo. Ya no íbamos tanto a la casa de mi abuelo, y las proyecciones del túnel en lugar de entibiarme el pecho, me llenaban de una trémula nostalgia que anidaba en mí durante días. Nerea, a veces, lloraba. 

La partida de nuestro padre cayó en nuestra vida como un manto oscuro y denso. Mis quince años se sentían pesados, y pensé que el tiempo se alargaba, deforme, como una goma derretida. Comencé a evitar el túnel cuando me encontraba de ánimo melancólico, para evitar la hostilidad de los recuerdos. Me decidí por la idea de que el pasado ya no es real, que las memorias que tenemos son fantasías que decoramos año tras año con cosas de nuestro presente, como árboles de navidad. Gracias a ese razonamiento pude volver a disfrutar de mis fugaces visitas al túnel.

Nerea no pensó lo mismo. Ciega de esperanza, se internaba bajo la morera durante largas horas, aplastada contra el barro. Aquellas visitas rara vez acababan bien. Me contaba de ocasiones en que papá nos había llevado a armar muñecos de nieve, o cuando él leía cuentos. No quería escucharlo. Había algo delirante y ostentoso en esos relatos del túnel, una desoladora tristeza que se transformaba grotescamente en fábulas e historias idealizadas. Nerea creía en estas imágenes más que en nuestras conversaciones. Con sus diecinueve años, delgada y tostada por el sol, recordaba más agachándose contra la morera que sentada en la sala de casa. Le pedí que no lo hiciera más, pero me ganó la fuerza de su desconsuelo. Era la única de las dos que podía mantener a nuestro padre vivo, bueno y alegre como queríamos recordarlo, aunque fuera en un falso recuerdo.

Al cumplir mis veinte años, papá volvió. Estábamos en la casa de mamá una tarde tibia, y de repente abrió la puerta, como un fantasma. Escuché hasta el último de sus motivos con un horrible escepticismo, totalmente desconocido para mí. Sobre aquel manto de su partida ya habían crecido tantas cosas que me costó encontrarme con mi padre verdadero. Conocí en mí un cinismo violento y aterrador, que me enloqueció hasta las lágrimas esa noche. Irrumpí en la habitación de Nerea rogando entender si era sólo yo, sólo para encontrarla vacía, y desesperé al comprender que probablemente había ido a la casa de nuestro abuelo a esa hora absurda de la noche a esperar la lluvia. 

Partí tras ella apretando un piloto fuertemente bajo mi brazo. El viaje en colectivo fue insoportable. Caminé por la calle de tierra como una sombra, silenciosa como un muerto. El portón trasero estaba mal cerrado, y lo atravesé rápidamente. Un miedo insano comenzó a estrujarme las entrañas cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, y me eché a correr bajo los árboles como una loca. Frente a mí veía las huellas frescas de las botas de Nerea, y de sus manos, y codos, y rodillas. Había estado tropezándose como borracha. Encontré el camino secreto entre los árboles y me abalancé sobre él, jadeando y apartando las ramas de mi camino con manotazos erráticos. Escuché el llanto suave de Nerea, taponado por las miles de gotas que reventaban en la tierra. Agachada en el suelo, con el cuchillo en la mano y la cabeza entre los codos, se sacudía en espasmos y temblores. La imagen me estremeció. Demoré unos momentos en notar las ramas y pedazos de morera desparramados a su alrededor, y las raíces arrancadas directamente de la tierra que colgaban de sus manos ensangrentadas. Las hojas, tajeadas y destrozadas por el filo del cuchillo, tapaban el deforme agujero de lo que había sido nuestro túnel del tiempo. 

Me senté a su lado y las dos lloramos y lloramos hasta que el jardín se inundó de lluvia. Tuvimos que irnos cuando comenzaron a caer los rayos y las correntadas de agua y viento arrastraron los pedazos de morera, desperdigándolos por distintos lugares del mundo. Nos deslizamos por los árboles como sombras, silenciosas como muertos.

Nerea y yo nunca volvimos a hablar del túnel de nuevo. 
 
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