Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Carnívoros

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Eras vos, entre todos los mortales, quien iba a volverse hacia mí. Tus brazos, tu piel, tus manos erráticas. Todo hacia mí. Tu boca dividiendo el vacío de mis labios, arrastrando el mar hacia mi pecho. Sí, eras vos, estoy segura de que eran tus palabras las que resonaban en ese sueño que alguna vez tuve, esa especie de recuerdo turbio en donde tus dedos se tatuaban en mi cintura, apretándola. Estoy segura de que eran tus manos. Luego de sentirlas supe que no podían pertenecer a nadie más. 

Se suponía que debías metamorfosear las cosas. Tras recorrerte, tu piel debía abrirse, carnívora, para recibirme suavemente. Esa era tu tarea: traerme al mundo de los vivos, ayudarme a renacer. Tenías que volverme real. ¿Y ahora? ¿Ahora qué realidad me espera en este mundo de espectros donde en cada esquina hallo nuevas sombras? Ah, yo estaba tan segura, tan segura... Ibas a ser vos, sí, yo lo sabía...

Pero cuando la luna se erizó sobre nuestros cuerpos, yo seguía en aquella distancia de ensueño, embajadora de mí misma. Sólo tenías que murmurar mi nombre y llamarme, Monserrat, Monserrat, Monserrat, y hundirte bajo mi piel como un navío en la tormenta.

Mi nombre no emergió del abismo. Soy una sola con el caos del mundo, nunca supe encontrar la diferencia. ¿Acaso seré la emisaria de un dolor ajeno a todos los seres? Ah, ya no importa, nunca murmuraste mi nombre, no, él se perdió en la vorágine cuando tu cuerpo, sí, ese cuerpo que iba a volverme real, se deshizo en el humo del momento, cuando estuviste tan lejos de mí como la última estrella, y yo regresé a mis recuerdos para deshacerme de todos los sueños muertos que no me dejan en paz, juro que no me abandonan desde aquel día en que se cerraron las puertas y yo quedé dentro para siempre, para nunca salir de nuevo. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Encuentro

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Tenés los colores de las cuevas en los desiertos. Tu piel da fe a las viejas leyendas de la Creación; aquellas donde los Hombres nacíamos de las ansiosas manos de dioses benévolos que amorosamente moldeaban barro y arcilla. Cuando te veo sé que fue así como llegaste a mis brazos, mediante dedos precavidos y un soplo de vida. Casi puedo visualizar la primera vez que el viento torció tu cabello, o cuando abriste tus ojos ásperos al suave mundo que te rodea. ¿Cuáles habrán sido tus primeros pensamientos, hombre de arena? ¿Qué voces tormentosas habrán poblado tu mente tibia, como los ríos que abundan en verano? Sólo puedo recrearlas, pero estamos los dos separados por aguas infinitas, aunque estés sosteniendo mi mano. 

Yo tengo colores diferentes. Mis dioses fueron distintos, y mis pensamientos fueron otros. Yo comencé con el rugir de mares, enredada entre algas y corales, con mi cuerpo envuelto en aguas eternas. Quizá nací de los peces o de las piedras, de la imaginación de alguna deidad marítima. Demoré largos años en alcanzar las costas y arrastrarme por las blancas arenas del Mundo, dejando un pasado de pulpos y calamares en un recuerdo distante. Mis primeros pensamientos fueron de las luces erráticas en el agua, y no creí en la superficie hasta que llegué hasta ella. Comprenderás que habiendo yo nacido en la profundidad del océano apenas logro imaginar tus sueños de cavernas. Quizá tampoco puedas entender mis sueños turbulentos. Hay lugares donde el mar y el desierto se encuentran; no es el nuestro. Ambos tuvimos que hallar un mundo intermedio, un espacio que no es mar ni desierto. Eso fue lo más difícil: encontrarnos. Lo sigue siendo. 

No tengo miedo, o quizá sólo un poco. Me pasé la vida en vastos laberintos a cielo abierto, buscando, buscando entre todas las cosas del mundo. Conozco algunos caminos que podemos seguir cuando la noche se concentra más y más en el cielo. Los recorrí sola, pero quiero que ahora vengas conmigo, que los aprendas como yo y puedas buscarme cuando la niebla cubre la Tierra y mis pasos se han perdido. Temo que no puedas hallar ninguno de mis refugios, ¿cómo podremos encontrarnos entonces, con tu pasado de arena y el mío de agua? ¿Qué estrellas podrían guiarnos bajo noches tan dispares? Llevame por tus senderos, prometo memorizar todos los pequeños recovecos. Quiero dejar de temer la oscuridad de la noche, la pálida presencia de la luna evoca una angustia avasallante. 

Pasá tu brazo por mi cintura y caminemos, caminemos. El Sol está alto en el cielo y todavía tenemos tiempo. 
 
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