Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Erato y la Noche

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Me duelen los huesos esta noche, Erato. A veces los imagino como largos tubos de papel enrollado, deshojando pequeños pétalos que se disgregan entre mis músculos. ¿Alguna vez sentiste tu esqueleto desvanecerse? ¿Cómo se siente tu cuerpo cuando desciende la noche infinita, cuando reposas tus sienes sobre el césped y tus ojos se pierden en las estrellas eternas que, como hoy, giran vertiginosamente sobre nosotras? Erato, sólo puedo soñar las espiras de tu vida infinita, de tu cuerpo inmortal paseándose entre prados inacabables por las frescas madrugadas, el rocío de tu piel reflejando la luna tibia. Y yo voy a tu lado, con los pies escondidos por barro y hojas viejas. Si recorremos los mismos claros, ¿por qué son tan diferentes? ¿Por qué mi césped está cortajeado y seco? ¿Por qué se me confunden las estrellas, amortajadas, formando una hélice que gira lentamente en el cielo lejano? Ah, Erato, alguna vez supe todos sus nombres, tú misma tomaste mis dedos y los escribiste sobre papeles perdidos. ¿Dónde están esos nombres hoy, ahora, cuando ambas vagamos hacia algún destino incierto bajo la luz fría de la noche?

El tiempo me ha erosionado; siento sus agujas trazando las espirales de la cuenta regresiva sobre mi pecho. Dame tu mano, Erato. Sostenme como solías hacerlo antaño, durante las tardes grises bajo las saetas de la lluvia invernal. Siento que mi piel se desprende lentamente de mí, se escurre hacia el suelo como si mi cuerpo fuera un reloj de arena. Quizá, con mi mano en la tuya, no me deshaga por siempre en un mar de piedras molidas, en un desierto interminable. Caminemos una vez más por las montañas arrodilladas, ellas nos acompañan en este paseo.

¿Puedes oír el canto lento, pausado, de las aves a lo lejos? En algún lugar de momento ya es la mañana, Erato, en algún lugar del mundo yo no estoy muriendo. Caminemos hacia allí, la noche se ha estacionado en este valle y serán nuestros pasos los que la dejen atrás. Hasta entonces, por favor, no sueltes mi mano, tantas veces ella fue tu marioneta. Hoy será otra de esas noches, te doy todos mis hilos. Dibujemos viejos amores con ellas, ¿los recuerdas? Dame tus palabras, tú los denominas con infinita delicadeza. Contigo a mi lado puedo pintar sus cabellos, trazar la topografía de sus espaldas, acuarelar sus labios tersos. Ah, Erato, hermana mía, recuerdo sus manos apoyadas en mi nuca y sus pómulos reflejando la sombra de mis miedos. A veces, a mi lado, todos irradiaban una luz cálida y dorada, y podía ver el mundo entero brillando bajo mis pasos. Pero no estás sólo para esos momentos, hermana, puedo ver todas tus facetas, y así como te cubres con las vestiduras soleadas de horas de siesta, te vistes con las tinieblas de las noches más siniestras, cuando la luna cae del cielo y rueda lejos, cada vez más lejos, y yo a voy a la carrera, persiguiéndola con brazos extendidos.

No nos detengamos. Tú y tus hermanas nunca conocieron el envejecimiento y el olvido, Erato. Yo, en cambio, debo andar y andar para volverme eterna; debo transcurrir las noches en vela, trenzando palabras e ideas; debo enroscarme en cuerpos ajenos y besar labios cálidos bajo sábanas tersas; debo pasear por miles de pupilas y reconocerlas todas, escuchando frases que se replican. Es un mundo hermoso, musa, pero lo bello no es solo lo claro, Melpómene grabó esas palabras en mis hombros. Hoy, en mi tristeza, necesito tu voz más que nunca. Suelta tu cabello, déjalo caer sobre tu cuello como una cascada de plumas negras. Te doy mi cuerpo entero si lo precisas, tan sólo te pido que quites el peso que llevo dentro, aquel que tuerce mi espalda y aprieta mi estómago. Conozco este dolor, Erato, lo hemos escrito juntas en largos pergaminos, borrándolo así de mis vísceras. Caminemos.

Perdóname, hermana, si desfallezco. Han pasado largas horas, o quizá eras, desde que la oscuridad tiñó el mundo, durante la noche el tiempo no existe. Siento que la fuerza de mis piernas me abandona, las manos me tiemblan, mis párpados se cierran solos. Sigamos escribiendo, es la única manera de combatir la tragedia. De la misma sangre que navega dentro de mis venas debe brotar el recuerdo, Erato, debe renacer aquella memoria que parasita todos mis amores nuevos. De lo contrario, seguiré olvidando los nombres de las estrellas que tú misma me enseñaste. Erato, pasa tu brazo por mi espalda y sostenme, ayúdame a llegar al despunte del alba. Los pinos y los cedros se asoman sobre nosotras, ¿los ves? El viento lánguido peina sus hojas de un lado a otro, el mismo viento que arremolina nuestros cabellos en un torbellino dorado y negro. Ah, tu piel cálida me devuelve la calma, no me dejes ahora, no me abandones en el vértice más agudo de la noche. Puedo oír los mirlos, no están tan lejos. Sigamos, Erato, puedo ver el cielo aclarándose. ¿Cuánto hemos caminado? ¿Cuántas leguas mide el rastro de palabras que juntas hemos dejado?

El mundo rota nuevamente, estamos abandonando la jaula de la noche. El sol se alza suavemente sobre la línea del horizonte, ya puedo verlo iluminando las largas columnas de los árboles distantes. La luna se desliza hacia el otro costado de la Tierra, allí donde no puede alcanzarme. Erato, besa mi cuello una última vez, necesito tu aliento florido en la madrugada moribunda, son sólo unos minutos más hasta que las estrellas mueran y el relato esté completo. Mis pies pisan con más fuerza, la hierba es dulce y mansa. Déjame tendida aquí, Erato, donde la luz puede bañarme. Puedo sentir tus dedos formando tirabuzones en mi cabello, tu boca apretándose contra mi frente. Hermana, aquí nos separamos, en la frontera entre el sueño y la vigilia. Cuando despierte nuevamente, volveré sobre nuestros pasos con el sol alto en el cielo, y leeré las huellas que entibian la tierra. Volveremos a vernos.
 
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