Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

jueves, 12 de septiembre de 2013

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No era el destino. Nunca lo fue, ¿sabés? Destino es sólo una palabra, un concepto, una idea extensa y complicada que jamás logrará abarcar todo lo que pasó, lo que va a pasar. Los actos, después de todo, son tanto más directos y contundentes que las ideas, aquellas lentas alucinaciones que parecen teñirlo todo con su presencia. Por eso digo: no era el destino.

No es culpa de nadie. Culpa, tampoco es un hecho. Quizá comenzó un poco por las palabras de rechazo, y se fueron poniendo los ladrillos uno por uno. No me di cuenta en ese momento, pero lo dejé construirse suavemente, iba observando el edificio extendiéndose hacia el cielo como una torre infinita. Ahora no veo la cúpula.

Mi problema quizá son las palabras. Nunca aprendí a pensar en actos, a verlos pesando sobre la realidad, claros y precisos. Traduzco todo a palabras, a metáforas, a dichos y a voces. Por eso sé, ahora, que no es el destino, tampoco la culpa, ni el silencio, ni las palabras que dijimos y yo creí responsables de todo dolor; hay algo más, hay algo más.

No fueron las palabras.

Fue la casa vaciándose despacio, y tu número apareciendo menos y menos en mi registro de llamadas. Fue tu voz desapareciendo. Pronto olvidé cuáles eran tus remeras favoritas, o con cuántas cucharadas te gustaba el café. Después se borraron las líneas de la risa en tu cara, ya no sé dónde quedan. También desapareciste de mis pensamientos, aunque eso fue más progresivo. Decir tu nombre era alzar un cuerpo pesado desde el abismo.

Me pregunto, ahora que entiendo, cómo habría sido todo si yo hubiese aprendido a hablar en actos y no en palabras. Te habría invitado a casa a cada momento, y habría marcado tu número en mi teléfono. Te habría preguntado mil cosas para hacer sonar tu voz. Te habría visto caminar con tus remeras favoritas todos los días, y yo habría puesto el azúcar al café a la mañana. Te habría hecho reír, juro que habríamos reído toda la tarde, y las líneas de la risa se habrían grabado en tu piel como ríos. Habría guardado cosas para contarte, para mostrarte. Y, por sobre todas las cosas, habría rodado tu nombre por mi lengua una y otra vez hasta el cansancio, hasta que la palabra se transformara en objeto, en un objeto del mundo que yo habría cuidado todos los días, te juro, yo te habría cuidado todos los días.

Pero yo te traduje a palabra, y como una palabra te fuiste borrando. Hoy estás atrapado en un cuaderno viejo, en un estante olvidado, y yo sigo escribiendo, ¿sabés? Yo siempre estoy escribiendo.
 
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