Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Carnívoros

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Eras vos, entre todos los mortales, quien iba a volverse hacia mí. Tus brazos, tu piel, tus manos erráticas. Todo hacia mí. Tu boca dividiendo el vacío de mis labios, arrastrando el mar hacia mi pecho. Sí, eras vos, estoy segura de que eran tus palabras las que resonaban en ese sueño que alguna vez tuve, esa especie de recuerdo turbio en donde tus dedos se tatuaban en mi cintura, apretándola. Estoy segura de que eran tus manos. Luego de sentirlas supe que no podían pertenecer a nadie más. 

Se suponía que debías metamorfosear las cosas. Tras recorrerte, tu piel debía abrirse, carnívora, para recibirme suavemente. Esa era tu tarea: traerme al mundo de los vivos, ayudarme a renacer. Tenías que volverme real. ¿Y ahora? ¿Ahora qué realidad me espera en este mundo de espectros donde en cada esquina hallo nuevas sombras? Ah, yo estaba tan segura, tan segura... Ibas a ser vos, sí, yo lo sabía...

Pero cuando la luna se erizó sobre nuestros cuerpos, yo seguía en aquella distancia de ensueño, embajadora de mí misma. Sólo tenías que murmurar mi nombre y llamarme, Monserrat, Monserrat, Monserrat, y hundirte bajo mi piel como un navío en la tormenta.

Mi nombre no emergió del abismo. Soy una sola con el caos del mundo, nunca supe encontrar la diferencia. ¿Acaso seré la emisaria de un dolor ajeno a todos los seres? Ah, ya no importa, nunca murmuraste mi nombre, no, él se perdió en la vorágine cuando tu cuerpo, sí, ese cuerpo que iba a volverme real, se deshizo en el humo del momento, cuando estuviste tan lejos de mí como la última estrella, y yo regresé a mis recuerdos para deshacerme de todos los sueños muertos que no me dejan en paz, juro que no me abandonan desde aquel día en que se cerraron las puertas y yo quedé dentro para siempre, para nunca salir de nuevo. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Encuentro

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Tenés los colores de las cuevas en los desiertos. Tu piel da fe a las viejas leyendas de la Creación; aquellas donde los Hombres nacíamos de las ansiosas manos de dioses benévolos que amorosamente moldeaban barro y arcilla. Cuando te veo sé que fue así como llegaste a mis brazos, mediante dedos precavidos y un soplo de vida. Casi puedo visualizar la primera vez que el viento torció tu cabello, o cuando abriste tus ojos ásperos al suave mundo que te rodea. ¿Cuáles habrán sido tus primeros pensamientos, hombre de arena? ¿Qué voces tormentosas habrán poblado tu mente tibia, como los ríos que abundan en verano? Sólo puedo recrearlas, pero estamos los dos separados por aguas infinitas, aunque estés sosteniendo mi mano. 

Yo tengo colores diferentes. Mis dioses fueron distintos, y mis pensamientos fueron otros. Yo comencé con el rugir de mares, enredada entre algas y corales, con mi cuerpo envuelto en aguas eternas. Quizá nací de los peces o de las piedras, de la imaginación de alguna deidad marítima. Demoré largos años en alcanzar las costas y arrastrarme por las blancas arenas del Mundo, dejando un pasado de pulpos y calamares en un recuerdo distante. Mis primeros pensamientos fueron de las luces erráticas en el agua, y no creí en la superficie hasta que llegué hasta ella. Comprenderás que habiendo yo nacido en la profundidad del océano apenas logro imaginar tus sueños de cavernas. Quizá tampoco puedas entender mis sueños turbulentos. Hay lugares donde el mar y el desierto se encuentran; no es el nuestro. Ambos tuvimos que hallar un mundo intermedio, un espacio que no es mar ni desierto. Eso fue lo más difícil: encontrarnos. Lo sigue siendo. 

No tengo miedo, o quizá sólo un poco. Me pasé la vida en vastos laberintos a cielo abierto, buscando, buscando entre todas las cosas del mundo. Conozco algunos caminos que podemos seguir cuando la noche se concentra más y más en el cielo. Los recorrí sola, pero quiero que ahora vengas conmigo, que los aprendas como yo y puedas buscarme cuando la niebla cubre la Tierra y mis pasos se han perdido. Temo que no puedas hallar ninguno de mis refugios, ¿cómo podremos encontrarnos entonces, con tu pasado de arena y el mío de agua? ¿Qué estrellas podrían guiarnos bajo noches tan dispares? Llevame por tus senderos, prometo memorizar todos los pequeños recovecos. Quiero dejar de temer la oscuridad de la noche, la pálida presencia de la luna evoca una angustia avasallante. 

Pasá tu brazo por mi cintura y caminemos, caminemos. El Sol está alto en el cielo y todavía tenemos tiempo. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

Erato y la Noche

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Me duelen los huesos esta noche, Erato. A veces los imagino como largos tubos de papel enrollado, deshojando pequeños pétalos que se disgregan entre mis músculos. ¿Alguna vez sentiste tu esqueleto desvanecerse? ¿Cómo se siente tu cuerpo cuando desciende la noche infinita, cuando reposas tus sienes sobre el césped y tus ojos se pierden en las estrellas eternas que, como hoy, giran vertiginosamente sobre nosotras? Erato, sólo puedo soñar las espiras de tu vida infinita, de tu cuerpo inmortal paseándose entre prados inacabables por las frescas madrugadas, el rocío de tu piel reflejando la luna tibia. Y yo voy a tu lado, con los pies escondidos por barro y hojas viejas. Si recorremos los mismos claros, ¿por qué son tan diferentes? ¿Por qué mi césped está cortajeado y seco? ¿Por qué se me confunden las estrellas, amortajadas, formando una hélice que gira lentamente en el cielo lejano? Ah, Erato, alguna vez supe todos sus nombres, tú misma tomaste mis dedos y los escribiste sobre papeles perdidos. ¿Dónde están esos nombres hoy, ahora, cuando ambas vagamos hacia algún destino incierto bajo la luz fría de la noche?

El tiempo me ha erosionado; siento sus agujas trazando las espirales de la cuenta regresiva sobre mi pecho. Dame tu mano, Erato. Sostenme como solías hacerlo antaño, durante las tardes grises bajo las saetas de la lluvia invernal. Siento que mi piel se desprende lentamente de mí, se escurre hacia el suelo como si mi cuerpo fuera un reloj de arena. Quizá, con mi mano en la tuya, no me deshaga por siempre en un mar de piedras molidas, en un desierto interminable. Caminemos una vez más por las montañas arrodilladas, ellas nos acompañan en este paseo.

¿Puedes oír el canto lento, pausado, de las aves a lo lejos? En algún lugar de momento ya es la mañana, Erato, en algún lugar del mundo yo no estoy muriendo. Caminemos hacia allí, la noche se ha estacionado en este valle y serán nuestros pasos los que la dejen atrás. Hasta entonces, por favor, no sueltes mi mano, tantas veces ella fue tu marioneta. Hoy será otra de esas noches, te doy todos mis hilos. Dibujemos viejos amores con ellas, ¿los recuerdas? Dame tus palabras, tú los denominas con infinita delicadeza. Contigo a mi lado puedo pintar sus cabellos, trazar la topografía de sus espaldas, acuarelar sus labios tersos. Ah, Erato, hermana mía, recuerdo sus manos apoyadas en mi nuca y sus pómulos reflejando la sombra de mis miedos. A veces, a mi lado, todos irradiaban una luz cálida y dorada, y podía ver el mundo entero brillando bajo mis pasos. Pero no estás sólo para esos momentos, hermana, puedo ver todas tus facetas, y así como te cubres con las vestiduras soleadas de horas de siesta, te vistes con las tinieblas de las noches más siniestras, cuando la luna cae del cielo y rueda lejos, cada vez más lejos, y yo a voy a la carrera, persiguiéndola con brazos extendidos.

No nos detengamos. Tú y tus hermanas nunca conocieron el envejecimiento y el olvido, Erato. Yo, en cambio, debo andar y andar para volverme eterna; debo transcurrir las noches en vela, trenzando palabras e ideas; debo enroscarme en cuerpos ajenos y besar labios cálidos bajo sábanas tersas; debo pasear por miles de pupilas y reconocerlas todas, escuchando frases que se replican. Es un mundo hermoso, musa, pero lo bello no es solo lo claro, Melpómene grabó esas palabras en mis hombros. Hoy, en mi tristeza, necesito tu voz más que nunca. Suelta tu cabello, déjalo caer sobre tu cuello como una cascada de plumas negras. Te doy mi cuerpo entero si lo precisas, tan sólo te pido que quites el peso que llevo dentro, aquel que tuerce mi espalda y aprieta mi estómago. Conozco este dolor, Erato, lo hemos escrito juntas en largos pergaminos, borrándolo así de mis vísceras. Caminemos.

Perdóname, hermana, si desfallezco. Han pasado largas horas, o quizá eras, desde que la oscuridad tiñó el mundo, durante la noche el tiempo no existe. Siento que la fuerza de mis piernas me abandona, las manos me tiemblan, mis párpados se cierran solos. Sigamos escribiendo, es la única manera de combatir la tragedia. De la misma sangre que navega dentro de mis venas debe brotar el recuerdo, Erato, debe renacer aquella memoria que parasita todos mis amores nuevos. De lo contrario, seguiré olvidando los nombres de las estrellas que tú misma me enseñaste. Erato, pasa tu brazo por mi espalda y sostenme, ayúdame a llegar al despunte del alba. Los pinos y los cedros se asoman sobre nosotras, ¿los ves? El viento lánguido peina sus hojas de un lado a otro, el mismo viento que arremolina nuestros cabellos en un torbellino dorado y negro. Ah, tu piel cálida me devuelve la calma, no me dejes ahora, no me abandones en el vértice más agudo de la noche. Puedo oír los mirlos, no están tan lejos. Sigamos, Erato, puedo ver el cielo aclarándose. ¿Cuánto hemos caminado? ¿Cuántas leguas mide el rastro de palabras que juntas hemos dejado?

El mundo rota nuevamente, estamos abandonando la jaula de la noche. El sol se alza suavemente sobre la línea del horizonte, ya puedo verlo iluminando las largas columnas de los árboles distantes. La luna se desliza hacia el otro costado de la Tierra, allí donde no puede alcanzarme. Erato, besa mi cuello una última vez, necesito tu aliento florido en la madrugada moribunda, son sólo unos minutos más hasta que las estrellas mueran y el relato esté completo. Mis pies pisan con más fuerza, la hierba es dulce y mansa. Déjame tendida aquí, Erato, donde la luz puede bañarme. Puedo sentir tus dedos formando tirabuzones en mi cabello, tu boca apretándose contra mi frente. Hermana, aquí nos separamos, en la frontera entre el sueño y la vigilia. Cuando despierte nuevamente, volveré sobre nuestros pasos con el sol alto en el cielo, y leeré las huellas que entibian la tierra. Volveremos a vernos.

domingo, 27 de octubre de 2013

Entre Mundos

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Con este cuerpo he conocido el mundo. He conocido los mares, navegando por costas espumosas. He sentido la brisa tibia correr sobre mi piel, y olido madera húmeda arder. He tocado la superficie del agua, fresca como una granada en verano. He dibujado figuras fugaces en la arena de las playas, arremolinada por el viento. He partido entre desiertos tristes, deslizándome como un espíritu sobre las suaves dunas tostadas por el sol. He mordido la pulpa de mil duraznos dulces, de frutillas azucaradas, de ciruelas maduras. He dormido bajo estrellas y montañas recortadas del cielo, bajo gigantescas nubes de tormenta. He pasado noches con los ojos abiertos, dibujando mundos en el cielo oscuro. He caminado calles desconocidas en todos los lugares del mundo, acompañada de campanarios de voces alegres. 

Con este cuerpo conocí el mundo, y en este mundo te conocí. Tu voz se desprendió del tañido del campanario. Pasaron tus manos por mi piel junto a la brisa, y tu olor se hermanó al de los maderos ardiendo. Mis dedos navegaron sobre tu pelo como veleros incansables. Creamos historias, largas historias, acuarelándolas palabra tras palabras; algunas de ellas son infinitas. Vagamos de la mano por calles y calles y calles, sombreados por edificios eternos. Mordí tu boca una, dos, cien veces con el paso de las estaciones. Pasamos noches enteras frente a las interminables estrellas de la ciudad, construyendo largos pasados cuyos principios nunca sabré identificar. 

Con este cuerpo te entrelacé con mi mundo, con el mundo, con tu mundo y el mundo de los mundos. Y de repente es como si tu cuerpo se paseara entre ríos y montañas, recorriendo cada gota de cada océano, paseando por el aire triste de las cuevas olvidadas. Al paso de este mundo mezclado van brotando nuevos ríos, nuevos mares, nuevas cuevas y nuevos inviernos y primaveras y veranos y otoños, uno tras otro. Y yo, con este cuerpo, los voy escribiendo uno a uno, palabra por palabra. Paciencia. Es un trabajo largo, me va a tomar algún tiempo. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Cuadernos

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No era el destino. Nunca lo fue, ¿sabés? Destino es sólo una palabra, un concepto, una idea extensa y complicada que jamás logrará abarcar todo lo que pasó, lo que va a pasar. Los actos, después de todo, son tanto más directos y contundentes que las ideas, aquellas lentas alucinaciones que parecen teñirlo todo con su presencia. Por eso digo: no era el destino.

No es culpa de nadie. Culpa, tampoco es un hecho. Quizá comenzó un poco por las palabras de rechazo, y se fueron poniendo los ladrillos uno por uno. No me di cuenta en ese momento, pero lo dejé construirse suavemente, iba observando el edificio extendiéndose hacia el cielo como una torre infinita. Ahora no veo la cúpula.

Mi problema quizá son las palabras. Nunca aprendí a pensar en actos, a verlos pesando sobre la realidad, claros y precisos. Traduzco todo a palabras, a metáforas, a dichos y a voces. Por eso sé, ahora, que no es el destino, tampoco la culpa, ni el silencio, ni las palabras que dijimos y yo creí responsables de todo dolor; hay algo más, hay algo más.

No fueron las palabras.

Fue la casa vaciándose despacio, y tu número apareciendo menos y menos en mi registro de llamadas. Fue tu voz desapareciendo. Pronto olvidé cuáles eran tus remeras favoritas, o con cuántas cucharadas te gustaba el café. Después se borraron las líneas de la risa en tu cara, ya no sé dónde quedan. También desapareciste de mis pensamientos, aunque eso fue más progresivo. Decir tu nombre era alzar un cuerpo pesado desde el abismo.

Me pregunto, ahora que entiendo, cómo habría sido todo si yo hubiese aprendido a hablar en actos y no en palabras. Te habría invitado a casa a cada momento, y habría marcado tu número en mi teléfono. Te habría preguntado mil cosas para hacer sonar tu voz. Te habría visto caminar con tus remeras favoritas todos los días, y yo habría puesto el azúcar al café a la mañana. Te habría hecho reír, juro que habríamos reído toda la tarde, y las líneas de la risa se habrían grabado en tu piel como ríos. Habría guardado cosas para contarte, para mostrarte. Y, por sobre todas las cosas, habría rodado tu nombre por mi lengua una y otra vez hasta el cansancio, hasta que la palabra se transformara en objeto, en un objeto del mundo que yo habría cuidado todos los días, te juro, yo te habría cuidado todos los días.

Pero yo te traduje a palabra, y como una palabra te fuiste borrando. Hoy estás atrapado en un cuaderno viejo, en un estante olvidado, y yo sigo escribiendo, ¿sabés? Yo siempre estoy escribiendo.

miércoles, 19 de junio de 2013

La Morada

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Cuántas noches más
quedarán
hasta que tus pies te guíen
lejos de mi lecho,
y mi piel
se seque
en una cama de incienso.

Será una noche de hojarasca
aquella
en que la puerta se cierre
y no vea más tu mirada.
Entre las sábanas
dormirán mis viejas cartas
hasta que el polvo
las desgaste en la nada.

Cuando ya te hayas ido
yo habré cubierto las ventanas,
ya habré tapiado las puertas,
habré cegado los pozos,
cercado la casa
tapado los huecos
de esa hora nefasta.

Cuando las hormigas recorran
nuestra vieja morada
y las maderas crujan
bajo sus pies diminutos
en el suelo
en el centro de la tierra
crecerán las semillas
de aquellas horas distantes.

Las flores germinadas
arrasarán los pilares
de aquella
que una vez fue tu mirada,
y las ramas
de árboles jóvenes
penetrarán los tabiques,
los tiesos tabiques
donde abandoné mis palabras.

domingo, 9 de junio de 2013

Barrilete

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Cuántas voces había oído esa mañana. Todas ellas pertenecían a los mismos tratados inútiles de viejos anticuados que obligaban a la mente a reajustar todas sus expectativas. Es lo que ocurre en este tipo de reuniones: el cerezo arde para ahumar la carne, las especias aromatizan la ropa de los invitados, y el vino pasa de mano en mano, volcándose sobre los trajes y manteles. Siempre pasa lo mismo. Los comensales se reúnen en torno de las mesas, celebrando, y parten el pan en mil migajas para compartir. Y mientras todos comían, bebían, hablaban y cantaban, él miraba el cielo.

El humo blanco se elevaba por todo el aire. Sonaron los brindis, tintinearon las copas, y todos se deleitaron. Él no. Él miraba el cielo, las nubes, los pájaros, y soñaba cómo su alma ascendía con el humo blanco. Repentinamente, ese alma se extendía y dilataba, volaba más alto que cualquier ave y pintarrajeaba las nubes con colores del iris. Sin el peso de los pesares y pesadumbres era una pluma, la levedad pura desplazándose entre corrientes. El cuerpo no quedaba solo. Una sensación de liberación, acompañada por el aroma de las brasas, impulsó a su cuerpo a levantarse y caminar. 

El césped húmedo lo inundaba del perfume de la poda, y el crujido de las ramas lo mecía en un sopor confortable. Su alma se remontaba ahí arriba como un barrilete, tostada por el sol. Mientras su cuerpo se vertía en el paseo, en la sombra de los álamos, en el viento fresco sobre su piel, sus pensamientos desenterraban las memorias perdidas, ahora recobradas, y un calor emanaba de su pecho. ¿Qué habrá sido de todos esos años, compactos y etiquetados? ¿De dónde renacería toda esa vida que sólo se recuperaba mediante la fantasía?

Será, entonces, que los recuerdos se amontonan en largas madejas, continuamente tejiendo y destejiéndose, construyendo largos bordados que de un momento a otro vuelven a enrollarse y a tejerse en mil patrones diferentes. Es la escencia del recuerdo, pensaba, y su alma daba piruetas en el aire. 

¿Y qué pasaría si, después de todo, él pudiera hacer con su presente lo mismo que con su recuerdo? ¿Qué ocurriría si la fantasía comenzara a tejer la realidad, y los álamos se multiplicaran en bosques tibios, las nubes se hicieran arcas enormes de amplias alas, si los pájaros navegaran hacia el poniente? Inhaló una bocanada de aire, y sientió el aroma a naranja y ciruelas brotando de su recuerdo, de sus joven edad y las manos de su padre quitándole la cáscara a los frutos. Renació la tibieza en las palmas de sus manos al recordar el pan caliente que su madre le daba las mañanas frías de los sábados, con la nieve creciendo y creciendo en el jardín. 

De repente, el presente fue la exacta continuación del pasado en el discurrir de su vida. Todas las frutas y los panes, la nieve y el sol, los inviernos y veranos lo llevaron durante todos estos años hasta ese mismo instante, con su alma girando sobre su cabeza. La madeja de la fantasía se tejió con la madeja de la realidad presente, y él era consecuencia de ambas. Quizá no esté nunca ni de un lado ni del otro, pensó, y quizá esté condenado a ser pasado, presente y futuro a cada instante. 

Su nombre retumbó en el aire. A lo lejos, entre el humo y el vino, lo llamaron, lo reclamaron, le recordaron que él no es sólo historia y deseo. Con los pies más certeros, regresó a la mesa mientras el alma se le enroscaba al cuerpo de nuevo.


lunes, 25 de febrero de 2013

La Empanada

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Hoy recuerdo nuestro pasado. En esa época, vivías de tus palabras. Yo las observaba pasearse sobre mi piel, sentarse en mis labios, y hasta caminar lentamente por la curva de mi pié. Sí, así vivías de ellas, y hacías de tus palabras una tela larga, muy larga, y nosotros nos envolvíamos en ella. Así, tapaditos, deslizaba mis dedos entre las hebras de tu pelo y dibujaba profundos mares en tu espalda. Vos pintabas hierbas en mi perfil izquierdo.

Éramos una gran empanada de palabras, de caricias y de pinceladas invisibles. Reíamos hasta quedarnos sin aire para respirar y, cuando finalmente inhalábamos de nuevo, nos quedábamos panza arriba desapareciendo nubes en el cielo. Yo las llevaba a mi estómago, y vos las borrabas con tus ojos inquietos. En nuestra empanada dormíamos bajo techos inciertos, recorríamos ciudades coloridas. Desde dentro nos maravillábamos del sol, de la música y de los cuentos. Te relaté viejas historias, y vos me hablaste de vidas no vividas y pasados no ocurridos.

Con el tiempo nos volvimos doctos en el arte de ver hacia fuera sin abrir el repulgue. De nuestra empanada sacábamos libros de desconcierto, y atravesaban su masa luces cálidas que nos recuperaban el aliento. Lentamente, casi como trabaja la naturaleza, las hierbas que pintaste en mi perfil izquierdo se convirtieron en árboles altos, los océanos se tatuaron en tu espalda, y las palabras nos hicieron collares inmensos. Cómo nos reíamos al tropezarnos con ellos.

Eventualmente, la empanada se fue deshaciendo. Las migajas se esparcían en nuestro sendero, dejaban un camino para que las aves nos sigan y canten nuestro encuentro. Vimos los últimos pedacitos de palabras desmigajarse, y seguimos caminando de la mano mirando hacia el cielo. Con mis besos hiciste un traje largo que te cubre entero, y yo con tus manos fabriqué un vestido que acaricia mi piel todo el tiempo. 

Ahora, cuando recuerdo nuestro nido de hornero, sonrío. Te miro las pestañas, y con el dorso de los dedos recorro tus cejas. Vestidos de nosotros, caminamos por el mundo viéndolo de nuevo. Sin masas de palabras que lo oculten, recuerdo que te elijo de nuevo. 

martes, 22 de enero de 2013

Phi

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Veo el epicentro. Ahí todo está quieto, y de mi mismísimo centro, de mi corazón terco, emanan las olas que arremeten furiosas contra su alrededor, fisurando la tierra de Aulë. El centro es calma, es silencio, es una nube que se desliza con infinita paciencia sobre el horizonte, es un anciano mirando en lontananza. El epicentro y yo somos dos caras de la misma moneda, pero al menos tenemos rostros diferentes.

El temblor acaricia el mar y la tierra. Veo el rostro de alguien a quien conocí cerca del horizonte, leyendo libros, gastando velas. El temblor no es para todos, me digo, y alzo mis ojos al cielo. Las cosquillas del terremoto trepan por mis piernas, se sostienen de mi espalda, y mi columna se sacude y retuerce. No queda mucho tiempo. Pronto, me digo, pronto todo va a terminar, y seré una columna de humo elevándose hacia las estrellas. Varda me sonríe desde la lejanía, y yo apoyo mis manos en el suelo.

La tierra se calma. No ardas, me dice, pero sé que no es posible. Años de conocerme, respondo, el fuego es mi vestido. No temas por mí, mis cenizas son mi alma al viento, son mis palabras pintando de violeta las colinas, acariciando las dulces creaciones de Yavanna, grabándose en los párpados cerrados de los durmientes. Lentamente me convierto en un suspiro que se desliza en sus oídos y transita sus sueños silenciosos como una brisa. 

He aplacado el temblor, me digo. Ya no soy un epicentro, ni el epicentro es yo. Las piedras crujen bajo los dedos de mis pies; mis huesos crujen sobre el frío de las piedras. Mi cabello y sus antiguas briznas son llamas, largas trenzas enrojecidas de poesía, que desprenden el humo que se eleva al cielo. Huele a sahumerio, a carne quemada, huele a cuento. El pelo crece, crece, crece; fluye a borbotones como el champagne de una botella. Todo él está encendido fuego. Soy una pira vagando hacia algún reino desconocido, retumbando en las salas de Aulë. 

En algún momento mi piel será madera, y mis pestañas serán hojas secas, y yo seré en árbol ardiendo. No temo ese momento, temo más vivir en la tundra. Prefiero ser aquel humo ascendiendo espiralado, arremolinado por las mismas manos con que Manwë peina el trigo y el centeno; me veo allí, indistinguible de todas las cosas, una con el reino de Ilúvatar. Ya no soy un terremoto. Ahora soy un incendio. 

Camino en llamas hasta olvidar el sonido del silencio. A mi paso los seres arden, queman. Algunos mueren. Paso a paso llego, muy lentamente, a los confines, y el mar arrecia mi bienvenida. Las olas alborotadas responden a mi antiguo temblor, se elevan como torres movedizas, y revientan contra mis pies ardidos. Ulmo gruñe en su interior, y yo oigo sus palabras, me dejo llevar por su Música, hasta que todo mi cuerpo navega sobre las corrientes infinitas. Cuiviénen es sólo un recuerdo, y la voz de Melian una invención de mi memoria. En el centro mismo del océano me detengo. 

Todo ha sido un hermoso recuerdo. Ante estas palabras, olvido mi deseo de ser humo, de ser ceniza, de ser tierra. Recuerdo el peso de mis manos, me hundo en el agua. No necesito respirar, sólo abrir los ojos y mirar, observar, ser el agua que me aprieta la piel y me cubre el pecho. Fui el fuego, ahora soy el agua, y rodeada de mí desciendo y desciendo. Los brazos de Ulmo mecen mi encuentro, sus cantos lentamente solapan la luz hasta que ella también es sólo un recuerdo. Finalmente, tras años y años de caer entre agua, mi espalda toca fondo. Las rocas son blandas y suaves, la oscuridad es absoluta. En este recoveco sólo somos yo, y la música del silencio. 

Eru, en este rincón de nada, de nadie, oigo el canto de los Ainur con más claridad que en el mundo entero. Con los ojos abiertos vislumbro Arda, puedo ser cualquiera de sus seres, siento cómo los Valar aún moldean su cuerpo entero. Y también siento el vacío, puedo comprender qué llevó a Melkor a enfrentar al abismo. ¿Acaso no era él necesario, fundamental, para concebir la belleza? ¿Acaso no fue él quien la inventó en el primer momento en que sus cuerdas vocales tronaron, contrastando con el tañir de las otras voces? 

Suave, imperceptiblemente, caigo en un sueño lento. Embelesadas de luces, mis palabras desfilan frente a mí, afloran significados que no creí entender nuca. Seguiré durmiendo, me digo, y cuando despierte, Eä misma será sólo un recuerdo. Me elevaré desde las profundidades, y mi primer respiro será un adiós a toda memoria, y un dulce encuentro con un mundo nuevo.
 
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