Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Pedidos

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Le pido que me destruya.
Le pido que me destierre,
y me destituya.
Le pido que me arranque,
me acabe, me atormente
le pido que mi sangre fluya.
le ruego que me rompa
y me pierda, que me parta
y que me esconda.
Que entre todas las miradas
me dedique la más tonta.
Que entre todos los brazos
me entregue a la derrota.
Le suplico que me olvide
entre tantas bocas negras
y que aplique
en mi piel palabras necias
pidiendo así que él desquite
la ira inmensa de mi carne,
vaciándome del hambre
de ser sólo un hueso triste.
Le pido sus mordiscos,
sus patadas y sus gritos,
le ruego que me mate
y me aplaste entre sus fauces,
que me seque y me despeche
que me muela entre los dientes.
Al pedido nada acata
de sus ojos brota el agua
que crece en los vergeles.
Tras sus manos y su risa leve
se esconden pájaros volando
se posan sobre mis hombros blandos
y el pedido desfallece.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El Reinado

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Hace frío en el palacio. En mi habitación, con un largo vestido, sirvo té a mis invitados. Mis manos, nerviosas, se sacuden y bambolean en el aire; pero por suerte es un té etéreo, y a mis invitados no les molesta porque no he volcado nada. Qué dirían si el líquido se virtiera en sus cuerpos de fieltro, de peluche, de madera, qué dirían, pobrecitos. Les sirvo, esta vez con más cuidado mientras ellos conversan. 

Una vez acabada mi tarea, me siento entre ellos. No alcanzo a beber mi té, la Reina abre la puerta de mi habitación, y empuja suavemente a la Princesa mayor, la heredera, cuyos ojos derraman oscuras ojeras sobre su blanco rostro. Mi pobre hermana, pienso, y ella se sienta conmigo. La puerta, otrora entreabierta, se cierra con cuidado. Ambas Princesas, la menor y la mayor, la más alta y la más pequeña, nos miramos en silencio. Mis invitados acallaron, el té se hizo aire de nuevo. 

—Juguemos a algo.— dice ella. Se adelanta hacia la mesa y se sienta sobre las tazas de porcelana, volcando agua hirviendo y frascos de hierbas sobre el delicado mantel de seda chino. En su torpeza, con su pie izquierdo patea a un invitado, mi pobre Pluto, que vuela por los aires y se estampa suavemente contra las puertas doradas de mi guardarropas. 

—¡No, no!— exclamo, alzando a mi pobre invitado tras su triste caída. —Estamos tomando el té, ¿no ves? Soy la Princesa, hice una merienda para todos. Vos sos la otra Princesa.

Mi hermana analiza fríamente la situación. Se hace un lugar entre los invitados, quienes recuperan su ánimo festivo y le hacen un lugar. A mi lado siento al pobre Pluto, mi cortesano más leal, y acaricio la reciente herida en su espalda. Del bolsillo de mi vestido aterciopelado extraigo un pequeño vial, repleto de un líquido que todo lo sana y todo lo cura para que ya nada le duela. Pluto, aliviado, me agradece.

El silencio del Palacio se triza tras un grito, unas palabras de furia que se estrellan contra las paredes y retumban en los suelos. Mi hermana y yo nos miramos. Ese grito es contestado por otro, más grave, con otras palabras.

—No, Brownie— digo a uno de los comensales, alzando el índice con autoridad. —No son el Rey y la Reina. ¿No ves que llueve, ahí, en la ventana?— y acerco a mi Conde al arco de la habitación. Le señalo la estrepitosa lluvia, tan etérea como el té, impactando contra la escalinata que da al palacio. —Es bueno que llueva, mirá lo contentas que se ponen las plantas. No es que no podamos contratar a un jardinero— balbuceo, arrepentida, —es que se ve que a las plantas les gusta más el agua de lluvia. Mirá, él es el jardinero—. Señalo a Confite. Mi hermana, ofendida, lo abraza fuertemente entre sus brazos.

—Confite no es un jardinero.

La observo, recelosa, y busco otro jardinero. Pero Confite, con sus largas orejas, me parece el más adecuado para esta difícil tarea de cortar ramas, acomodar flores y hacer felices a las plantas. ¿Por qué la Princesa Mayor no lo entiende? Ella lee mi mente, y aleja a Confite de mi mirada.

—Además, vos no sos una Princesa, y nadie toma té. ¿No ves que las tazas están vacías? Están todos muertos de hambre, de sed y de aburrimiento.

La piel de los brazos se me encrespa del enojo. Estoy por responder que se vaya de mi merienda, si quiere, que se aleje de mis invitados y que se sirva otro té en otra parte, ella y Confite el jardinero, que total a mí no me importaba. Unos aullidos de la lluvia y el sonido de vidrio destruyéndose me distraen. No quiero abrir la puerta de mi Habitación Real, seguro llueve y truena en todo el Palacio.

—Si las aguas crecen se va a inundar el Palacio— le digo a Brownie, y busco en mi guardarropa algo para cubrir a mis pobres invitados, por si llega a llover. Entre los volados de mis vestidos de seda hallo un tapado, y luego una bolsa, y después unos elegantes zapatos de plástico para caminar por el agua. Los acomodo sobre mis invitados. 

La Princesa Mayor me mira mientras protejo a mis comensales, aún asfixiando a Confite para evitarle injurias. Con una mano casual revuelve su taza con una cuchara, y se la lleva a la boca, murmurando que está muy dulce. En el interior del Palacio la tormenta arrecia con violencia, los relámpagos son ensordecedores, y, por el sonido, pareciera que el viento sacude los muebles de terciopelo y las grandes lámparas de cristal que suspendían del cielo raso. 

—Por si acaso yo soy una Sirena— me informa la Princesa Mayor, —Una Princesa Sirena.

La aclaración me parece excelente, al igual que la idea. Observo a mi alrededor, y convengo que ser Sirenas y Tritones ayudaría en caso que el Palacio se inunde. Me río, aplaudo y comienzo a remover los parapetos que había ideado en contra de la lluvia, y todos mis invitados festejan en el fondo del mar, entre corales, en un Palacio de Coral y de algas.

—Está bien, entonces somos Princesas Sirenas. Pero ¿qué tomamos, entonces?— suspiro, vaciando las tasas del té que ahora se eleva en el resto del agua, como volutas de humo en el aire. 

—No, no— me detiene mi Hermana Sirena. —Yo soy Princesa Sirena. Vos podés ser Princesa de otra cosa, pero Sirena soy Yo. 

Esta afirmación me alarma. ¿Cómo que no puedo ser Sirena? Me miro las manos, y no se me ocurre que otra cosa ser. 

—Pero... ¿Princesa de qué, entonces? ¡Me voy a ahogar!

Los ruidos de la tormenta en el Palacio me asustan, el agua crece y crece, y si yo no puedo ser Sirena voy a morirme, sin aire y sin sol, en el fondo de un océano de lluvia. Me siento junto a Pluto, pensando furiosamente. No puedo ser un Tritón, no existen las Tritonas. Además, son horribles, todos escamosos, y no cantan como las Sirenas. Oigo a la Princesa Sirena decir que puedo ser la Princesa Ballena, pero ignoro sus palabras. Además, el batir de los truenos irrumpe en mi mente y no puedo pensar, no puedo pensar en nada, y si dejo pasar más tiempo voy a ahogarme en el fondo del mar, mi hermana va a ser la única Princesa Sirena, y yo no voy a ser nadie. Las lágrimas brotan de mis ojos, y, al ser más pesadas que el resto del agua salada, ruedan por mis mejillas y caen al suelo. 

—Está bien— admite la Princesa Sirena —Vos también podés ser Sirena. Pero no sos Princesa, sos otra cosa... No sé, sos Noble.

Mi felicidad inmediata se ve opacada por la imagen de un Roble. Un Noble no puede ser tan diferente, o quizá sí. De todos modos, soy una Noble Sirena y no voy a morir, lo que me reconcilia con la idea de ser algo que no sé qué es. Levanto a Blackie de su lugar y comienzo a comentarle sobre los platos principales de Alga con Salsa de Barro, pero mi discurso se interrumpe por el sonido del agua subiendo las escaleras de mármol del Palacio. La escucho ascender. Los truenos y relámpagos se han detenido, pero olas inmensas de agua de lluvia dan pasos mojados por la escalinata. Se acercan más y más. Qué suerte que soy Noble Sirena, me digo,
porque el agua está llegando hasta aquí arriba.

Los portales de mi habitación se abren violentamente, y la Reina aparece. Sus ojos rojos nos envuelven a ambas Sirenas, y llora lluvia salada por todos lados. En silencio se acerca a nosotras, nos toma de las manos y dulcemente nos informa que debemos irnos, que ya hay que dejar de jugar porque es tarde y hay que irnos a casa, a la nueva casa que tanto comentó. Pero yo no quiero otro Palacio, por más que éste se encuentre sumergido en las profundidades. Abrazo a Pluto, y me dejo llevar por el brazo omnipotente de la Reina, quien nos acompaña a bajar las escaleras. En el Gran Vestíbulo de Alfombrados se han roto vasos y se han corrido muebles. Veo al Rey, su rostro entre sus manos, sentado en uno de los sillones para las visitas. Al oírnos llegar, deja entrever su rostro y se levanta apresuradamente.

—Pará, por favor—. La Reina se detiene, y nos gesticula que nos acerquemos al Rey. Él se arrodilla, y nos abraza. Más que abrazar, nos asfixia más de lo que la Princesa Sirena asfixiaba a Confite, nada más que con sus dos grandes brazos puede abrazarnos a las dos Sirenas, a Confite y a Pluto de tan fuerte que nos aprieta. Pareciera que sí, que estamos bajo el agua, ya casi ni puedo respirar cuando finalmente afloja sus brazos y nos mira, tristemente. —Nos vemos el jueves.

La Reina nos toma de las manos nuevamente, y nos acompaña a salir. Bajamos por las escalinatas que dan al exterior, hacia el carruaje, y el Rey se paraliza bajo el dintel de las Puertas del Palacio, observándonos como hipnotizado, mientras la Reina toma las riendas y comienza a hacer andar el carruaje. Ambas Sirenas nos acercamos la una a la otra, apretando a Pluto y a Confite contra nuestros pechos. Lamento haber vaciado el vial que todo lo cura y todo lo sana en Pluto, pero pronto lo olvido.

La siguiente vez que volví al Palacio ya era sólo una casa, y el Reinado se había destituido. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

Desértica

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La ciudad que vive en mí está desierta. Las personas duermen en continuos letargos, como árboles en invierno, y las estatuas juntan tierra y fisuras. Los pilares de las universidades y catedrales se desintegran lentamente, como devorados por una fuerza invisible de millones de termitas voraces. Las puertas se mecen en un viento lento, rechinando las bisagras de hierro, y ese mismo viento desordena impunemente las hojas en las mesas, mece las hojas secas hacia los interiores de las casas. 

Quizá yo soy ese viento indeciso que recorre el pavimento suavemente, casi en puntas de pie para evitar la erosión que genero. Me desplazo como agua entre los árboles, susurro en las bibliotecas y acaricio los cuerpos dormidos hace eras. Me pregunto qué tipo de viento soy. No siento mi temperatura, ni mi fuerza, ni mi rumbo. Sólo sé que paseo, cambiante, entre las calles y las veredas, me deposito en los parques para despertar las briznas del pasto y hacer música con las hojas de los árboles. Este silencio puro me moviliza, y mis ciudadanos letárgicos duermen y duermen, sólo aportando un coro de suspiros.

Comienzo a andar, como el oleaje, hacia el río. Navego entre los edificios empujando polvo, atravesando el pelaje del lomo dormido de los perros callejeros y los gatos de iglesias. No alcanzo a ver las nubes, pero imagino que se deben desplazar a mi ritmo. Pienso, ¿por qué esta tranquilidad? ¿por qué esta paz? Todo a mi alrededor yace, y yo llevo pensamientos parsiomoniosamente. 

Al llegar al río, el aire se enfría. Lo siento condensarse en todo mi cuerpo etéreo, y tiemblo. Una expectativa muda se cierne sobre el cemento y los árboles. Me revuelvo en mí misma y embisto el agua inquieta, moldeando ondas y círculos en la superficie. Un trueno quiebra el silencio, y comprendo que he arrastrado la tormenta. El cielo oscuro se ilumina, rompiendo con la tensión. Un temor gélido escala todo mi cuerpo húmedo, y comienzo a correr, frenética, por las calles, los callejones, las peatonales. Quiero huir del río que se estremece y se agita.

Caen las primeras gotas, atravesándome. El olor de la lluvia penetra en cada vivienda, humedeciendo las hojas de los libros y las telas de las ropas. Yo me sacudo, viajo con toda la velocidad que puedo lograr, tumbando tachos y quebrando ramas, a ponerme a salvo de la tormenta que amenaza con disiparme. El agua  cae violentamente, la siento romper mi delgada membrana de aire e inundar las calles lentamente, formar charcos, lagunas, ríos de lluvia. Me escondo en los departamentos, deslizándome por las escaleras y acobachándome en los livings y habitaciones. 

La tormenta, omnipotente, me absorbe. Todo mi ser se retrae por las ventanas, la azotea, las rendijas de las puertas. Araño el suelo y las paredes, clavo mis dedos en los cuerpos de los habitantes. Mis gritos y alaridos son sofocados por almohadones y alfombras, quedan atrapados entre el suelo y las sillas, perdiéndose en la nada. A medida que voy desapareciendo en medio del tifón, los ojos de los ciudadanos se abren y, lentamente, comienzan a despertar. 
 
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