Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

lunes, 23 de julio de 2012

La visita

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Llegó la muerte tocando el timbre. Sin muchas ganas, tomé las llaves de la mesa y abrí la puerta. Ahí estaba ella, silenciosa, vestida de sombras y profundidad. Pasó sin saludarme; pero no me molesté. Su manera de andar era cordial y medida, la de alguien que pudo tener la libertad de dedicarle eternidades a lo más claro de lo visible, a lo más simple de lo sencillo. Su cabello blanco olía a noche, sus manos ondeaban a ambos lados de su cuerpo.

Sin dirigirle la palabra, me sumergí en la cocina a preparar café para las dos. Eran las dos de la mañana, y me imaginé que en noches frías como estas la muerte seguramente tenía mucho trabajo por todos lados. Batí el café con minuciosidad y calenté la leche en un cacharro viejo. En general  simplemente calentaba la taza en el microondas, pero me pareció que mi huésped merecía algo más casero. Al terminar, no me quedó más remedio que ir al living y sentarme en el sillón frente a ella, acomodando cuidadosamente su taza frente a sus manos antes de sentarme. “Gracias”, susurró ella. Sonreí al pensar que su voz era como el rumor del romper de olas a lo lejos, o como el silbido del viento atravesando una puerta entreabierta. La mía era la misma muerte que la de Alfonsina.

Bebimos en silencio. Ella miraba a todos lados, cómodamente acomodada en el sillón, jugueteando con los almohadones. Yo la examinaba detenidamente. Sabía que ella estaba al tanto de mi evaluación, y también entendía que ella me lo permitía. En la habitación se hundía un sopor apacible, aromatizado por el café caliente y el olor a lluvia que provenía desde fuera y se filtraba por mis ventanas. La tela del vestido de la muerte me resultó de lo más irreal: parecía estar hecha, efectivamente, de tinieblas. Era como si el material flotara suavemente alrededor de su piel, sin tocarla. La capucha larga descubría tan sólo el mentón y la boca, blanco el cutis y lila los labios. Era una piel joven y vieja al mismo tiempo, como el mármol. El cabello, largo y prístino, crecía rápidamente frente a mis ojos, enroscándose en las delgadas muñecas que las mangas de la túnica dejaban ver. 

Finalmente, fui yo la que rompí el silencio. “¿Hoy estás trabajando mucho?”. Ella detuvo su mirada en la pared blanca, dubitativa. “Sí”, respondió lánguidamente, “Aunque no sé si es un trabajo del todo”. Luego me señaló, sin decir nada. Sus dedos eran largos, como los de un pianista. Era mi turno de hablar, y esta vez sabía que no podía seguir zanjando el tema verdadero. Suspiré, y bebí otro trago de café. Se mantenía caliente como el primer momento, incluso después de todo el rato que había pasado. Sospeché que el tiempo se había detenido.

“No entiendo por qué viniste a buscarme”, dije finalmente, “hoy no es el día de mi muerte”. Ella asintió débilmente, y dibujó volutas de humo con su mano izquierda. De haber vivido, la muerte habría sido una gran artista. “Es cierto, hoy no es el día de tu muerte”, afirmó. Me reconfortó un poco saber que mi intuición no me había fallado. “Pero hoy comienzan mis visitas”. Levantó la taza de café y bebió en sorbos mudos, disfrutando cada trago. El café parecía gustarle mucho, y lo probaba con una parsimonia sedosa e infinita. Medité unos momentos en sus palabras, y dejé el café sobre la mesa.

La lluvia arreciaba lentamente sobre la ciudad, aunque el tiempo no transcurriese.  Parecía ser que, efectivamente, el tiempo era sólo un tema de humanos. “¿Me vas a visitar muy seguido?”, le pregunté. Si ese era el caso, me iba a tocar llenar la alacena de frascos de café. La muerte negó con la cabeza, y luego me miró directamente a los ojos. Yo no podía ver sus pupilas, parapetadas como estaban tras la sombra, pero tenía la certeza de que me observaba a los ojos con un estoicismo sólo comparable con la ternura que su postura corporal transmitía. “¿Por qué me vas a visitar?”, pregunté. Sonrió débilmente. “La muerte no es una sola, y no llega abruptamente”. Su respuesta me alivió. “No”, respondí yo, “todo en la vida es progresivo. Debí saberlo”. Ella alzó su cabeza y miró la lámpara de tela con detenimiento. Aproveché el momento para retirar ambas tazas, ahora vacías, y dejarlas en la pileta de la cocina. Regresé a la sala para encontrarla erguida frente a la puerta, la mano derecha extendida hacia mí. 

Sin pensarlo, tomé su mano y la ubiqué entre las mías. La temperatura de su piel no era ni fría ni caliente.  “No tenías cómo saberlo”, dijo ella, “hoy fue tu primer visita”. Con la mirada recorrió cada rincón de mi casa, desnudándola de muebles y paredes. El minimalismo vacío de mi vivienda me asustó; ella apoyó su mano en mi hombro. “La vida y la muerte comienzan al mismo tiempo”, me dijo. Luego tomó las llaves de la mesa y me las entregó con suavidad. Abrí la puerta y la dejé pasar. Ella se despidió, diciendo levemente  “Las noches de lluvia son mis favoritas”. Luego cerré la puerta. Me senté en el mismo sillón donde ella había estado. Lentamente, los muebles y los cuadros reaparecían en sus sitios.

viernes, 13 de julio de 2012

Huída

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La verdad, que vive oculta, me asalta horriblemente por las noches. Como una víbora se arrastra, enredándose espiralada por mi pierna izquierda, y asciende. Está más fría que la realidad misma, por eso la siento acaso levemente mientras ella sube lentamente, su cuerpo reptil asido a mi pobre pierna y apretando mi pobre piel. Sostenida por la cola, se eleva en perfecto equilibrio tras mi espalda. Es una curiosa imagen, la sierpe enrollada en mi pierna, curvándose cual signo de interrogación, acercando su cabecita triangular (como los quesitos Addler) a mi pelo, luego mi nuca. "Es el viento", pienso. Pero no, nada de viento, nunca fue el viento esa lengua que bífidamente cosquillea la piel virgen bajo el cerebelo, se acerca más. Es el último suspiro de fantasía. Cuando la serpiente acerca su lengua a mi oído, se rompe el hechizo.

Ahí, en ese instante, abro los ojos, y entiendo. Descubro, quizá. El infierno es el eterno hoy, el eterno ahora, el eterno ya; y yo estoy atrapada entre brazo y brazo de la espiral. Soy un número transfinito.

La víbora pierde el equilibrio y cae de mi cuerpo. Huye, huye, animal, huye. Y yo vuelvo a la fantasía, de nuevo.

sábado, 7 de julio de 2012

Oblivion

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¿Qué se ha hecho de tus ojos tímidos
Tus dedos tibios, tus palabras fugaces?
La luz de tu pecho se descompone en haces
Que arrancan tinieblas de mi sueño limpio;
Entre hebra y hebra he corroído el tejido
Que hacía de manta en nuestras noches frías.

De todos los sitios, he muerto en los mares
Y de todas las bocas, besé la más leve.
Cuando el Sol se fundió con la nieve
Y la Luna durmió su ojo blanco,
Yo me vestí de silencio, y en el encanto
De llorar tu risa perenne,
Morí bajo el frágil peso de tus manos.

Si llegara el alba nuevamente,
Las risas de plata alumbrarían mi mente
Y los soles de abril harían tibio mi llanto,
Pero la noche sigue, y tal es su espanto
Que cubre de escarnio esta pena mía:
Que la suma de aquellos, nuestros días,
Se acerque cada día más al olvido.
 
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