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viernes, 1 de junio de 2012

Semilla


En esos momentos últimos, cuando la sombra palidece en mí, es que caen tus párpados. Ni antes, ni después. La dulce espera se arremolina en nada, en jirones, mientras tus párpados descienden suavemente como cortinados, arrebatados de un peso impropio para su pequeña existencia. Tus ojos, velados, ocultan sus túneles negros, aquellos donde el mar resuena a lo lejos y los viandantes se pierden en la oscuridad. 

En ese entonces, mis manos se trenzan y descosen las largas andanzas de palabras que acompañaron. El sentido del hilo, del acto, se pierde en el mismo jirón de la espera, se transforma en un revuelto de hilos y telas indistinguibles como camaleones en la selva. Allí van las manos, y por allá las palabras, deshaciendo sus caminos inútiles hacia el corazón de ningún lado. Se borran los senderos de alpinista, la grava de los caminos se erosiona hasta ser el polvo mismo de una tierra informe. En medio de la nada quedan mis manos arreboladas de palabras, y así como están es como se echan a dormir intranquilas.

Con tus párpados, descienden mis labios tristes. La carne húmeda se seca, y la lengua tibia se enfría. El aire corre libre por ellos, los cubre de mantos, los peina en calma compañía. Sobre mi piel se acuestan vagas amarguras, preguntas indistintas que acalambran el pensamiento y apagan las usinas del cuerpo gris. Gotean en mi boca, caen en mi garganta tibia, y se arrojan frenéticas a la boca de mi estómago, donde danzan, se revuelcan y palpitan.

Allí donde cayeron, de las preguntas germina una semilla truculenta. Se aferra a mis costillas y trepa por mi columna vertebral como un lagarto. Sus ramas, en principio inofensivas, se tuercen y retuercen entre los pliegues de mis pulmones lentos, donde sus hojas cosquillean el aire con aroma a duda. Esperan tiernamente, crecen en silencio tímido, inadvertidas por el alma que, inconsciente, las aloja. 

Tus ojos se cerraron, y la planta llega al cénit de su joven vida. Los capullos se abren, las flores emergen grandes y carnosas, perfumadas de rencor, miedo y duda. En mis pulmones azules gobierna su polen, y de sus flores blanquecinas brota el néctar de mi espanto. 

El tambor en mi pecho retumba, y las flores se estremecen. Una y otra vez.

Tus párpados se elevan, amanecen tras una triste noche de desencanto. Como el invierno, apaga las luces de mis plantas, que caen despedazadas, marchitas. Sus flores secas se convierten en escarcha helada que tapiza las paredes de mis huesos. Las raíces tibias se quiebran, y de sus tallos no quedan sino blandas cenizas que mi cuerpo balancea. En tus pupilas altivas sólo veo el túnel, la caverna imperiosa y retorcida que se lleva el aire de mi cuerpo, lo engulle de un trago entero, y me quita el perfume de las flores marchitas. 
Pero las raíces, ojos míos, permanecen asidas a los huesos tibios de mis costillas. Las hojas muertas se desvanecen, y tras de sí dejan una a una, poco a poco, pequeñas semillas, ínfimas como un átomo, que se acuestan y acomodan en mi pecho, y esperan.



2 ideas compartidas:

Matias Sfeir dijo...

Hacía mucho que no te leía Monse, y cada vez que te leo, me hace acordar lo poco que estoy leyendo y cómo se nota las toneladas de libros que tenés encima y te nutren para estos relatos. Hermoso, como siempre.

Lisérgica dijo...

Gracias, Mati :)

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