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viernes, 16 de marzo de 2012

La tarde

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Soy tan pequeña que me abrazo, asustada, y me aprieto contra mis muslos. Ay, ay, no necesito las serpentinas de piel que lentamente vas pelando de mí, pero cuánto duele, cuánto duele, cuánto, ay, ay. Desdoblándome enterita, me hacés cada segundo más mínima, más indistinguible; y los retazos de mi piel se fugan abanicados por el viento, arrancados por el aire hasta que pellizcás el último pedazo suavemente, tirando de los costados. Ahí se suelta, se despega de mí en pudoroso silencio. Repentinamente tengo el tamaño de una hormiga; pero dónde estás, qué grande y lejano te has vuelto, ay, no me pises, estás tan alto y tan nuevo.

El pasto es un inmenso bosque de briznas bamboleándose al sol. La tierra se evapora bajo mis pies diminutos, el cielo devora todo lo que el pasto no ocupa. No rías, por favor, tu voz es como las montañas, como las cuevas olvidadas por meticulosos geólogos; desprende aquel aroma a profundidad que siempre he deseado olvidar.

Camino en silencio, qué calor, qué humedad, y vos riéndote de nuevo. Tus dedos sostienen una larga cinta de piel, ¡mi piel! Jugás, la enrollas en tu pelo, no, basta, es la piel de mis brazos que tantas veces te sostuvieron. Pero soy tan minúscula que mi voz se enreda en el aire, se alza en tenues volutas y desaparece perezosamente antes de trepar tus orejas.

No te vayas. Estoy perdida, tu jardín es todo igual. Piso cuerpos de lombrices acolchonadas y me siento desfallecer. Soy comestible, ahora, con este tamaño. Me da tanto miedo acabar siendo desayuno de grillo o aperitivo de mantis. Ya estás lejos, seguro no recordás en qué parte del jardín me dejaste, tan ocupado estabas viendo las delgadas banderitas de mi piel agitarse entre tus dedos. Y me doy cuenta, ahora, lo veo: el pasto es navajas, la tierra es fango, las lombrices son viejos sudarios y el cielo, una bóveda que cae a pedazos.

Me sostengo frágilmente de una raíz; pero qué mínimamente minimalistas son mis minimanos, los dedos son más finos que cualquiera de tus cabellos. Los llevo temerosamente a mi nariz. ¿Qué se habrá hecho? Sólo encuentro una imperceptible lomadita, seguro es el puente, y más abajo... Ay, ay, no puedo respirar, mis fosas se han hecho más pequeñas que las venas de una hoja. Mejor no palpo mis labios microscópicos, ni mis ojos perdidos.

Por qué me has hecho esto, digo yo, qué daño te causé para merecer... No, no te rías. Seguro en este instante ni podés verme. Tu voz de coordillera es cada vez más lejana. Los ecos se esfuman, y en este silencio quedamos sólo yo, y yo de nuevo.

Cómo me arde el cuerpo, cómo ardés cuerpo mío. De tan pequeña que soy no puedo llorar lágrimas, y mis manos sollozan aferrándose al pasto, mis piernas se atragantan con el suelo, mi voz se quiebra de aire enmohecido. A dónde habrás ido, y a dónde estoy yendo yo, que ni mis ojos reconozco.

Camino a los trompicones, exhausta. De vos ya no queda nada. Y sólo de avanzar frenéticamente los hallo, ay, los encuentro desprolijamente apilados bajo el sol caliente: cientos y cientos de retazos de piel, recortados como escarabajos y mariposas, uno encima de otro encima de otro encima de... Ay, si pudiera, si quisiera. Te has ido, y es esto lo que has dejado.

Pacientemente me siento en el suelo y, uno por uno, recojo las mariposas de piel y las pego a mi cuerpo. Me pelaste; me toca a mí, me toca... Quizá algún día se entretejan de nuevo, y yo vuelva a las tardes tristes, hecha de nuevo para tus manos de tijera.
 
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