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miércoles, 11 de enero de 2012

Fantasmagorizando

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No sé qué dirías, realmente, no lo sé. Pero me parece verte siempre, enredado en edificios y peatonales, cargando con tu persona de un lado a otro. Sos fantasmático. Tu pelo se sacude entre el zumbido de los autos, luego aparece detrás de los faroles, bajo el toldo de ese local, apoyado en aquella columna. Navegás entre el calor de la ciudad y la electricidad de mi cerebro, tironeado por las realidades, y, al final, no existís del todo en ninguna.

Pienso, a veces, qué dirías si te enteraras, si supieras, si conocieras, si, si... ¿Dirías algo entre paso y paso, con los ojos fijos hacia delante y las manos rígidas a ambos costados de tu pecho? Es ridículo de imaginar, tu voz resonando repentinamente. Quizá esperaría más un silencio tácito, y luego el arrastre de las suelas, los pulmones apretados, los puños transpirando. No dirías nada. No, no decís nada porque te embargo las palabras a cambio de mi silencio.

Pero no dejo de imaginarme la inflexión en las sílabas al reaccionar ante el secreto desvelado, veo tus labios entreabriéndose para hablar, luego cerrarse de nuevo, arrepentidos. Y yo a tu lado, escrutándote desde los rabillos como prisionera, las palmas llorando sin parar. Te lo diría; al oírme las palabras se transformarían en materia, y verías tu pelo y tu cuerpo y tus manos por toda la ciudad, vagando donde sea que mis ojos se posen. El cemento y el hierro albergarían partes de tu cuerpo, las calles serían tus guaridas y las personas, tu camuflaje. Desilusionado, verías tu cuerpo transformarse en un transeúnte, o en una vidriera, y con los ojos bajos seguirías camino hasta encontrarte, de nuevo, habitando otra persona hasta que tus-mis ojos la desnuden de vos, y vuelvas a ser ese espíritu metropolitano.

Sería curioso que te rías. La ciudad, aburrida, te haría eco y el pavimento de las calles aguzaría el oído para saber qué te causó ese estruendo, y también el cemento te oiría. Puedo escuchar su burla cuando mis pisadas le recuerdan que mis ojos te buscan, y mis palabras no. Quizá temo que ellos te susurren las palabras cuando me escuches decirte que, que, que... Tu sombra se agrandaría y yo, temerosa, yacería agazapada y taciturna, apretando los párpados para no descubrir, al mirarte, que sólo te encuentro en un lugar de la ciudad: a mi lado, yendo con mirada fija hacia delante, siempre hacia delante, y que me digas.

Que sugieras...

Que pronuncies las palabras oídas mil veces por mis oídos, los gritos de las baldosas, de los faroles, de las caras anónimas. Creo que eso dirías. Tu espíritu me descarnaría y, a puertas abiertas, descubriría que tu cuerpo es tuyo, mi cuerpo es la ciudad; y desde que mis ojos te buscan soy un fantasma débil y ya nunca camino sola.
 
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