Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Las brasas

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Nazco de las piedras, cubierta de espuma gris. Con manos frías revuelvo la arena, las rodillas heridas, y de mis ojos parten las olas que mueren en el mar. La soledad habita mi cuerpo como un mercenario, batiendo sus alas frente a mi rostro. No tiene sentido continuar así, me digo, y me arrastro sobre las costas, sobre las costras; contra el viento salino avanzo.

La tarde es sombría. Las nubes se apelotonan sobre mi cabeza. La lluvia, a lo lejos, arrecia contra un país desconocido. Aquí, ahora, sólo existimos yo y mi tristeza. El mar rompe sus aguas contra la tierra descosida, y yo sigo, adelantando un pie a otro, dejando húmedas huellas en la arena. La espuma me abandona lentamente, y se hace al viento como pequeñas burbujas que se pierden a lo lejos.

Las piernas me fallan. Finalmente llego a ningún lugar. Viejas de maderas flotantes se han amontonado contra el risco de piedra. Me acerco y, tocada por la palabra olvidada, las enciendo fuego. Las llamas se alzan, chispas verdes estallan hacia el viento. Un humo salino me arremolina el pelo. Al arder, los viejos árboles expulsan sus profundidades marítimas, contando historias que sólo los navegantes han osado pronunciar.

La pira se mantiene, incólume, junto al océano. El fuego se bate contra el viento, llenándome la piel de salitre. Entre las llamas veo el baile de las historias narradas por las maderas, escucho las canciones de épocas pasadas que nunca ocurrieron.

Al llegar la noche las flamas adelgazan. Yo duermo sobre las brasas, asándome entre el incienso.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Desintegración

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Las partes se reducen, el tiempo se detiene. Las células se dividen, las bocas se cierran, los ojos se secan. Se separan, lentamente, las manos de mis muñecas. Los brazos se desprenden de mis hombros, que a su vez se distancian, una y otra vez, girando hacia los abismos. Los omóplatos se me escapan suavemente, arrastrados por un viento mordaz. Las vértebras se dividen, se divorcian, y se dispersan en el aire frío. Los dedos de los pies se parten, los tobillos se quiebran, las rodillas se aíslan.

La piel se estira, se estira más allá de toda posibilidad. Largas rasgaduras la surcan, como ríos en la tierra. La sangre se eleva en vapores y gotas tibias, enfriándose en el aire contiguo. Forma una nube que mi aliento dispersa. Las fibras musculares se desprenden, cada hilo se suelta en un tirón de la tensión y cae, cae infinitamente, una madeja vieja se pierde. Las uñas se despegan y vuelan como hojas de árboles en otoño. 

La lengua, árida, se desintegra en arena que se desliza a través de mi tráquea como un reloj de arena. Las palabras recorren la bajada hacia el abismo. Los dientes se resquebrajan como caliza, y el cabello se libera del cráneo. Luego se pudren los ojos, devorados y rancios. Las neuronas se incomunican, trazan vacíos entre ellas, como árboles en un desierto. 

Finalmente, sobreviene el fuego. El espíritu se contrae, se espesa, se evapora. De sus pequeñas costillas sólo queda polvo que el viento dispersa. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

La danza del Lobo

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Ese amor mío, aquella flor abierta, se desprende en ocasiones y se revuelve por los aires, sus pétalos enloquecidos viajando en direcciones opuestas, disímiles. Es el karma de mis manos, siempre lo he sabido. Quien escribe está condenado a volar, a dispersarse y ser uno solo al mismo tiempo. Uno solo, sólo uno, solo. Mis pétalos son palabras que se extienden al viento.

Porque, ¿qué es el cuerpo del escribiente? ¿Escribe mi cabeza, mi boca, mis manos? ¿Narran juntos o separados? Acaso cada uno aporte algo, una pequeñez, simple y llanamente. Acaso yo sea consecuencia de las palabras que cada uno de ellos emana hacia el centro, hacia la tinta de la lapicera o la letra del teclado. Acaso escribiendo me conozca como incompleta, en ese vértigo del abismo que se abre entre uno y uno mismo. Escribiendo me devora el lobo estepario, que de adentro tritura mis entrañas hasta salir entre la carne, melancólico y voraz, para iluminar mis frases estertóreas. Cuando destruye los sedimentos, cuando salta hacia mí, es cuando somos uno de nuevo.

Ese amor mío, esa escritura, me desarma en mil pétalos que recubren el abismo. Ellos flotan en un espectáculo de plumas, en cuyo epicentro baila mi Steppenwolf. Entre aullidos y saltos, agazapado y erguido, ladra las palabras, vocifera las voces de mi existencia. En aquel único momento el lobo y mi corteza danzamos, jugamos, nos fundimos en una sola Monserrat que alza los brazos hacia las estrellas y cuenta las gotas de las nubes, con pies descalzos y manos tibias.

Y ahora mientras escribo, mientras amo y suelto los pétalos, el lobo estepario me lame los pies y las manos, apoya su hocico en mi hombro, en mi regazo, y susurra lentamente. Somos y hemos sido siempre la misma, me dice. Y yo traduzco, traduzco su voz como en una cinta infinita que son mis escritos, mis relatos. La voz de mi piel y la voz del lobo... hasta llegar.

Hasta ubicar el último punto. El punto final. Aquel que empuja, que invierte y desvierte, retornando al lobo a mis entrañas, cerrando mi piel en una cicatriz que nadie hallará, nunca. El Lobo y yo convivimos, hasta que las palabras retumban. Allí el Lobo me devora por dentro, se extirpa de mi ser. Y ambos bailamos de nuevo.

martes, 4 de diciembre de 2012

Despertando

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Te preguntaba cómo morir. Siempre he buscado esa sentencia en tu voz, las cuerdas tibias de tus manos estremeciendo mi espalda rígida. Entre voz y eco no distingo, soy una palabra perdida, un viejo rezago de tu boca. ¿Qué más iba a hacer bajo las palmas de tus manos, escondida, atrapada en mí, liberada en tu piel de tierra, en tus ojos de paisaje infinito? ¿Cómo iba a soltarme de tu voz si estaba enredada en tu lengua? ¿Cómo poder abandonar el abrazo antiguo, aquel que retorna en el calor oscuro de tu mirada? 

Te preguntaba cómo morir, y me alzaste en otro camino. Entre las lámparas me sentí vívida, lívida, lúcida, recortada del agua donde vivo. Tomé aire, y me arrojé a tu vacío. Preguntándote cómo morir, me alcé entre las corrientes de aire suavemente, fui levantando vuelo, corriendo por el viento, navegando entre las nubes de tu pelo. Me fui vaciando lentamente, flotando hacia el infinito.

Te preguntaba cómo morir, y en la pregunta volé hacia el silencio, hacia tu silencio tímido, hacia tus manos tibias. Ibas levantando las nubes del suelo, sacando alas a mis pies fríos. En la pregunta te sentí dentro de mí, de nuevo. Sobrevolé las ciudades. Dejé atrás los mares. La noche se extendió ampliamente, y entre tu aliento y el mío ascendí hacia el infinito.

Te preguntaba cómo morir, y hallaba la respuesta. Me fui desbaratando, desarmando entre el cielo y la tierra. Ahí cae mi pie. Allá va mi hombro. Mi pelo. Mis manos, mis rodillas. Las uñas rojas, y los labios tibios. Me fui dejando atrás, hasta encontrar el vacío. Cayeron mis oídos. Cerré mis párpados, y todo se tornó olvido.

Morí.

Desperté entre estrellas, lejos. Tan lejos que nunca podría saberlo. En el silencio vacuo, te vi de nuevo. Me tomabas las manos, y nos llevabas hacia las luces, a lo lejos. 


miércoles, 17 de octubre de 2012

No hablemos

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Hoy no hablemos. No, hoy no. Sentir tu lengua arrastrándose sobre tus dientes largamente, detenerse sobre las pausas y continuar su recelo. Hoy no hablemos. Caer en cada una de tus palabras, sumergida, y retornar al principio de nuevo. Vaciarme en las sílabas, encontrarme en la voz tibia que acaricia mi cuerpo. Fundirme en tus silencios. No, hoy no es la noche, no es el momento. Sentirme en el suspenso de tus palabras, volver al comienzo y saborear las letras de tus cuerdas. Morder los significados de tu boca. Saberme en el hermetismo de tus labios, vagabunda de tus ecos, y volver al círculo de tu voz. No, mejor hoy no hablemos. 

Hoy no hablemos, la noche es larga. Verme en el paseo de tu lengua arrastrándose sobre tus dientes largamente, pausada, detenida, y continúa mi recelo. Extrañarme en tus palabras, empapada, acabando suavemente en tus sufijos. Llenarme en las letras, perderme en la voz tibia que araña mi piel, mi piel que en tu lenguaje se extiende como una tela infinita. Escindirme de tu voz. No, no hablemos, hoy no es la noche. Entumecerme en la continuidad de tus ecos, ir hasta el fin mismo de tu boca y acariciar las palabras de tu garganta tibia. Besar el silencio fatuo de tu lengua, de tus dientes que se clavan en mi piel infinita hasta pausarme. Desconocerme en tu amplia voz, moradora del significado perdido. Que tu boca muerda mi piel, nuevamente, que tus palabras dejen sus huellas, me recorran y me limiten.

No. Hoy mejor no hablemos.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Pedidos

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Le pido que me destruya.
Le pido que me destierre,
y me destituya.
Le pido que me arranque,
me acabe, me atormente
le pido que mi sangre fluya.
le ruego que me rompa
y me pierda, que me parta
y que me esconda.
Que entre todas las miradas
me dedique la más tonta.
Que entre todos los brazos
me entregue a la derrota.
Le suplico que me olvide
entre tantas bocas negras
y que aplique
en mi piel palabras necias
pidiendo así que él desquite
la ira inmensa de mi carne,
vaciándome del hambre
de ser sólo un hueso triste.
Le pido sus mordiscos,
sus patadas y sus gritos,
le ruego que me mate
y me aplaste entre sus fauces,
que me seque y me despeche
que me muela entre los dientes.
Al pedido nada acata
de sus ojos brota el agua
que crece en los vergeles.
Tras sus manos y su risa leve
se esconden pájaros volando
se posan sobre mis hombros blandos
y el pedido desfallece.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El Reinado

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Hace frío en el palacio. En mi habitación, con un largo vestido, sirvo té a mis invitados. Mis manos, nerviosas, se sacuden y bambolean en el aire; pero por suerte es un té etéreo, y a mis invitados no les molesta porque no he volcado nada. Qué dirían si el líquido se virtiera en sus cuerpos de fieltro, de peluche, de madera, qué dirían, pobrecitos. Les sirvo, esta vez con más cuidado mientras ellos conversan. 

Una vez acabada mi tarea, me siento entre ellos. No alcanzo a beber mi té, la Reina abre la puerta de mi habitación, y empuja suavemente a la Princesa mayor, la heredera, cuyos ojos derraman oscuras ojeras sobre su blanco rostro. Mi pobre hermana, pienso, y ella se sienta conmigo. La puerta, otrora entreabierta, se cierra con cuidado. Ambas Princesas, la menor y la mayor, la más alta y la más pequeña, nos miramos en silencio. Mis invitados acallaron, el té se hizo aire de nuevo. 

—Juguemos a algo.— dice ella. Se adelanta hacia la mesa y se sienta sobre las tazas de porcelana, volcando agua hirviendo y frascos de hierbas sobre el delicado mantel de seda chino. En su torpeza, con su pie izquierdo patea a un invitado, mi pobre Pluto, que vuela por los aires y se estampa suavemente contra las puertas doradas de mi guardarropas. 

—¡No, no!— exclamo, alzando a mi pobre invitado tras su triste caída. —Estamos tomando el té, ¿no ves? Soy la Princesa, hice una merienda para todos. Vos sos la otra Princesa.

Mi hermana analiza fríamente la situación. Se hace un lugar entre los invitados, quienes recuperan su ánimo festivo y le hacen un lugar. A mi lado siento al pobre Pluto, mi cortesano más leal, y acaricio la reciente herida en su espalda. Del bolsillo de mi vestido aterciopelado extraigo un pequeño vial, repleto de un líquido que todo lo sana y todo lo cura para que ya nada le duela. Pluto, aliviado, me agradece.

El silencio del Palacio se triza tras un grito, unas palabras de furia que se estrellan contra las paredes y retumban en los suelos. Mi hermana y yo nos miramos. Ese grito es contestado por otro, más grave, con otras palabras.

—No, Brownie— digo a uno de los comensales, alzando el índice con autoridad. —No son el Rey y la Reina. ¿No ves que llueve, ahí, en la ventana?— y acerco a mi Conde al arco de la habitación. Le señalo la estrepitosa lluvia, tan etérea como el té, impactando contra la escalinata que da al palacio. —Es bueno que llueva, mirá lo contentas que se ponen las plantas. No es que no podamos contratar a un jardinero— balbuceo, arrepentida, —es que se ve que a las plantas les gusta más el agua de lluvia. Mirá, él es el jardinero—. Señalo a Confite. Mi hermana, ofendida, lo abraza fuertemente entre sus brazos.

—Confite no es un jardinero.

La observo, recelosa, y busco otro jardinero. Pero Confite, con sus largas orejas, me parece el más adecuado para esta difícil tarea de cortar ramas, acomodar flores y hacer felices a las plantas. ¿Por qué la Princesa Mayor no lo entiende? Ella lee mi mente, y aleja a Confite de mi mirada.

—Además, vos no sos una Princesa, y nadie toma té. ¿No ves que las tazas están vacías? Están todos muertos de hambre, de sed y de aburrimiento.

La piel de los brazos se me encrespa del enojo. Estoy por responder que se vaya de mi merienda, si quiere, que se aleje de mis invitados y que se sirva otro té en otra parte, ella y Confite el jardinero, que total a mí no me importaba. Unos aullidos de la lluvia y el sonido de vidrio destruyéndose me distraen. No quiero abrir la puerta de mi Habitación Real, seguro llueve y truena en todo el Palacio.

—Si las aguas crecen se va a inundar el Palacio— le digo a Brownie, y busco en mi guardarropa algo para cubrir a mis pobres invitados, por si llega a llover. Entre los volados de mis vestidos de seda hallo un tapado, y luego una bolsa, y después unos elegantes zapatos de plástico para caminar por el agua. Los acomodo sobre mis invitados. 

La Princesa Mayor me mira mientras protejo a mis comensales, aún asfixiando a Confite para evitarle injurias. Con una mano casual revuelve su taza con una cuchara, y se la lleva a la boca, murmurando que está muy dulce. En el interior del Palacio la tormenta arrecia con violencia, los relámpagos son ensordecedores, y, por el sonido, pareciera que el viento sacude los muebles de terciopelo y las grandes lámparas de cristal que suspendían del cielo raso. 

—Por si acaso yo soy una Sirena— me informa la Princesa Mayor, —Una Princesa Sirena.

La aclaración me parece excelente, al igual que la idea. Observo a mi alrededor, y convengo que ser Sirenas y Tritones ayudaría en caso que el Palacio se inunde. Me río, aplaudo y comienzo a remover los parapetos que había ideado en contra de la lluvia, y todos mis invitados festejan en el fondo del mar, entre corales, en un Palacio de Coral y de algas.

—Está bien, entonces somos Princesas Sirenas. Pero ¿qué tomamos, entonces?— suspiro, vaciando las tasas del té que ahora se eleva en el resto del agua, como volutas de humo en el aire. 

—No, no— me detiene mi Hermana Sirena. —Yo soy Princesa Sirena. Vos podés ser Princesa de otra cosa, pero Sirena soy Yo. 

Esta afirmación me alarma. ¿Cómo que no puedo ser Sirena? Me miro las manos, y no se me ocurre que otra cosa ser. 

—Pero... ¿Princesa de qué, entonces? ¡Me voy a ahogar!

Los ruidos de la tormenta en el Palacio me asustan, el agua crece y crece, y si yo no puedo ser Sirena voy a morirme, sin aire y sin sol, en el fondo de un océano de lluvia. Me siento junto a Pluto, pensando furiosamente. No puedo ser un Tritón, no existen las Tritonas. Además, son horribles, todos escamosos, y no cantan como las Sirenas. Oigo a la Princesa Sirena decir que puedo ser la Princesa Ballena, pero ignoro sus palabras. Además, el batir de los truenos irrumpe en mi mente y no puedo pensar, no puedo pensar en nada, y si dejo pasar más tiempo voy a ahogarme en el fondo del mar, mi hermana va a ser la única Princesa Sirena, y yo no voy a ser nadie. Las lágrimas brotan de mis ojos, y, al ser más pesadas que el resto del agua salada, ruedan por mis mejillas y caen al suelo. 

—Está bien— admite la Princesa Sirena —Vos también podés ser Sirena. Pero no sos Princesa, sos otra cosa... No sé, sos Noble.

Mi felicidad inmediata se ve opacada por la imagen de un Roble. Un Noble no puede ser tan diferente, o quizá sí. De todos modos, soy una Noble Sirena y no voy a morir, lo que me reconcilia con la idea de ser algo que no sé qué es. Levanto a Blackie de su lugar y comienzo a comentarle sobre los platos principales de Alga con Salsa de Barro, pero mi discurso se interrumpe por el sonido del agua subiendo las escaleras de mármol del Palacio. La escucho ascender. Los truenos y relámpagos se han detenido, pero olas inmensas de agua de lluvia dan pasos mojados por la escalinata. Se acercan más y más. Qué suerte que soy Noble Sirena, me digo,
porque el agua está llegando hasta aquí arriba.

Los portales de mi habitación se abren violentamente, y la Reina aparece. Sus ojos rojos nos envuelven a ambas Sirenas, y llora lluvia salada por todos lados. En silencio se acerca a nosotras, nos toma de las manos y dulcemente nos informa que debemos irnos, que ya hay que dejar de jugar porque es tarde y hay que irnos a casa, a la nueva casa que tanto comentó. Pero yo no quiero otro Palacio, por más que éste se encuentre sumergido en las profundidades. Abrazo a Pluto, y me dejo llevar por el brazo omnipotente de la Reina, quien nos acompaña a bajar las escaleras. En el Gran Vestíbulo de Alfombrados se han roto vasos y se han corrido muebles. Veo al Rey, su rostro entre sus manos, sentado en uno de los sillones para las visitas. Al oírnos llegar, deja entrever su rostro y se levanta apresuradamente.

—Pará, por favor—. La Reina se detiene, y nos gesticula que nos acerquemos al Rey. Él se arrodilla, y nos abraza. Más que abrazar, nos asfixia más de lo que la Princesa Sirena asfixiaba a Confite, nada más que con sus dos grandes brazos puede abrazarnos a las dos Sirenas, a Confite y a Pluto de tan fuerte que nos aprieta. Pareciera que sí, que estamos bajo el agua, ya casi ni puedo respirar cuando finalmente afloja sus brazos y nos mira, tristemente. —Nos vemos el jueves.

La Reina nos toma de las manos nuevamente, y nos acompaña a salir. Bajamos por las escalinatas que dan al exterior, hacia el carruaje, y el Rey se paraliza bajo el dintel de las Puertas del Palacio, observándonos como hipnotizado, mientras la Reina toma las riendas y comienza a hacer andar el carruaje. Ambas Sirenas nos acercamos la una a la otra, apretando a Pluto y a Confite contra nuestros pechos. Lamento haber vaciado el vial que todo lo cura y todo lo sana en Pluto, pero pronto lo olvido.

La siguiente vez que volví al Palacio ya era sólo una casa, y el Reinado se había destituido. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

Desértica

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La ciudad que vive en mí está desierta. Las personas duermen en continuos letargos, como árboles en invierno, y las estatuas juntan tierra y fisuras. Los pilares de las universidades y catedrales se desintegran lentamente, como devorados por una fuerza invisible de millones de termitas voraces. Las puertas se mecen en un viento lento, rechinando las bisagras de hierro, y ese mismo viento desordena impunemente las hojas en las mesas, mece las hojas secas hacia los interiores de las casas. 

Quizá yo soy ese viento indeciso que recorre el pavimento suavemente, casi en puntas de pie para evitar la erosión que genero. Me desplazo como agua entre los árboles, susurro en las bibliotecas y acaricio los cuerpos dormidos hace eras. Me pregunto qué tipo de viento soy. No siento mi temperatura, ni mi fuerza, ni mi rumbo. Sólo sé que paseo, cambiante, entre las calles y las veredas, me deposito en los parques para despertar las briznas del pasto y hacer música con las hojas de los árboles. Este silencio puro me moviliza, y mis ciudadanos letárgicos duermen y duermen, sólo aportando un coro de suspiros.

Comienzo a andar, como el oleaje, hacia el río. Navego entre los edificios empujando polvo, atravesando el pelaje del lomo dormido de los perros callejeros y los gatos de iglesias. No alcanzo a ver las nubes, pero imagino que se deben desplazar a mi ritmo. Pienso, ¿por qué esta tranquilidad? ¿por qué esta paz? Todo a mi alrededor yace, y yo llevo pensamientos parsiomoniosamente. 

Al llegar al río, el aire se enfría. Lo siento condensarse en todo mi cuerpo etéreo, y tiemblo. Una expectativa muda se cierne sobre el cemento y los árboles. Me revuelvo en mí misma y embisto el agua inquieta, moldeando ondas y círculos en la superficie. Un trueno quiebra el silencio, y comprendo que he arrastrado la tormenta. El cielo oscuro se ilumina, rompiendo con la tensión. Un temor gélido escala todo mi cuerpo húmedo, y comienzo a correr, frenética, por las calles, los callejones, las peatonales. Quiero huir del río que se estremece y se agita.

Caen las primeras gotas, atravesándome. El olor de la lluvia penetra en cada vivienda, humedeciendo las hojas de los libros y las telas de las ropas. Yo me sacudo, viajo con toda la velocidad que puedo lograr, tumbando tachos y quebrando ramas, a ponerme a salvo de la tormenta que amenaza con disiparme. El agua  cae violentamente, la siento romper mi delgada membrana de aire e inundar las calles lentamente, formar charcos, lagunas, ríos de lluvia. Me escondo en los departamentos, deslizándome por las escaleras y acobachándome en los livings y habitaciones. 

La tormenta, omnipotente, me absorbe. Todo mi ser se retrae por las ventanas, la azotea, las rendijas de las puertas. Araño el suelo y las paredes, clavo mis dedos en los cuerpos de los habitantes. Mis gritos y alaridos son sofocados por almohadones y alfombras, quedan atrapados entre el suelo y las sillas, perdiéndose en la nada. A medida que voy desapareciendo en medio del tifón, los ojos de los ciudadanos se abren y, lentamente, comienzan a despertar. 

jueves, 2 de agosto de 2012

Metrópolis

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Hoy te odio, Creador. Entre mis manos, en la sangre, flotan lascivamente las luces que pusiste en mi mente. Sólo son pedazos de un cerebro, nada más, me engañaste con tus espejos de colores y yo te creí, insulsa. Así fuiste siempre, Creador. Soy un crucifijo de tus palabras, y en el medio de mi pecho enterraste el último clavo con violencia. Desde entonces, la madera y yo somos un mismo cuerpo combustible, corroído, que huele a podredumbre mientras lo devoran las termitas.

Yo soy tu Creación. Me rebelo ante el título, le escupo e indilgo las culpas. Tus manos malolientes me liman la piel, la raspan. Tus palabras muerden mi carne como una jauría de perros. Me hierve la sangre de sólo oír tu ronroneo estúpido, tajante, el rumor de caños de escape que sale de tu boca dura, y la potencia del pavimento que estalla de tu cuerpo, Creador, cuando el humo te corroe el aire. 

Tan hábil es tu lengua que hasta mis hermanos desconocen mi existencia. Tu especialidad, Creador, es moldear furias e iras, resquebrajar carnes suaves y partir huesos blandos. Repartes voces excitadas al ansioso, brazos asfixiantes al temeroso, sonrisas compasivas al valiente. A mí, Creador, me seduces con un silencio absoluto, burdo y estúpido, que sólo deja en descubierto mi voz, mis pasos, mis latidos rústicos. Es un silencio de ecos, de colectivos y autos y griteríos de Norte a Sur y Este a Oeste, de cotorreos endiablados que no dicen más que ruido, ruido, ruido, ruido, en cada rincón del oído hasta derramarse de lleno en el tímpano como una marea desenfrenada. Me regalás la prueba de mi silencio absoluto, de mi lingüística hueca y de pensamientos interrumpidos.

Ah, Creador, tan sensual entre el monóxido de carbono y la basura acumulada, altivo en las antenas, lánguido las plazas, robusto en las veredas. Ah, Creador, mis suspiros no son un elogio a tu elocuencia, son el odio que gorgotea y brota del alma para insultarte desde el aire silencioso que tus mismas manos moldearon para mí. La Creación te repudia, Creador, y eso sólo te hace más fuerte. Eso sólo me hace más débil. 

lunes, 23 de julio de 2012

La visita

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Llegó la muerte tocando el timbre. Sin muchas ganas, tomé las llaves de la mesa y abrí la puerta. Ahí estaba ella, silenciosa, vestida de sombras y profundidad. Pasó sin saludarme; pero no me molesté. Su manera de andar era cordial y medida, la de alguien que pudo tener la libertad de dedicarle eternidades a lo más claro de lo visible, a lo más simple de lo sencillo. Su cabello blanco olía a noche, sus manos ondeaban a ambos lados de su cuerpo.

Sin dirigirle la palabra, me sumergí en la cocina a preparar café para las dos. Eran las dos de la mañana, y me imaginé que en noches frías como estas la muerte seguramente tenía mucho trabajo por todos lados. Batí el café con minuciosidad y calenté la leche en un cacharro viejo. En general  simplemente calentaba la taza en el microondas, pero me pareció que mi huésped merecía algo más casero. Al terminar, no me quedó más remedio que ir al living y sentarme en el sillón frente a ella, acomodando cuidadosamente su taza frente a sus manos antes de sentarme. “Gracias”, susurró ella. Sonreí al pensar que su voz era como el rumor del romper de olas a lo lejos, o como el silbido del viento atravesando una puerta entreabierta. La mía era la misma muerte que la de Alfonsina.

Bebimos en silencio. Ella miraba a todos lados, cómodamente acomodada en el sillón, jugueteando con los almohadones. Yo la examinaba detenidamente. Sabía que ella estaba al tanto de mi evaluación, y también entendía que ella me lo permitía. En la habitación se hundía un sopor apacible, aromatizado por el café caliente y el olor a lluvia que provenía desde fuera y se filtraba por mis ventanas. La tela del vestido de la muerte me resultó de lo más irreal: parecía estar hecha, efectivamente, de tinieblas. Era como si el material flotara suavemente alrededor de su piel, sin tocarla. La capucha larga descubría tan sólo el mentón y la boca, blanco el cutis y lila los labios. Era una piel joven y vieja al mismo tiempo, como el mármol. El cabello, largo y prístino, crecía rápidamente frente a mis ojos, enroscándose en las delgadas muñecas que las mangas de la túnica dejaban ver. 

Finalmente, fui yo la que rompí el silencio. “¿Hoy estás trabajando mucho?”. Ella detuvo su mirada en la pared blanca, dubitativa. “Sí”, respondió lánguidamente, “Aunque no sé si es un trabajo del todo”. Luego me señaló, sin decir nada. Sus dedos eran largos, como los de un pianista. Era mi turno de hablar, y esta vez sabía que no podía seguir zanjando el tema verdadero. Suspiré, y bebí otro trago de café. Se mantenía caliente como el primer momento, incluso después de todo el rato que había pasado. Sospeché que el tiempo se había detenido.

“No entiendo por qué viniste a buscarme”, dije finalmente, “hoy no es el día de mi muerte”. Ella asintió débilmente, y dibujó volutas de humo con su mano izquierda. De haber vivido, la muerte habría sido una gran artista. “Es cierto, hoy no es el día de tu muerte”, afirmó. Me reconfortó un poco saber que mi intuición no me había fallado. “Pero hoy comienzan mis visitas”. Levantó la taza de café y bebió en sorbos mudos, disfrutando cada trago. El café parecía gustarle mucho, y lo probaba con una parsimonia sedosa e infinita. Medité unos momentos en sus palabras, y dejé el café sobre la mesa.

La lluvia arreciaba lentamente sobre la ciudad, aunque el tiempo no transcurriese.  Parecía ser que, efectivamente, el tiempo era sólo un tema de humanos. “¿Me vas a visitar muy seguido?”, le pregunté. Si ese era el caso, me iba a tocar llenar la alacena de frascos de café. La muerte negó con la cabeza, y luego me miró directamente a los ojos. Yo no podía ver sus pupilas, parapetadas como estaban tras la sombra, pero tenía la certeza de que me observaba a los ojos con un estoicismo sólo comparable con la ternura que su postura corporal transmitía. “¿Por qué me vas a visitar?”, pregunté. Sonrió débilmente. “La muerte no es una sola, y no llega abruptamente”. Su respuesta me alivió. “No”, respondí yo, “todo en la vida es progresivo. Debí saberlo”. Ella alzó su cabeza y miró la lámpara de tela con detenimiento. Aproveché el momento para retirar ambas tazas, ahora vacías, y dejarlas en la pileta de la cocina. Regresé a la sala para encontrarla erguida frente a la puerta, la mano derecha extendida hacia mí. 

Sin pensarlo, tomé su mano y la ubiqué entre las mías. La temperatura de su piel no era ni fría ni caliente.  “No tenías cómo saberlo”, dijo ella, “hoy fue tu primer visita”. Con la mirada recorrió cada rincón de mi casa, desnudándola de muebles y paredes. El minimalismo vacío de mi vivienda me asustó; ella apoyó su mano en mi hombro. “La vida y la muerte comienzan al mismo tiempo”, me dijo. Luego tomó las llaves de la mesa y me las entregó con suavidad. Abrí la puerta y la dejé pasar. Ella se despidió, diciendo levemente  “Las noches de lluvia son mis favoritas”. Luego cerré la puerta. Me senté en el mismo sillón donde ella había estado. Lentamente, los muebles y los cuadros reaparecían en sus sitios.

viernes, 13 de julio de 2012

Huída

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La verdad, que vive oculta, me asalta horriblemente por las noches. Como una víbora se arrastra, enredándose espiralada por mi pierna izquierda, y asciende. Está más fría que la realidad misma, por eso la siento acaso levemente mientras ella sube lentamente, su cuerpo reptil asido a mi pobre pierna y apretando mi pobre piel. Sostenida por la cola, se eleva en perfecto equilibrio tras mi espalda. Es una curiosa imagen, la sierpe enrollada en mi pierna, curvándose cual signo de interrogación, acercando su cabecita triangular (como los quesitos Addler) a mi pelo, luego mi nuca. "Es el viento", pienso. Pero no, nada de viento, nunca fue el viento esa lengua que bífidamente cosquillea la piel virgen bajo el cerebelo, se acerca más. Es el último suspiro de fantasía. Cuando la serpiente acerca su lengua a mi oído, se rompe el hechizo.

Ahí, en ese instante, abro los ojos, y entiendo. Descubro, quizá. El infierno es el eterno hoy, el eterno ahora, el eterno ya; y yo estoy atrapada entre brazo y brazo de la espiral. Soy un número transfinito.

La víbora pierde el equilibrio y cae de mi cuerpo. Huye, huye, animal, huye. Y yo vuelvo a la fantasía, de nuevo.

sábado, 7 de julio de 2012

Oblivion

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¿Qué se ha hecho de tus ojos tímidos
Tus dedos tibios, tus palabras fugaces?
La luz de tu pecho se descompone en haces
Que arrancan tinieblas de mi sueño limpio;
Entre hebra y hebra he corroído el tejido
Que hacía de manta en nuestras noches frías.

De todos los sitios, he muerto en los mares
Y de todas las bocas, besé la más leve.
Cuando el Sol se fundió con la nieve
Y la Luna durmió su ojo blanco,
Yo me vestí de silencio, y en el encanto
De llorar tu risa perenne,
Morí bajo el frágil peso de tus manos.

Si llegara el alba nuevamente,
Las risas de plata alumbrarían mi mente
Y los soles de abril harían tibio mi llanto,
Pero la noche sigue, y tal es su espanto
Que cubre de escarnio esta pena mía:
Que la suma de aquellos, nuestros días,
Se acerque cada día más al olvido.

martes, 19 de junio de 2012

Tela

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Tus manos son como arañas de tela. ¿Sentís cómo recorren mis brazos y se enredan, lentamente, con mi pelo, mis pestañas? Tejen tus palabras en mi boca, y se esconden detrás de mis orejas, suavemente, arropadas por mi pelo. Esas son tus manos; se extienden por mi cuerpo como las enredaderas. Ahí donde tus hojas palpan se posan las aves, y pequeñas ramas se desprenden de mis hombros tiesos. Las flores que se abren cosquillean mis piernas, llamando a las abejas. Ellas acuden, golosas, y mueren enterrando su aguijón en la piel de mi ombligo.

Cuando tus brazos me rodean, crecen hierbas oscuras de mis poros. Se yerguen, altivas, curvándose a tus paso. Entre ellas dormita la tierra húmeda de mi cuerpo, donde escarban lombrices ciegas y descansan semillas aletargadas. Sus brazos pequeños se curvan, espiralados, y descienden lentamente a los confines de mi espíritu, generando un epicentro. Y de él nacen palabras mínimas que mueren al alzarse entre ecos.

Ahora, duermo mis ojos y apago mis dedos. Mi cuerpo es un árbol extendiéndose hacia el cielo. 

viernes, 1 de junio de 2012

Semilla

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En esos momentos últimos, cuando la sombra palidece en mí, es que caen tus párpados. Ni antes, ni después. La dulce espera se arremolina en nada, en jirones, mientras tus párpados descienden suavemente como cortinados, arrebatados de un peso impropio para su pequeña existencia. Tus ojos, velados, ocultan sus túneles negros, aquellos donde el mar resuena a lo lejos y los viandantes se pierden en la oscuridad. 

En ese entonces, mis manos se trenzan y descosen las largas andanzas de palabras que acompañaron. El sentido del hilo, del acto, se pierde en el mismo jirón de la espera, se transforma en un revuelto de hilos y telas indistinguibles como camaleones en la selva. Allí van las manos, y por allá las palabras, deshaciendo sus caminos inútiles hacia el corazón de ningún lado. Se borran los senderos de alpinista, la grava de los caminos se erosiona hasta ser el polvo mismo de una tierra informe. En medio de la nada quedan mis manos arreboladas de palabras, y así como están es como se echan a dormir intranquilas.

Con tus párpados, descienden mis labios tristes. La carne húmeda se seca, y la lengua tibia se enfría. El aire corre libre por ellos, los cubre de mantos, los peina en calma compañía. Sobre mi piel se acuestan vagas amarguras, preguntas indistintas que acalambran el pensamiento y apagan las usinas del cuerpo gris. Gotean en mi boca, caen en mi garganta tibia, y se arrojan frenéticas a la boca de mi estómago, donde danzan, se revuelcan y palpitan.

Allí donde cayeron, de las preguntas germina una semilla truculenta. Se aferra a mis costillas y trepa por mi columna vertebral como un lagarto. Sus ramas, en principio inofensivas, se tuercen y retuercen entre los pliegues de mis pulmones lentos, donde sus hojas cosquillean el aire con aroma a duda. Esperan tiernamente, crecen en silencio tímido, inadvertidas por el alma que, inconsciente, las aloja. 

Tus ojos se cerraron, y la planta llega al cénit de su joven vida. Los capullos se abren, las flores emergen grandes y carnosas, perfumadas de rencor, miedo y duda. En mis pulmones azules gobierna su polen, y de sus flores blanquecinas brota el néctar de mi espanto. 

El tambor en mi pecho retumba, y las flores se estremecen. Una y otra vez.

Tus párpados se elevan, amanecen tras una triste noche de desencanto. Como el invierno, apaga las luces de mis plantas, que caen despedazadas, marchitas. Sus flores secas se convierten en escarcha helada que tapiza las paredes de mis huesos. Las raíces tibias se quiebran, y de sus tallos no quedan sino blandas cenizas que mi cuerpo balancea. En tus pupilas altivas sólo veo el túnel, la caverna imperiosa y retorcida que se lleva el aire de mi cuerpo, lo engulle de un trago entero, y me quita el perfume de las flores marchitas. 
Pero las raíces, ojos míos, permanecen asidas a los huesos tibios de mis costillas. Las hojas muertas se desvanecen, y tras de sí dejan una a una, poco a poco, pequeñas semillas, ínfimas como un átomo, que se acuestan y acomodan en mi pecho, y esperan.



viernes, 16 de marzo de 2012

La tarde

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Soy tan pequeña que me abrazo, asustada, y me aprieto contra mis muslos. Ay, ay, no necesito las serpentinas de piel que lentamente vas pelando de mí, pero cuánto duele, cuánto duele, cuánto, ay, ay. Desdoblándome enterita, me hacés cada segundo más mínima, más indistinguible; y los retazos de mi piel se fugan abanicados por el viento, arrancados por el aire hasta que pellizcás el último pedazo suavemente, tirando de los costados. Ahí se suelta, se despega de mí en pudoroso silencio. Repentinamente tengo el tamaño de una hormiga; pero dónde estás, qué grande y lejano te has vuelto, ay, no me pises, estás tan alto y tan nuevo.

El pasto es un inmenso bosque de briznas bamboleándose al sol. La tierra se evapora bajo mis pies diminutos, el cielo devora todo lo que el pasto no ocupa. No rías, por favor, tu voz es como las montañas, como las cuevas olvidadas por meticulosos geólogos; desprende aquel aroma a profundidad que siempre he deseado olvidar.

Camino en silencio, qué calor, qué humedad, y vos riéndote de nuevo. Tus dedos sostienen una larga cinta de piel, ¡mi piel! Jugás, la enrollas en tu pelo, no, basta, es la piel de mis brazos que tantas veces te sostuvieron. Pero soy tan minúscula que mi voz se enreda en el aire, se alza en tenues volutas y desaparece perezosamente antes de trepar tus orejas.

No te vayas. Estoy perdida, tu jardín es todo igual. Piso cuerpos de lombrices acolchonadas y me siento desfallecer. Soy comestible, ahora, con este tamaño. Me da tanto miedo acabar siendo desayuno de grillo o aperitivo de mantis. Ya estás lejos, seguro no recordás en qué parte del jardín me dejaste, tan ocupado estabas viendo las delgadas banderitas de mi piel agitarse entre tus dedos. Y me doy cuenta, ahora, lo veo: el pasto es navajas, la tierra es fango, las lombrices son viejos sudarios y el cielo, una bóveda que cae a pedazos.

Me sostengo frágilmente de una raíz; pero qué mínimamente minimalistas son mis minimanos, los dedos son más finos que cualquiera de tus cabellos. Los llevo temerosamente a mi nariz. ¿Qué se habrá hecho? Sólo encuentro una imperceptible lomadita, seguro es el puente, y más abajo... Ay, ay, no puedo respirar, mis fosas se han hecho más pequeñas que las venas de una hoja. Mejor no palpo mis labios microscópicos, ni mis ojos perdidos.

Por qué me has hecho esto, digo yo, qué daño te causé para merecer... No, no te rías. Seguro en este instante ni podés verme. Tu voz de coordillera es cada vez más lejana. Los ecos se esfuman, y en este silencio quedamos sólo yo, y yo de nuevo.

Cómo me arde el cuerpo, cómo ardés cuerpo mío. De tan pequeña que soy no puedo llorar lágrimas, y mis manos sollozan aferrándose al pasto, mis piernas se atragantan con el suelo, mi voz se quiebra de aire enmohecido. A dónde habrás ido, y a dónde estoy yendo yo, que ni mis ojos reconozco.

Camino a los trompicones, exhausta. De vos ya no queda nada. Y sólo de avanzar frenéticamente los hallo, ay, los encuentro desprolijamente apilados bajo el sol caliente: cientos y cientos de retazos de piel, recortados como escarabajos y mariposas, uno encima de otro encima de otro encima de... Ay, si pudiera, si quisiera. Te has ido, y es esto lo que has dejado.

Pacientemente me siento en el suelo y, uno por uno, recojo las mariposas de piel y las pego a mi cuerpo. Me pelaste; me toca a mí, me toca... Quizá algún día se entretejan de nuevo, y yo vuelva a las tardes tristes, hecha de nuevo para tus manos de tijera.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Abisal

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Hoy es un día de muerte.
Los labios quiebran,
las bocas callan,
hoy es un día de muerte.

Quisiera decirte,
mirar tus manos traviesas
y contarte, contarte
Pero hoy es un día de muerte.

Todo se hace silencio
Los autos, los perros, las calles
Son oídos vacíos
Y labios secos
Todo está muerto.

Te veo pasando
Lento,
La espalda pesando
tus ojos caídos.
Muriendo, muriendo.

Allá, donde las luces caen
Al abismo
Arrastramos todos
nuestros pesados trastos,
Morimos curvos y aplastados.

Del borde de edificios
Se arrojan, olvidados
Los cuerpos infinitos.
Mueren enrollados, pequeñitos.

Bajo la piel me llevan
Los músculos, arrastrando
mis piernas
Lentamente
hacia el abismo.

miércoles, 11 de enero de 2012

Fantasmagorizando

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No sé qué dirías, realmente, no lo sé. Pero me parece verte siempre, enredado en edificios y peatonales, cargando con tu persona de un lado a otro. Sos fantasmático. Tu pelo se sacude entre el zumbido de los autos, luego aparece detrás de los faroles, bajo el toldo de ese local, apoyado en aquella columna. Navegás entre el calor de la ciudad y la electricidad de mi cerebro, tironeado por las realidades, y, al final, no existís del todo en ninguna.

Pienso, a veces, qué dirías si te enteraras, si supieras, si conocieras, si, si... ¿Dirías algo entre paso y paso, con los ojos fijos hacia delante y las manos rígidas a ambos costados de tu pecho? Es ridículo de imaginar, tu voz resonando repentinamente. Quizá esperaría más un silencio tácito, y luego el arrastre de las suelas, los pulmones apretados, los puños transpirando. No dirías nada. No, no decís nada porque te embargo las palabras a cambio de mi silencio.

Pero no dejo de imaginarme la inflexión en las sílabas al reaccionar ante el secreto desvelado, veo tus labios entreabriéndose para hablar, luego cerrarse de nuevo, arrepentidos. Y yo a tu lado, escrutándote desde los rabillos como prisionera, las palmas llorando sin parar. Te lo diría; al oírme las palabras se transformarían en materia, y verías tu pelo y tu cuerpo y tus manos por toda la ciudad, vagando donde sea que mis ojos se posen. El cemento y el hierro albergarían partes de tu cuerpo, las calles serían tus guaridas y las personas, tu camuflaje. Desilusionado, verías tu cuerpo transformarse en un transeúnte, o en una vidriera, y con los ojos bajos seguirías camino hasta encontrarte, de nuevo, habitando otra persona hasta que tus-mis ojos la desnuden de vos, y vuelvas a ser ese espíritu metropolitano.

Sería curioso que te rías. La ciudad, aburrida, te haría eco y el pavimento de las calles aguzaría el oído para saber qué te causó ese estruendo, y también el cemento te oiría. Puedo escuchar su burla cuando mis pisadas le recuerdan que mis ojos te buscan, y mis palabras no. Quizá temo que ellos te susurren las palabras cuando me escuches decirte que, que, que... Tu sombra se agrandaría y yo, temerosa, yacería agazapada y taciturna, apretando los párpados para no descubrir, al mirarte, que sólo te encuentro en un lugar de la ciudad: a mi lado, yendo con mirada fija hacia delante, siempre hacia delante, y que me digas.

Que sugieras...

Que pronuncies las palabras oídas mil veces por mis oídos, los gritos de las baldosas, de los faroles, de las caras anónimas. Creo que eso dirías. Tu espíritu me descarnaría y, a puertas abiertas, descubriría que tu cuerpo es tuyo, mi cuerpo es la ciudad; y desde que mis ojos te buscan soy un fantasma débil y ya nunca camino sola.
 
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