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jueves, 22 de septiembre de 2011

Sirena

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Durante las noches, le renacía entre las olas de la playa. Vestida de sales y espuma, resistía los duros embates del agua contra sus débiles piernas, aturdida, alzándose de la arena como un golem. Al principio, la luna le hería las pupilas dilatadas y la brisa naval le trastornaba los sentidos desnudos. Lentamente, sus manos se soltaban de la humedad arenosa, de la suavidad de los berberechos y el amarre de las algas. La noche comenzaba, otra vez, en las costas y las laderas de su espanto.

Los primeros pasos, siempre erráticos e inciertos, la posicionaban en ese mundo nocturno. Dirigiéndose hacia la aridez de las costas grises, arrastraba huellas zigzagueantes con sus pies blancos. Uno tras otro la alejaban del Mar eterno y sus sales abrasivas, en dirección cada vez más distante respecto a su océano insondable, su vida subacuática. Ya donde la contracorriente no la acariciaba, se desplomaba sobre el nuevo fondo terrestre.

Dormía unos minutos. Luego del esfuerzo naciente, el descanso era fundamental. Abatida y recuperada, abría sus ojos para hallar la infinidad del claro cielo, inundado como el Mar, y en su azul lejano encontraba vestigios y presagios de un sueño anterior, palpitante, en donde el Mar la cubría como un manto eterno. Esta cavilación inacabada le daba nuevos aires a su mente inquieta. En segundos, estaba de pie sobre sus piernas firmes, recorriendo, incorporando la noche nueva. Liberada, chapoteaba en la contracorriente, burlándose de sus asfixiantes profundidades a bocanadas de aire, de verdadero aire y viento marítimos, desatada da la vida suboceánica.

El frenesí menguaba y mutaba en una feliz melancolía, luego. Los recuerdos de su anterior vida, de sus branquias atrofiadas, la llenaban de esa extraña emoción de quienes han dejado atrás, finalmente, una modalidad opresiva e inquebrantable. Agachada, con la palma abierta, sentía las caricias del agua en su superficie. Su frescura y suavidad en nada se parecían a las presiones de la corriente submarina; ésto la hacía reír. Luego se alzaba con los brazos en alto, cubierta de aguas, al velo de las nubes errantes.

Las playas, para el viandante, siempre son interminables. Y al envejecer la noche, ella continuaba en su trayecto irrisorio. Las estrellas comenzaban a apagarse en el firmamento, el horizonte a clarear. La anciana luna, cómplice de esta efímera vida, la despedía con inadvertibles advertencias. Ella, sorda, construía pequeños edificios de arena, dibujaba jeroglíficos sobre sus superficies, limpiaba sus sucias manos en este agua nueva.

Siempre la sorprendían los primeros rayos de Sol. Como tales, la preparaban para el regreso inacabable. Repentinamente su cuerpo se contorsionaba, y sus pequeñas manos se aferraban al delicado cuello donde comenzaban a crecer dolorosamente unas grietas movedizas, bisagras de piel. La piel se unía de dedo a dedo, membranosa. Lentamente su cuerpo retornaba al oleaje, las piernas fundiéndose en un tronco inacabable. Le ardía la garganta, rogando la ingesta inmediata de aguas saladas. Y por último, la unión de sus pies, como los de una bailarina, en la inmensa aleta.

El agua, al fin, la ahogaba nuevamente. Abarcada por el mar eterno, retornaba a las antiguas profundidades, aquellas que tan bien conocía, perdiéndose en la oscuridad de los corales y el tránsito interminable de peces, de pulpos, de mundos, de algas, de piedras, hasta que otra noche la reclame, la extirpe de su ser sirena.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Pléyades

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Cientas de manos pasaron por tu vida, y no sentiste niguna. ¿Te parece? En esa eterna distancia que te revolea cada día más y más y más lejos, te convertís en una estrella titilante, en un cúmulo estelar, quizá. Siempre preferiste ser admirado desde la distancia, mantener el enigma despierto y los murmullos deslizándose de boca a oído a boca continuamente, orbitándote la vida.

Pléyade lejana, estás envuelto en nocturnidad. Nos dejás tu mano siempre cerca, libre, abierta; y tus ojos cubiertos, oscuros. Tus palabras se desenvuelven en nimiedades, en vagas cavilaciones. ¿En qué vértice te concentrás? Espiralado, atolondrado, camuflado; sos el alma del vuelo, las alas de las sombras.

Pese a tu alienante ajenidad, camino a tu lado. Tengo, a veces, las piernas cansadas y la boca seca. Mis hombros asolados han soportado el peso de mil muertes, y en cada una de ellas despertaron bajo la tenue luz nebulosa de las estrellas. Pléyade, ¿comprendés el significado? Puedo caminar mil vidas, fallecer todas ellas, y despertar lejana entre las sombras invernales. Vos tenés la fuerza de todos los soles; pero cada uno de ellos está destinado a estallar en agonía. ¿Qué será de tus radiaciones entonces? ¿Qué telescopio será el que atestiguará, lejano e impotente, tu muerte absoluta? Mutarás a un espíritu sin cadáver ni epitafio, trazando meandrosos surcos por el anónimo espacio.

No te alejes, Pléyade. No te extingas más y más en tu propio vacío. Todos nacimos del mismo polvo, aprendiendo a vivir en distintas letanías. No te distraigas con la composición de tus átomos. Abrí los ojos, estrella, hacia el Universo que te acompaña: somos todos la misma materia estelar, y, a su vez, distintos relámpagos quebrando la membrana eterna. No te componen las pequeñas llamas de tu osamenta, sino las radiaciones eternas que escupís, ignorante, a la oscuridad cerrada, eterna, de los Otros Mundos: allí donde tus rayos acarician la tierra, crece la dicha del melancólico errante; donde tus pisadas se fijan, nacen caminos de hormigas; donde tus ojos se posan, descansan hojas viejas. Y donde tus dedos dibujan, se crean semillas de vastas ciudades crepusculares.

No elijas el camino del enfriamiento, Pléyade, no decaigas tus Soles. Tus pupilas gravitan tanto más que los agujeros de gusanos, que toda la energía de la existencia desagotándose en una galaxia moribunda. En este pequeño planeta de silencios y soledades, camino bajo tu estela; alzando las manos al cielo para envolverte entre mis brazos de Supernova eterna.

 
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