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lunes, 3 de enero de 2011

Papiro

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Las tardes sobrepasan mi sangre, a veces, y mi cuerpo se drena. En dichos momentos me siento un papiro áspero, quebradizo. Aprieto mis manos y surgen líneas, canaletas infinitas cargando polvo de neutrones, al mismo tiempo que junto al esternón palpita lo que queda de esa viscosa sustancia que en algún momento tuvo nombre y huellas digitales. Hoy, sólo quedan fotos.


Mientras camino, como una usina, el movimiento de mis piernas activa neuronas muertas. No, no son muertas; son asesinadas. Se despliegan ágilmente en mi conciencia, como un relámpago: es en este instante cuando mi piel es papiro, y mi vieja viscosidad es celulosa. Despierto en las fauces del Lobo, envuelta en sus babas hediondas, y comienzo a cantar. Al fin y al cabo, soy su lengua y su saliva, soy el filo de sus dientes. El Lobo es mío y de nadie más, y yo he sido eternamente suya. A veces yo soy su ama y señora, y él llora con su latigocola enrollado entre las patas raquíticas. Hoy, mientras camino, soy de su posesión, soy su carne ponzoñosa. Hoy él es dueño de mi pielpapiro; su pelaje es veneno, sus ojos son volcanes.


Canto, simplemente, porque no sé hablar. Las palabras se mutan y dislocan en mi garganta, y acaban siendo un vómito ebrio de conceptos reverdecidos y desfallecientes, a punto de entregar su corta vida al nonsense de la existencia. Informes y débiles, se arrastran hacia la Liebre de Marzo, y ella las bebe violentamente hasta no dejar nada, sin sospechar que sobre su lomo, húmedo y anhelante, la ensombrece mi Lobo.


Sí, perdón. Vuelvo al Lobo. Él no sabe de mi canto, ya que sólo conoce el aroma de mi drenaje. Mastica mi cuerpo lentamente; sabe que así es como yo lo siento más fuertemente y expulso de mí ese perfume desesperado. Saborea mis aullidos, y yo corono sus ladridos. Somos simbióticos, él y yo: he vivido en su presencia antes de conocer la mía.


Hoy, y hace días, soy papiro, soy su esclava y su pedazo de carne vieja. Me pisa, me mastica, me escupe, me come, me traga, me regurgita. Pasiva y ennegrecida, reboto en su boca y me ahogo en su esófago. No me importa, es mi Lobo de siempre. El día que él me digiera, será mi propia mano la que acabe mis días, y mi Melancolobo, mi bestia senil, se relamerá en su agonía hasta que, simbiontes, ambos seamos sólo polvo de papiros.


 
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