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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Serpientes y escaleras

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Ay, ay, dolorojos de nuevo con tus manohiedras que me trepan el alma entera, hasta filtrarse por mi garganta, con su hielo quemándome, quemándome, quematándome. Y entre serpientes y escaleras olvidadas hace quince años en los vestidos estampados con flores y frutillas dejé mis mis arterias olvidadas, dejé el corazón seccionado enterito, enterrado entre las pimientas de los aguaribay y las bolsas por abrir para desprender moscas del mediterráneo. Ay, ay, cómo me duelen tus brazos de pielágrimas mías, ahí donde derramo la sangre de mis antiguas mudanzas de casa en casa en casa en casa hasta llegar a la nada, a las palabras cavernosas que fundan los cimientos de mis estructuras más profundas... las cuales al final son agujeros negros, agujeros de gusanos o feliceslombrices.

Y mi médula espinal se desquiebra y requiebra, sacudida por mis llantosismos, cuando acercás tus consuelos a mis oídos glaciados. No pudeo tirar abajo las paredes de agua, intento reventar los diques. Fracaso en una implosión aún más potente de reclamos y de nudos en gargantas mías, esas que se entierran en colores y matices viejos hasta calarse en lo más irrecuperable de mi metalma.

Seguís intentando. No te culpo pero te condeno, me estás ahogando con tus justos pedidos y tus caricias de duelo. No quiero que encuentres lo que hay más allá de estos ladrillos y sus enredaderas colgadas de glicinas, de bignonias rosadas contorsionadas alrededor de los alambrados encarnados en mi piel sangrante. Me derrito en miedolores, en esa maldita videncia falaz que me embarga y me arrastra en retroceso hacia pasados más y más viejos, imperándome las manos en este presente restringido. Seguís intentando, arremetiendo contra el hermetismo de mis pestañas.

Ay, ay de nuevo tus dolorojos, y esta vez acompañados de esos labios que quieren sanarme las vértebras torcidas y la carne a cielo abierto del cuello. No, no me dejes mostrarte las estúpidas carcasas que tengo dentro, no vas a hallar nada dentro, nada que quieras encontrar. Son sólo juguetes viejos de alguien más que se dejó olvidado entre mis recuerdos, donde yo alrededor construí esas esfinges de cemento. No son más que...

Me demoliste.

El aguasangre se me escapa por toda esta cama, y tapiza el parquet, huye hacia el living y baja en cascadas por las escaleras, más y más y más y la fuente no tiene fin. Qué te dije, no me abras así las venas, no me suicides las defensas que son lo único que al fin y al cabo tengo. Pero qué es eso que fluye, si son las serpientes que dejan resbalar los recuerdos, y las escaleras que los llevan a mi conciencia. Y entre ellas se deslizan los retazos de nylon que formaron mis techos, y las hojas de los eucalipto donde calé todos los nombres; son ni más ni menos que los cajones de frutas y las cañas con abejorros que alojaron mis enjambres de fantasía. Se escapan de mí, y se van liberando otros más melancoscuros.

No los quiero ver pasar, pero me demandan la visión: la cama en el camión, y yo acostada arriba mirando el cielo; el viejo espejo y mis ojos húmedos proyectados; ese maldito librito rojo; el DVD con los anillos; el teléfono reventado contra el pasto entre las lavandas; las terrazas carcomidas por el sol y esos brazos flojos y débiles; las pupilas odiosas que me tuercen los labios; las cuerdas de guitarra ahorcándome; la soledad de los aviones y las ventanas cerradas en tenues departamentos. Y luego fluye el silencio.

Perdón, te empapé. Sé que es lo que querías, y yo aún así buscaba evitarlo. Qué iba a hacer. Ahora estoy debilmatada, estoy tan rasgada y rajada. Siento las fisuras por todo el esternón. Allí van lentamente tus manopájaros, pasan algodones y limpian el vómito de las heridas viejas. Tus besalcoholes me recorren poco a poco, y duelen, ay, ay, cómo duelen. Los diques son irreparables, y las piedrapies, esas costillas arrancadas, se desintegran lentamente en el piso que se seca y se parece cada vez más a un parquet.

Nos acurruco entre tus aves y tus algodones, y te duermo conmigo en esta repentina calma que embarga mi piel de nuevo para apagar tus dolorojos y sosegar tus manohiedras que me treparon el alma entera.
 
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