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jueves, 22 de julio de 2010

Gente

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Caminaba en silencio, arrastrando su usual dicotomía por el mundo de zombies que es la ciudad. Una ciudad resucitante, quizá. Así es la metrópolis. Tal vez lo pensó uno o dos segundos, pero la urbe desquisiada absorbe su atención por completo: las calles vertiginosas, las personas-torbellino, las vidrieras lisérgicas. Todo es una gran vorágine que la fagocita en su camino inconciente, devorando sus neurotransmisores y reemplazándolos por explosiones enloquecidas de electricidad.


¿Y la dicotomía? Más de lo mismo: es la existencia, la disyuntiva eterna entre la exigencia y el querer, la presencia requerida y la vida soñada, el Tánatos y el Eros. Así discurren sus palabras, fluyendo como un río de colores en su fuero interno y hundiéndose en la masa de sus pensamientos. Y así como viajan sus palabras hasta el mismo centro de su existencia, son vectores, a su vez, del silencio de tantas otras.

Esas palabras se atascan cada vez que, frente a sus ojos, en un frenesí de movimientos, se atragantan las infinitas personas aleatorias que pueblan esta ciudad de ecos.

Están todos. No está nadie. Las sirenas aúllan para los edificios y los oídos adormecidos, las luces enérgicas de los semáforos apuntan a controlar la violencia de los motores, la sombra de los árboles señoriales es atravesada por millones de blazers y carteras inconcientes. ¿Y las almas, las mentes? Viajan en sus propias vorágines internas como explosiones estelares.


Mientr
as camina, las carcasas atraen furtivamente su atención. Esas cajas de piel y huesos no llegan a convertirse en palabras específicas, sino más bien todas se sedimentan en el eternamente enorme término que es Gente. Cada una de esas almas cae fusilada y, al ser cosechadas una por una, se arrojan descuidadamente en el mismo cesto, el mismo concepto desmesurado e interminable. Gente. Y, vagabunda, esa masa de carne, gargantas y uñas se desplaza informemente, abarcándolo todo.


Atraviesa la avenida con ojos vidriosos, llovida de Gente. Su cuerpo continúa viaje por las calles. Una tras otra, las anatomías ínfimas se repiten en distintas variables; pero no son nadie. Son momentáneos reflejos de la luz sobre sus córneas: los tapados que las envuelven, los cartones que los sostienen.

Pasa fugazmente al lado de una porción de Gente, más específicamente de un ser humano pequeño abrazando sus tibias y peronés. Las palabras adecuadas para describirlo, según el observador atento, serían "niño de la calle". El frío lo lleva a contorsionarse en medio espiral de persona, escondiendo su rostro (el cual está compuesto de los mismos elementos que todos los demás rostros, aunque de un modo único) para protegerlo del viento juguetón. Algún espectador más centrado podría incluso notar la escasa carga de ropa respecto a las bajas temperaturas.

Ella, no obstante, no se percata de ello. Él es gente. Y el Tánatos del alma ajena es componente intrínseco a la ecuación de su existencia.
 
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