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viernes, 28 de mayo de 2010

D

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Al abandonar la Estación Congreso de Tucumán, el deslizar áspero de las ruedas contra las vías exaspera a todos los pasajeros, con sus chirridos incesantes y su vaivén inestable. El vagón exhala un aliento mañanero de vapores y calor orgánico, desplazándose ágilmente como una víbora en una canaleta, y las personas de su interior suspiran, se remueven el tapado, ojean las agujas del reloj (o los números brillantes, en su defecto, como neón recién cosechado), y en todas las pupilas se lee la misma impaciencia. El recorrido acaba de comenzar.

Estación Juramento. Las puertas del tren subterráneo escupen a algunos pocos, y fagocitan a otros muchos que violentamente se abren paso para apropiarse temporalmente de las escasas butacas disponibles. La masa humana se aplasta contra las aristas del vagón, mol
deándose a los pasamanos como arcilla informe y sufriente a la espera del arranque de la formación; pero el inmenso gusano de aceros está achanchado, recostado plácidamente sobre los caminos de hierro que se incrustan en su estómago de subte, a pesar de los apuros y menesteres que invaden los fueros internos de los madrugadores en su interior, donde rumian frases al estilo de “que cierren las puertas de una buena vez, por favor”, o “por Dios, voy a llegar cuarenta y tres segundos tarde a la oficina otra vez por culpa de la ineficiencia del transporte público, qué lo tiró…”. Incluso suenan frases aún menos optimistas, como “el jefe me va a cercenar, tercera vez esta semana que llego tarde” y “este gobierno es una vergüenza, no puede ser que nos transporten a todos como vacas en un camión y para el colmo se den el lujito de demorarse”. Pobre tren. Tan sólo ha descansado en la estación unos míseros veintiocho segundos.

Al fin, para la inmensa dicha de las personas que en su interior se muerden los labios, la serpiente metálica retoma su trayectoria rectilínea, dejando atrás a unos pocos infortunados que no alcanzaron a apachurrarse con los otros viajantes a tiempo. Tucutún, tucutún, tucutún. En el intestino del subterráneo, las personas se fusionan unas con otras como contorsionistas mudos y malhumorados, con sus mil ojos abiertos para evitar que algún delincuente camuflado de buen samaritano le robe despiadadamente la billetera de cuero alojada en el bolsillo trasero, o quizá que con velocidad espeluznante le desaparezcan el teléfono celular chillón oculto en la cartera. Muy pocos se molestan en centrar sus pupilas en las ventanas, menos aún en sus compañeros de viaje. El paso aminora, la desaceleración es inminente. Todos se aferran quizá un tanto posesivamente a su porción del tubo de acero que funciona de asidera popular, evitando así la caída de múltiples pasajeros. Resuenan unos muy repetidos “disculpe”, aumentando su número gracias a la brusquedad muy poco compasiva del maquinista.

Estación José Hernández. La expresión desdichada del tumulto que espera ansiosamente en la estación es reflejo del inesperado volumen de viajantes. Desde dentro, el pesimismo también es reinante. “No vamos a entrar todos”, tal oración encaja perfectamente en el contexto, retumba en las mentes ya irritadas de los trabajadores, y cuan inmensa es su sorpresa al descubrir que en realidad sí entran todos, nótese el asombroso aprovechamiento del espacio al entrar el colectivo fastidiado a eliminar cada centímetro cúbico libre del vagón. Los únicos que observan la situación con plácida curiosidad son aquellos con la inmensa ventaja de estar sentados en los asientitos minúsculos, y con sonrisas a media asta se comentan a sí mismos, en un silencio mordaz para que sus colegas de viaje no se ofendan, “menos mal que logré encontrar un asiento, que sino te la encargo”.

La estación está prácticamente vacía. Nuevamente, la lombriz no arranca, generando los pensamientos de impaciencia ya nacidos en la estación anterior. Algún que otro individuo retrasado desciende a los trompicones la escalera mecánica, revoleando el maletín como un balero, y se presiona contra la pared de personas en un desesperado intento de entrar en el tren. Unos lo logran, otros se resignan a esperar los tres minutos con cuarenta y cinco segundos que demoran a la siguiente formación. La alarma rechina. Inmediatamente, las puertas se cierran.

Estaciones Olleros, Ministro Carranza, Palermo. Misma historia. La incredulidad de los pasajeros se ve desestructurada incesantemente en cada nueva estación con el ingreso de más y más y más viajantes apretujándose unos contra otros cuando ya se creía que en este tren no entraba ni una aguja más. Recién al arribar el subte a la dichosa Estación Plaza Italia se descomprime un poco, el tren vomita a los afortunados que tienen la suerte de ir a tomarse un autobús, y, sólo algunos escasos, que utilizando una sola mano para contabilizarlos resultaría en un sobrante de dedos, a pasear indolentemente por los caminos del Jardín Botánico.

Estación Scalabrini Ortiz, Bulnes, Agüero, Pueyrredón. La rivalidad por los asientos que se desocupan se expresa en los codazos y empellones de los que están dispuestos a luchar por sus minutos de butaca, aquellos que les corresponden por estar más cansados que el resto de los pasajeros, por tener más edad, cargar más bolsas, más horas de trabajo que todos en este “maldito tren de egoístas”, piensan algunos, “y para el colmo después tengo que andar a las vueltas en la oficina, y seguro que la jefa me pide los papeles de ayer y no tengo ni idea de dónde los metí, pero qué calor que hace, Dios santo, qué egoísta esa piba de pocas primaveras y ya usurpándole el asiento a personas que tienen más que hacer que ella”.

En Estación Facultad de Medicina, abandonan la nave los estudiantes ataviados con batas blancas, torres de apuntes cuidadosamente equilibrados en los brazos y mochilas siniestras. El aire espeso que inunda el vagón tiene una consistencia menos líquida, y los viajantes restantes aprovechan para respirar profundo el aroma a gentío. Estación Callao, Tribunales (allí bajan los de traje, las de tacones más altos, los pelados panzones con lentes anexados a los ojos).

Estación 9 de Julio. “¡Al fin!¡Vamos, salgan, salgan!”; pero no es tan fácil, señores, sí que no lo es con toda esta colectividad de trabajadores que se abalanzan fuera del tren, salen expulsados de los vagones a causa de la ansiedad de los pasajeros y caen en la frialdad de los andenes agarrotados de gente, éstos que van para aquí, éstos que van para allá, contaminando todo como una plaga de hormigas insaciables. El gusano está casi vacío, los pocos que quedan en su húmedo interior se maravillan de lo hermoso que es nuevamente sentir aire abrazando sus cuerpos en lugar del suéter del vecino. Sin embargo, la alegría y la sensación de triunfo es inmediatamente sucedida por la pesadez del recuerdo que en una estación, una y nada más, deben abandonar la efímera comodidad para embarcarse en otro subterráneo o directamente dirigirse a la oficina, al local, al instituto, y “qué día me espera, mamita, qué día, y recién es miércoles, el fin de semana no llega más” –en fin, es el acabóse del optimismo.

La última descarga se realiza cuando en el megáfono se entreteje la voz femenina, un tanto mecánica, que anuncia “Estación Catedral. Estación Terminal. Rogamos a todos los pasajeros descender del tren”, y, obedientemente, todos los pasajeros salen de la inmensa serpiente. Ahora, los pasillos del interminable intestino que atraviesa los vagones está totalmente desierto, el único vestigio de su reciente ingesta es el aire pesado y quejoso y los papelitos que manchan el piso. El tren suspira apesadumbrado luego de su inmenso esfuerzo. “La pucha, qué indigestión”, piensa para sí mismo antes de retirarse a la bodega.
 
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