Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

viernes, 26 de marzo de 2010

Cráter

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Cuando me habló no quise preguntarle el por qué de esa mirada vaga que tejía y destejía las realidades de las personas que obedientemente caminaban de un lado para otro en la calle histérica de la ciudad, saplicando nuestras vidas y percepciones como asteroides atravesando la atmósfera, imponentes, para luego disolverse y desaparecer. No, no fue mi intención preguntarle; pero lo hice de todas maneras: entre inseguras y confusas las palabras solas se hilvanaron en esa guirnalda infame que desembocó en sus oídos inquietos. Alzó una ceja.

No había vuelta atrás, por supuesto, y quizá a modo de disculpa y para permitirle algo de intimidad me centré en observar con forzada atención el ojo-cráter de una paloma cercana, a preguntarme de un modo insulso por la vida ajetreada de esa criatura cuando en verdad no me interesa en lo más mínimo; tenía tatuada esa ceja alzada, su arco cada vez más irreal, en algún profundo tejido del cerebro. Qué pregunta incómoda, qué zoncera, y en qué estará pensando él ahora con esos ojos navegantes sobre mis manos que desfiguran un papel que hace unos momentos reposaba inocentemente en la mesa anónima.

No saber es lo primero que dice, algo totalmente predecible, y estoy al tanto que él no me dejará sólo eso como respuesta: se tomará unos piadosos segundos y elaborará otro enunciado más completo y adaptado a mis exigencias sólo para complacer mi curiosidad sádica, lo hará sin oponer resistencia alguna y con el recelo resentido que sin duda merezco. Así se mueven las cuerdas de la existencia. Me hincho de sus palabras esperadas. Luego le permito al silencio hacer su trabajo conciliador e imperar sobre el ya, sobre él, sobre mí y los árboles que a través del cristal se rebelan ante la tenacidad del viento y los chirridos mudos del subterráneo.

Es entonces cuando comprendo, en su mirada tectónica, que no tengo escapatoria: las palomas no existen, los árboles son inconexos, el papel en mis manos se marchitó. Ni siquiera la mesa, el cristal, el café humeante me presentan una justificación a la cobardía; debo arrastrar mis pupilas a sus ojos, cráteres de paloma y magma, y soportal la testarudez de mi pregunta en esos labios plumosos.

El tiempo pasa, el silencio concilia y las nimiedades vuelven a gorgotear, siempre demasiado anhelantes, en nuestras gargantas. Odio esta rutina, este rito a la nada por la nada misma, el galope de la realidad tangible esparciéndose majestuosa por todos los recovecos. Ya no hay un nosotros, hay sólo dos conciencias separadas como siempre lo han estado por paredes esmeriladas. Mi mirada se desvía hacia la ventana nuevamente.

En ese momento, el vértice más distante, es cuando entr confusas e inseguras sus palabras lían una guirnalda que desemboca en mis oídos absortos, preguntándome el por qué de mi mirada vaga mientras tejo y destejo las realidades de las personas caminando por la calle histérica por un instante de nuestras vidas, estrellas fugaces. Cierro los ojos y suspiro. Nuevamente me ha salvado de mí misma.

martes, 2 de marzo de 2010

Inframundos

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Te amurallaste tras tus ojos de cosmos, Caronte. Entre tus pupilas y tus neuronas un agujero negro devora los significados, y de tu voz verdadera no quedan sino volutas, hilos de humo que mi respiración y sus débiles palabras desarman en partículas de una nada enardecida.

"Una nada enardecida", me repito a mí misma, saboreando cada concepto. ¡Y qué amargura me tiñe el paladar, Caronte, qué agria sensación! Pero de tus ojos no espero extraer nada, barquero. Simplemente subo a tu góndola, un velo sobre el rostro protejiéndome, y abandono mis caóticas costas para ingresar en tus lagos de silencio.

Remás con infinita paciencia, al tanto de las fichas que controlás en el tablero. Entre tanto, yo me empapo del abismo que nos rodea. Tu barca, Caronte, es acogedora, húmeda. Me recuerda a mis juegos de piratas en la infancia y al olor de las coníferas en verano. Vos seguís dirigiendo, y flotamos casi como por inercia hacia tu inmensidad. Es algo familiarmente extraño para mí permanecer en tus aguas, y de a momentos no sé por qué permito que sigas trasladándome... Confío demasiado, quizá, en mi capacidad de remover tus remos y regresarme a mis tierras originarias, a mis costas de espanto.

El camino de aguas traga la nave en su oscuridad indemne; pero aún así puedo ver tus ojos. Ello te incomoda, barquero, te despista y provoca a remar con más ahínco en esas direcciones desconocidas para mí. No les temo, he visitado cavernas más profundas y me he dejado caer en pozos más insalvables. El mismo frío de tus aguas me ha envuelto antes, Caronte, y me he vestido de soledades más inabarcables que la que tus remos pretenden arrojar sobre mí. El velo esconde mi rostro, y mis palabras aún crepitan anhelantes en mi garganta.

El lago avanza, y aún no me has conducido a tu verdadero Inframundo. Tu barca gris y melancólica se zarandea en tu ansiedad encubierta, y las aguas negras tiritan bajo nuestros cuerpos. Dirigiste hacia mí tus pupilas y no hallaste sino la impenetrabilidad del velo. Tu alma se enturbia y se sacude. Aún no temo el abismo de tu Hades, Caronte, y tus remos están perdiendo su confianza.

Repentinamente, te detenés en el centro de esta cueva. Hace un frío húmedo y todo huele a profundidad. El goteo de algún hielo lejano triza el silencio imponente. Y nosotros dos acá, en tu barca, sobre los crujientes maderos que se deshacen.

Mis manos se erizan; el velo me regresa a la tranquilidad. Te observo, Caraonte, mientras te sorprendés de las mismas vastedades de vacío y silencio que te rodean y a las cuales me trajiste. Todo lo veo y lo siento. Comenzás a comprenderlo, Caronte, y empezás a hundirte.

Sí, barquero, a hundirte. La madera de tu góndola se desmigaja en cenizas, dispersándose en el río de tinta. Pareciera que yo también naufrago; pero algún pedazo de la nave me mantiene a flote en esta caverna de fantasmas que te invade. Vos, en cambio, estás sumergido a medio cuerpo. Tus ojos de cosmos me atan a sostenerte con la mirada, a salvo de las aguas que amenazan con anclarte a sus descensos infinitos: tus aguas no tienen fondo, Caronte, al igual que las mías. Al igual que mis tristes aguas.

No querés hundirte, y yo no quiero que te hundas. A lo lejos el goteo; cerca está el murmullo de mi respiración agitada. Ya no existe ni el cadáver de tu barca, Caronte. Sólo mi nueva nave salvada del naufragio y la inmensidad de esta cueva. Y tras el velo lloro, barquero, tras el velo las palabras queman en mi garganta y los ojos se extinguen. No queda nada en este vacío de negros y grises. Sólo el frío, las piedras invisibles en alguna arista a infinitos kilómetros por encima de esta superficie. Todo es tan inerte y a la vez tan eléctrico, barquero, tan cargado de una vida agazapada entre los átomos y parapetada detrás de tu soledad y debajo de tus aguas. Si te dejo solo, Caronte, ¿querrías nadar hasta tus costas, las mismas costas de espanto que abandoné yo al entregarme a tu sórdida embarcación? ¿Podrías regresar a ellas, Caronte, tras haberte hundido en tus aguas?

Yo no, Caronte. No quiero retornar a las mías.

Tomo los remos mientras abandonás mis ojos y nadás hacia tu Inframundo sin provocar una sola ola. No sé si en verdad quieras irte, pero rebalsa de mí la certeza que no querés que te siga. Es tan triste tu caverna. Es tan silenciosa tu partida.

"Cuando vuelvas, Caronte... ¿Recordarás dónde encontrarme?", pienso mientras sumerjo el remo y quiebro tus aguas espantadizas.
 
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