Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

viernes, 29 de enero de 2010

Naufragio

1 ideas compartidas
Justo en el peor momento tenía que caérsele el tenedor de la mesa. Los ojos de José la atravesaron furtivamente, y Alicia pudo entender la ardorosa irritación que su torpeza siempre desataba en él; ella siempre tan insulsa, tan insoportablemente inútil, y como para empeorar las cosas una ráfaga de sangre acalorada le tiñó de rubor las mejillas. Con un poco de resentimiento lanzó una mirada rápida a su muñeca izquierda, la verdadera culpable de toda esta situación, y ahí estaba, inocentemente acorralada entre pulseras, mirándola con su estúpida cara de “yo no fui”. Alicia suspiró, y sin perder mucho más tiempo se inclinó a recoger el desairado tenedor de la alfombra.

Los dedos se estiraron, pobres, hasta su máxima capacidad; pero no lograron siquiera rozar el metal del cubierto. ¿Tan lejos estaba? Velozmente, Alicia divisó las miradas intrigadas de los demás clientes del lujoso restaurante, y sus pupilas, por un breve fragmento de eternidad, descansaron en los iris-témpanos de José, frente a ella. Pidió ella disculpas con los ojos, que fueron respondidas por un nervioso gesto que la instaba a apresurarse; pero el tenedor se negaba a ser apresado por sus dedos, terco y distante.

Alicia se giró por completo en dirección al objeto caído que tenazmente se resistía a volver a su poder, y al enfrentarse con el burlón brillo plateado de su metal descubrió que estaba suspendido, flotando, en la superficie acuosa de la alfombra, como un luminoso kayak estático en el centro de un lago amenazador. Las cejas de Alicia, extrañadas, buscaron reunirse, apretándose una contra otra por encima del puente de su pálida nariz. Posesa por un instinto defensivo, su mano izquierda se regresó ávidamente contra sus costillas, como un acordeón cerrándose. El tenedor se agitaba levemente en la superficie ondulante del suelo. Buscando reafirmar su poder de interpretación de lo observado, dirigió su mirada hacia José, quien con los ojos le dijo: “estas cosas sólo te pasan a vos”. Al leer esto, huyó de Alicia una risa asfixiada, y nuevamente se arrimó al suelo a levantar el cubierto que nadaba en el éter.

No se sorprendió demasiado cuando perdió el equilibrio y se resbaló de la silla, cayendo inevitablemente sobre el tenedor. La alfombra ofreció poca resistencia, cediendo viscosa al cuerpo de Alicia quien, al cabo de unos segundos, se hundió en el suelo. Lo último que pudo ver fue el horrorizado rostro de José enmarcado por el candelabro dorado, el desagradable candelabro dorado, que colgaba sobre su rígida cabeza. Luego tuvo que hacer descender sus párpados para evitar que la pelusa líquida le entrara en los ojos.

Alicia sentía como su cuerpo se iba hundiendo en… En aquello que no sabía exactamente bien qué era en realidad. Sin duda parecía un conjunto sedoso de algodón húmedo que no mojaba, por lo que se atrevió temerariamente a respirar. Efectivamente, se colaba el aire por esa sustancia que componía el piso en el cual ella caía interminablemente. Una de sus manos, como una autómata, removió el estorbo frente a sus ojos, y sus párpados se elevaron como dos ansiosos telones. Se sintió una minúscula molécula de polvo al notar como frente a ella el pelaje algodonoso de la alfombra temblaba dulcemente, aglomerándose y separándose como nubes consistentes que luchaban unas contra otras. El tenedor pinchó la base de su espalda, exhortándola a revolverse y girar en torno a sí misma. En una maniobra que no pudo comprender del todo, su columna vertebral la retorció hasta dejarla cara a cara con el cubierto. Pobre criatura, tan perdido como ella en esa masa amorfa de alfombra. Alicia agitó los brazos en un inútil intento de nadar hacia arriba, o, mejor dicho, hacia su costado, ya que ahora que se giró el arriba le quedó a su derecha. No hubo caso. Su cuerpo era demasiado pesado como para intentar elevarlo en esa sustancia ignota. Lo más probable es que siguiera cayendo, infinitamente, y pensó que el asunto debería asustarla, y se dejó caer esperando que llegara la angustia, que no llegó, sino que en su lugar la invadió una extraña y austera sensación de leve impaciencia acompañada de resignación. Recordó la sensación de hallarse en la sala de espera aguardando el veredicto de unos análisis cuyos resultados ya intuía de antemano.

El algodón le hacía picar un poco la piel; pero, fuera de ello, hundirse en la mullida masa era una experiencia francamente agradable. Al pasar más tiempo, el tenedor retomó el oficio de estorbarla picándole la espalda. Con un irritado movimiento, sus dedos se enredaron al frío metal del cubierto, y, repentinamente, todo cambió.

Su caída se desaceleró abruptamente, el algodón comenzó a ofrecer resistencia. Las nubes de pelusa dejaron de temblar, y la sustancia comenzó un apurado proceso de solidificación. Alicia tenía menos de un minuto para extirparse a sí misma de la alfombra.

Gobernados por el deseo de perdurar un poco más en el mundo, sus brazos se lanzaron a nadar cuesta arriba (más bien al costado derecho), desplazando los cúmulos de suelo a un lado frenéticamente. Acompasadas por el horror desesperado, sus piernas se zarandearon y comenzaron a escalar. Mientras tanto, contra su cuerpo se apretaba la alfombra quitándole el aire, cada vez más sólida y pesada. Al principio, el ascenso se presentaba virtualmente imposible; pero a medida que sus alrededores se hacían más consistentes, Alicia pudo alzarse más y más hacia la superficie.

En el momento de mayor desesperación, su torpe mano izquierda, aquella que había provocado esta batahola de infortunio, rompió la tensión superficial del algodón. ¡No falta nada, Alicia, no falta nada! ¡Tan solo unos pocos esfuerzos más! Y se repetía las palabras a sí misma, emperrada en abandonar la asfixia del suelo. Temía no llegar, la solidificación a su alrededor avanzaba a pasos agigantados. Su cabeza permanecía debajo del suelo, todo su cuerpo sumergido en la alfombra asesina. Los pies patalearon más duramente, ascendiendo hasta que, tras una brusca patada, su cabeza surgió fuera de la alfombra.

Qué candelabro tan feo enmarcaba la exaltada expresión de José, quien se arrimaba a ella ofreciéndole sus confusas manos. No obstante, Alicia halló primero las manos de un mozo, quien la tironeó poderosamente a la superficie, removiéndola del piso. Con un último esfuerzo, logró alzar su pie izquierdo, el cual se posó en el suelo firme mientras el resto de su persona se abrazaba a la discreta corpulencia del servicial muchacho.

Hundida la cabeza en el cuello del desconocido, Alicia se aseguró de estar del todo a salvo antes de abrir sus ojos y encontrarse con las aliviadas expresiones de los comensales. Un tanto temblorosa logró despegarse del gentil mozo, quien le sonrió una tímida disculpa por el incidente ocurrido. Quizá esto ya había sucedido antes. Sus pensamientos se vieron ofuscados por la mirada de José, que la esperaba receloso con sus ojos tristes, exhaustos, ondulándose como el suelo había hecho antes de tragarla. Le rogaba que se hundiera en él, como siempre. Por este tipo de actitudes, pensó Alicia, las cosas estaban como estaban. Tras un suspiro recomponedor, se sentó ella en la silla y naufragó sus pupilas en el medio acuoso de los melancólicos ojos de José, quien al cabo de unos segundos acabó siendo más suave y agradable, más mullido y asfixiante que el algodón de la alfombra que aún escondía en su extraviado estómago el pobre tenedor de Alicia.

miércoles, 13 de enero de 2010

0 ideas compartidas
R.C.E.
13/10/1926 - 12/01/2010.

"Ya nunca me verás como me vieras, recostao en la vidriera esperándote..."

domingo, 10 de enero de 2010

La Angustia

2 ideas compartidas
La luna queda atrás. Mal augurio. Se paraliza el viento.

Conozco bien la calma que precede al estallido. Descubro en el aire un olor a desastres. Intuyo la tirantez quequiere apoderarse de mí. Sé que estoy a punto de atravesar el umbral.

Delante mío se abre el reino del aura. Plano infinito, metálico, sólido, eléctrico, cruelmente luminoso, sin rastro de sombra que proteja de la luz. Ni una curva, ni una esquina para hacer un alto.

Un vapor malsano asciende de mis miembros y penetra en mi mente. Esta llanura luminosa y sin sombras es anuncio de dolor, y en ella crece el pasto de la demencia.

Quiero dar vuelta atrás y no puedo. Mi galope se hace espantadizo, desacompasado. Mis flancos se enjabonan con la espuma de mi angustia. En mi cabeza se despeja una horrible lucidez. Es el aura, la conozco, la he recorrido ya. No aguanto mis propios pensamientos, que atraviesan mi mente como dardos, concisos y punzantes. Todo recuerdo es nítido, toda idea es insoportablemente exacta. Sé lo que se avecina, y tiemblo.

Quiero protegerme, no resisto los excesos de mi propia inteligencia. Debo apagar esta claridad lacerante, deshacerme de ella, como la mano que suelta el bloque de hielo que la está quemando.

Deseo esconderme de la luz, pero ella sale de mi propia memoria. Esta luz terrible que elimina toda sombra proviene de mí. Huyo de mí mismo, mi galope se vuelve frenético, corro enloquecido, poseso, piso caras y brazos y piernas, aplasto lo que cae bajo mis cascos. Empantano el mundo con babaza espesa, inundo el espacio con mi sudor, derribo montañas y pueblos, masacro a mi paso multitidues.

Pero no hay guarida, no hay escape. Presiento la descarg y me detengo en seco, fruncido, impotente. Permanezco inmóvil y espero. Mi nuca adivina el filo del hacha, un miedo viscoso late en mis membranas. Mis músculos tensos van a reventar, se estira hasta el delirio cada una de mis cuerdas.

Y entonces cae, terminante, el rayo.

Su descarga me fulmina. Su odio me para sobre las patas traseras, templado como un arco, crucificado contra el cielo. Soy un incendio viviente, vomito lava y escupo estrellas en mi desintegración.

Cuando el rayo se apaga, me deja caer. Títere roto de huesos molidos, carbonizado el cerebro. Incinerado por dentro. De mí no quedan sino cenizas de arcángel, que el viento dispersa.

***

"Dulce Compañía", Laura Restrepo.
 
Copyright ©  .
Blogger Theme by BloggerThemes | Theme designed by Jakothan Sponsored by Internet Entrepreneur