Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Cuásares

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Si vos fueras una galaxia y yo fuera el mar, ¿en qué convertiríamos el nosotros, el nos, el somosdosomos? Me pregunto una, dos, mil veces. Pareciera que el tiempo late siempre en el mismo lugar, en ese tatuaje o esa herida que se cierra y descierra entre momento y otro, ahí abre, ahí desabre. Y si yo fuera cuásar y vos laguna, ¿pasaría idénticamente igual-equivalente? Yo sería la estrellada y nebulosa, y vos, quizá, limpio y transparente reflejando mis millones de luciérnagas.

Si los dos fuéramos lagos, no habría nada. Sólo algas y barro. Naufragios de árboles, y algunos pececitos minúsculos viajando eternamente y desconociéndonos siempre, nunca recordándonos.

Si los dos fuéramos nebulosas, estaríamos cegados de supernovas y bolas de helio quemándose eternamente. Qué estrés, ¿no? El de ser una estrella. Ahí, flotando en la mitad de la nada con planetitas orbitándote como si fueran patitos y vos mamá Pata, prendida fuego y en la oscuridad. No nos conoceríamos, tan distantes el uno del otro. Sólo nos veríamos a través de las infinitas capas del universo, y pensaríamos en el otro como una imposibilidad lejana, como la promesa de lo que no es nunca.

Pero las cosas son, los segundos calan siempre la misma hendidura. Estás vos, estoy yo, estamos. Y no somos ni océanos ni sistemas solares, somos simples personas, humanos construidos por proteínas, lípidos, carbohidratos, lo que sea. Tan pequeñísimos, tan inmensos. Somos constelados y acuíferos a la vez.

Tengo miedo de tus aguas y tus planetas. ¿Temés a los míos?

Ahí viene el sueño a paliar mi duermevela, mi estado crepuscular. Nos vemos del otro lado.


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Serpientes y escaleras

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Ay, ay, dolorojos de nuevo con tus manohiedras que me trepan el alma entera, hasta filtrarse por mi garganta, con su hielo quemándome, quemándome, quematándome. Y entre serpientes y escaleras olvidadas hace quince años en los vestidos estampados con flores y frutillas dejé mis mis arterias olvidadas, dejé el corazón seccionado enterito, enterrado entre las pimientas de los aguaribay y las bolsas por abrir para desprender moscas del mediterráneo. Ay, ay, cómo me duelen tus brazos de pielágrimas mías, ahí donde derramo la sangre de mis antiguas mudanzas de casa en casa en casa en casa hasta llegar a la nada, a las palabras cavernosas que fundan los cimientos de mis estructuras más profundas... las cuales al final son agujeros negros, agujeros de gusanos o feliceslombrices.

Y mi médula espinal se desquiebra y requiebra, sacudida por mis llantosismos, cuando acercás tus consuelos a mis oídos glaciados. No pudeo tirar abajo las paredes de agua, intento reventar los diques. Fracaso en una implosión aún más potente de reclamos y de nudos en gargantas mías, esas que se entierran en colores y matices viejos hasta calarse en lo más irrecuperable de mi metalma.

Seguís intentando. No te culpo pero te condeno, me estás ahogando con tus justos pedidos y tus caricias de duelo. No quiero que encuentres lo que hay más allá de estos ladrillos y sus enredaderas colgadas de glicinas, de bignonias rosadas contorsionadas alrededor de los alambrados encarnados en mi piel sangrante. Me derrito en miedolores, en esa maldita videncia falaz que me embarga y me arrastra en retroceso hacia pasados más y más viejos, imperándome las manos en este presente restringido. Seguís intentando, arremetiendo contra el hermetismo de mis pestañas.

Ay, ay de nuevo tus dolorojos, y esta vez acompañados de esos labios que quieren sanarme las vértebras torcidas y la carne a cielo abierto del cuello. No, no me dejes mostrarte las estúpidas carcasas que tengo dentro, no vas a hallar nada dentro, nada que quieras encontrar. Son sólo juguetes viejos de alguien más que se dejó olvidado entre mis recuerdos, donde yo alrededor construí esas esfinges de cemento. No son más que...

Me demoliste.

El aguasangre se me escapa por toda esta cama, y tapiza el parquet, huye hacia el living y baja en cascadas por las escaleras, más y más y más y la fuente no tiene fin. Qué te dije, no me abras así las venas, no me suicides las defensas que son lo único que al fin y al cabo tengo. Pero qué es eso que fluye, si son las serpientes que dejan resbalar los recuerdos, y las escaleras que los llevan a mi conciencia. Y entre ellas se deslizan los retazos de nylon que formaron mis techos, y las hojas de los eucalipto donde calé todos los nombres; son ni más ni menos que los cajones de frutas y las cañas con abejorros que alojaron mis enjambres de fantasía. Se escapan de mí, y se van liberando otros más melancoscuros.

No los quiero ver pasar, pero me demandan la visión: la cama en el camión, y yo acostada arriba mirando el cielo; el viejo espejo y mis ojos húmedos proyectados; ese maldito librito rojo; el DVD con los anillos; el teléfono reventado contra el pasto entre las lavandas; las terrazas carcomidas por el sol y esos brazos flojos y débiles; las pupilas odiosas que me tuercen los labios; las cuerdas de guitarra ahorcándome; la soledad de los aviones y las ventanas cerradas en tenues departamentos. Y luego fluye el silencio.

Perdón, te empapé. Sé que es lo que querías, y yo aún así buscaba evitarlo. Qué iba a hacer. Ahora estoy debilmatada, estoy tan rasgada y rajada. Siento las fisuras por todo el esternón. Allí van lentamente tus manopájaros, pasan algodones y limpian el vómito de las heridas viejas. Tus besalcoholes me recorren poco a poco, y duelen, ay, ay, cómo duelen. Los diques son irreparables, y las piedrapies, esas costillas arrancadas, se desintegran lentamente en el piso que se seca y se parece cada vez más a un parquet.

Nos acurruco entre tus aves y tus algodones, y te duermo conmigo en esta repentina calma que embarga mi piel de nuevo para apagar tus dolorojos y sosegar tus manohiedras que me treparon el alma entera.

viernes, 13 de agosto de 2010

Lunar

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Estás ahí, universándome el silencio, y al aproximarme descubro la tierra que neblina tus contornos áridos. Sos incierto, como lo has sido antes de mis pupilas invasivas y mis manos fútiles, de mis palabras que te lluvian entero como a un viajero solitario. Si conociera, quizá, los nudos que te enredan, acabarían mis palabras por perder su inutilidad y tormentarte, triste y sombrío, en tus páramos de silencio. Es esa perpleja soledad que te huracana lo que me nieva, me lleva a arrastrarme a tu ventana de tinieblas y acariciar tu frialdad, te luno en tus noches de vacíos; quiero solarte el alma y brisar tus dolores.


No lo consigo. Me ventiscás el cuerpo, aguándome la voluntad en volutas de escarnio; regreso a mi usual eclipse de luces. Estoy oleando contra la rocación de tus costas estériles. Y mientras te océano nuevamente, mientras entierro mis dedos intangibles en tus arenas, se me glacian los ojos; estoy hundida en tu profundidad de mil horrores, destripada por tu retroceso interminable. Me voy sismando. Vos te nublás a mis ojos nuevamente, universándome la soledad.

jueves, 22 de julio de 2010

Gente

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Caminaba en silencio, arrastrando su usual dicotomía por el mundo de zombies que es la ciudad. Una ciudad resucitante, quizá. Así es la metrópolis. Tal vez lo pensó uno o dos segundos, pero la urbe desquisiada absorbe su atención por completo: las calles vertiginosas, las personas-torbellino, las vidrieras lisérgicas. Todo es una gran vorágine que la fagocita en su camino inconciente, devorando sus neurotransmisores y reemplazándolos por explosiones enloquecidas de electricidad.


¿Y la dicotomía? Más de lo mismo: es la existencia, la disyuntiva eterna entre la exigencia y el querer, la presencia requerida y la vida soñada, el Tánatos y el Eros. Así discurren sus palabras, fluyendo como un río de colores en su fuero interno y hundiéndose en la masa de sus pensamientos. Y así como viajan sus palabras hasta el mismo centro de su existencia, son vectores, a su vez, del silencio de tantas otras.

Esas palabras se atascan cada vez que, frente a sus ojos, en un frenesí de movimientos, se atragantan las infinitas personas aleatorias que pueblan esta ciudad de ecos.

Están todos. No está nadie. Las sirenas aúllan para los edificios y los oídos adormecidos, las luces enérgicas de los semáforos apuntan a controlar la violencia de los motores, la sombra de los árboles señoriales es atravesada por millones de blazers y carteras inconcientes. ¿Y las almas, las mentes? Viajan en sus propias vorágines internas como explosiones estelares.


Mientr
as camina, las carcasas atraen furtivamente su atención. Esas cajas de piel y huesos no llegan a convertirse en palabras específicas, sino más bien todas se sedimentan en el eternamente enorme término que es Gente. Cada una de esas almas cae fusilada y, al ser cosechadas una por una, se arrojan descuidadamente en el mismo cesto, el mismo concepto desmesurado e interminable. Gente. Y, vagabunda, esa masa de carne, gargantas y uñas se desplaza informemente, abarcándolo todo.


Atraviesa la avenida con ojos vidriosos, llovida de Gente. Su cuerpo continúa viaje por las calles. Una tras otra, las anatomías ínfimas se repiten en distintas variables; pero no son nadie. Son momentáneos reflejos de la luz sobre sus córneas: los tapados que las envuelven, los cartones que los sostienen.

Pasa fugazmente al lado de una porción de Gente, más específicamente de un ser humano pequeño abrazando sus tibias y peronés. Las palabras adecuadas para describirlo, según el observador atento, serían "niño de la calle". El frío lo lleva a contorsionarse en medio espiral de persona, escondiendo su rostro (el cual está compuesto de los mismos elementos que todos los demás rostros, aunque de un modo único) para protegerlo del viento juguetón. Algún espectador más centrado podría incluso notar la escasa carga de ropa respecto a las bajas temperaturas.

Ella, no obstante, no se percata de ello. Él es gente. Y el Tánatos del alma ajena es componente intrínseco a la ecuación de su existencia.

miércoles, 23 de junio de 2010

Profundidades

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acarrea
la vieja promesa
a las costas ancianas
y su polvo.
húndeme.

lleva
las aguas quiescentes
al silencio bruto
del olvido.
entiérrame.

viste
las horas inocuas
de luces negras
y tierra blanda.
apágame.

cubre
las cenizas tersas
en mis pestañas sobrias
y mis cejas.
anúlame.

ahoga
las palabras lentas,
las pupilas discretas,
y mis manos secas.
olvídame.

arrastra
mi piel vacía
y mis brazos sucios
al frío océano.
déjame.

márchate
sobre tus pasos húmedos,
tus piernas magras
alejándose al infinito.
muéreme.

viernes, 28 de mayo de 2010

D

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Al abandonar la Estación Congreso de Tucumán, el deslizar áspero de las ruedas contra las vías exaspera a todos los pasajeros, con sus chirridos incesantes y su vaivén inestable. El vagón exhala un aliento mañanero de vapores y calor orgánico, desplazándose ágilmente como una víbora en una canaleta, y las personas de su interior suspiran, se remueven el tapado, ojean las agujas del reloj (o los números brillantes, en su defecto, como neón recién cosechado), y en todas las pupilas se lee la misma impaciencia. El recorrido acaba de comenzar.

Estación Juramento. Las puertas del tren subterráneo escupen a algunos pocos, y fagocitan a otros muchos que violentamente se abren paso para apropiarse temporalmente de las escasas butacas disponibles. La masa humana se aplasta contra las aristas del vagón, mol
deándose a los pasamanos como arcilla informe y sufriente a la espera del arranque de la formación; pero el inmenso gusano de aceros está achanchado, recostado plácidamente sobre los caminos de hierro que se incrustan en su estómago de subte, a pesar de los apuros y menesteres que invaden los fueros internos de los madrugadores en su interior, donde rumian frases al estilo de “que cierren las puertas de una buena vez, por favor”, o “por Dios, voy a llegar cuarenta y tres segundos tarde a la oficina otra vez por culpa de la ineficiencia del transporte público, qué lo tiró…”. Incluso suenan frases aún menos optimistas, como “el jefe me va a cercenar, tercera vez esta semana que llego tarde” y “este gobierno es una vergüenza, no puede ser que nos transporten a todos como vacas en un camión y para el colmo se den el lujito de demorarse”. Pobre tren. Tan sólo ha descansado en la estación unos míseros veintiocho segundos.

Al fin, para la inmensa dicha de las personas que en su interior se muerden los labios, la serpiente metálica retoma su trayectoria rectilínea, dejando atrás a unos pocos infortunados que no alcanzaron a apachurrarse con los otros viajantes a tiempo. Tucutún, tucutún, tucutún. En el intestino del subterráneo, las personas se fusionan unas con otras como contorsionistas mudos y malhumorados, con sus mil ojos abiertos para evitar que algún delincuente camuflado de buen samaritano le robe despiadadamente la billetera de cuero alojada en el bolsillo trasero, o quizá que con velocidad espeluznante le desaparezcan el teléfono celular chillón oculto en la cartera. Muy pocos se molestan en centrar sus pupilas en las ventanas, menos aún en sus compañeros de viaje. El paso aminora, la desaceleración es inminente. Todos se aferran quizá un tanto posesivamente a su porción del tubo de acero que funciona de asidera popular, evitando así la caída de múltiples pasajeros. Resuenan unos muy repetidos “disculpe”, aumentando su número gracias a la brusquedad muy poco compasiva del maquinista.

Estación José Hernández. La expresión desdichada del tumulto que espera ansiosamente en la estación es reflejo del inesperado volumen de viajantes. Desde dentro, el pesimismo también es reinante. “No vamos a entrar todos”, tal oración encaja perfectamente en el contexto, retumba en las mentes ya irritadas de los trabajadores, y cuan inmensa es su sorpresa al descubrir que en realidad sí entran todos, nótese el asombroso aprovechamiento del espacio al entrar el colectivo fastidiado a eliminar cada centímetro cúbico libre del vagón. Los únicos que observan la situación con plácida curiosidad son aquellos con la inmensa ventaja de estar sentados en los asientitos minúsculos, y con sonrisas a media asta se comentan a sí mismos, en un silencio mordaz para que sus colegas de viaje no se ofendan, “menos mal que logré encontrar un asiento, que sino te la encargo”.

La estación está prácticamente vacía. Nuevamente, la lombriz no arranca, generando los pensamientos de impaciencia ya nacidos en la estación anterior. Algún que otro individuo retrasado desciende a los trompicones la escalera mecánica, revoleando el maletín como un balero, y se presiona contra la pared de personas en un desesperado intento de entrar en el tren. Unos lo logran, otros se resignan a esperar los tres minutos con cuarenta y cinco segundos que demoran a la siguiente formación. La alarma rechina. Inmediatamente, las puertas se cierran.

Estaciones Olleros, Ministro Carranza, Palermo. Misma historia. La incredulidad de los pasajeros se ve desestructurada incesantemente en cada nueva estación con el ingreso de más y más y más viajantes apretujándose unos contra otros cuando ya se creía que en este tren no entraba ni una aguja más. Recién al arribar el subte a la dichosa Estación Plaza Italia se descomprime un poco, el tren vomita a los afortunados que tienen la suerte de ir a tomarse un autobús, y, sólo algunos escasos, que utilizando una sola mano para contabilizarlos resultaría en un sobrante de dedos, a pasear indolentemente por los caminos del Jardín Botánico.

Estación Scalabrini Ortiz, Bulnes, Agüero, Pueyrredón. La rivalidad por los asientos que se desocupan se expresa en los codazos y empellones de los que están dispuestos a luchar por sus minutos de butaca, aquellos que les corresponden por estar más cansados que el resto de los pasajeros, por tener más edad, cargar más bolsas, más horas de trabajo que todos en este “maldito tren de egoístas”, piensan algunos, “y para el colmo después tengo que andar a las vueltas en la oficina, y seguro que la jefa me pide los papeles de ayer y no tengo ni idea de dónde los metí, pero qué calor que hace, Dios santo, qué egoísta esa piba de pocas primaveras y ya usurpándole el asiento a personas que tienen más que hacer que ella”.

En Estación Facultad de Medicina, abandonan la nave los estudiantes ataviados con batas blancas, torres de apuntes cuidadosamente equilibrados en los brazos y mochilas siniestras. El aire espeso que inunda el vagón tiene una consistencia menos líquida, y los viajantes restantes aprovechan para respirar profundo el aroma a gentío. Estación Callao, Tribunales (allí bajan los de traje, las de tacones más altos, los pelados panzones con lentes anexados a los ojos).

Estación 9 de Julio. “¡Al fin!¡Vamos, salgan, salgan!”; pero no es tan fácil, señores, sí que no lo es con toda esta colectividad de trabajadores que se abalanzan fuera del tren, salen expulsados de los vagones a causa de la ansiedad de los pasajeros y caen en la frialdad de los andenes agarrotados de gente, éstos que van para aquí, éstos que van para allá, contaminando todo como una plaga de hormigas insaciables. El gusano está casi vacío, los pocos que quedan en su húmedo interior se maravillan de lo hermoso que es nuevamente sentir aire abrazando sus cuerpos en lugar del suéter del vecino. Sin embargo, la alegría y la sensación de triunfo es inmediatamente sucedida por la pesadez del recuerdo que en una estación, una y nada más, deben abandonar la efímera comodidad para embarcarse en otro subterráneo o directamente dirigirse a la oficina, al local, al instituto, y “qué día me espera, mamita, qué día, y recién es miércoles, el fin de semana no llega más” –en fin, es el acabóse del optimismo.

La última descarga se realiza cuando en el megáfono se entreteje la voz femenina, un tanto mecánica, que anuncia “Estación Catedral. Estación Terminal. Rogamos a todos los pasajeros descender del tren”, y, obedientemente, todos los pasajeros salen de la inmensa serpiente. Ahora, los pasillos del interminable intestino que atraviesa los vagones está totalmente desierto, el único vestigio de su reciente ingesta es el aire pesado y quejoso y los papelitos que manchan el piso. El tren suspira apesadumbrado luego de su inmenso esfuerzo. “La pucha, qué indigestión”, piensa para sí mismo antes de retirarse a la bodega.

viernes, 26 de marzo de 2010

Cráter

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Cuando me habló no quise preguntarle el por qué de esa mirada vaga que tejía y destejía las realidades de las personas que obedientemente caminaban de un lado para otro en la calle histérica de la ciudad, saplicando nuestras vidas y percepciones como asteroides atravesando la atmósfera, imponentes, para luego disolverse y desaparecer. No, no fue mi intención preguntarle; pero lo hice de todas maneras: entre inseguras y confusas las palabras solas se hilvanaron en esa guirnalda infame que desembocó en sus oídos inquietos. Alzó una ceja.

No había vuelta atrás, por supuesto, y quizá a modo de disculpa y para permitirle algo de intimidad me centré en observar con forzada atención el ojo-cráter de una paloma cercana, a preguntarme de un modo insulso por la vida ajetreada de esa criatura cuando en verdad no me interesa en lo más mínimo; tenía tatuada esa ceja alzada, su arco cada vez más irreal, en algún profundo tejido del cerebro. Qué pregunta incómoda, qué zoncera, y en qué estará pensando él ahora con esos ojos navegantes sobre mis manos que desfiguran un papel que hace unos momentos reposaba inocentemente en la mesa anónima.

No saber es lo primero que dice, algo totalmente predecible, y estoy al tanto que él no me dejará sólo eso como respuesta: se tomará unos piadosos segundos y elaborará otro enunciado más completo y adaptado a mis exigencias sólo para complacer mi curiosidad sádica, lo hará sin oponer resistencia alguna y con el recelo resentido que sin duda merezco. Así se mueven las cuerdas de la existencia. Me hincho de sus palabras esperadas. Luego le permito al silencio hacer su trabajo conciliador e imperar sobre el ya, sobre él, sobre mí y los árboles que a través del cristal se rebelan ante la tenacidad del viento y los chirridos mudos del subterráneo.

Es entonces cuando comprendo, en su mirada tectónica, que no tengo escapatoria: las palomas no existen, los árboles son inconexos, el papel en mis manos se marchitó. Ni siquiera la mesa, el cristal, el café humeante me presentan una justificación a la cobardía; debo arrastrar mis pupilas a sus ojos, cráteres de paloma y magma, y soportal la testarudez de mi pregunta en esos labios plumosos.

El tiempo pasa, el silencio concilia y las nimiedades vuelven a gorgotear, siempre demasiado anhelantes, en nuestras gargantas. Odio esta rutina, este rito a la nada por la nada misma, el galope de la realidad tangible esparciéndose majestuosa por todos los recovecos. Ya no hay un nosotros, hay sólo dos conciencias separadas como siempre lo han estado por paredes esmeriladas. Mi mirada se desvía hacia la ventana nuevamente.

En ese momento, el vértice más distante, es cuando entr confusas e inseguras sus palabras lían una guirnalda que desemboca en mis oídos absortos, preguntándome el por qué de mi mirada vaga mientras tejo y destejo las realidades de las personas caminando por la calle histérica por un instante de nuestras vidas, estrellas fugaces. Cierro los ojos y suspiro. Nuevamente me ha salvado de mí misma.

martes, 2 de marzo de 2010

Inframundos

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Te amurallaste tras tus ojos de cosmos, Caronte. Entre tus pupilas y tus neuronas un agujero negro devora los significados, y de tu voz verdadera no quedan sino volutas, hilos de humo que mi respiración y sus débiles palabras desarman en partículas de una nada enardecida.

"Una nada enardecida", me repito a mí misma, saboreando cada concepto. ¡Y qué amargura me tiñe el paladar, Caronte, qué agria sensación! Pero de tus ojos no espero extraer nada, barquero. Simplemente subo a tu góndola, un velo sobre el rostro protejiéndome, y abandono mis caóticas costas para ingresar en tus lagos de silencio.

Remás con infinita paciencia, al tanto de las fichas que controlás en el tablero. Entre tanto, yo me empapo del abismo que nos rodea. Tu barca, Caronte, es acogedora, húmeda. Me recuerda a mis juegos de piratas en la infancia y al olor de las coníferas en verano. Vos seguís dirigiendo, y flotamos casi como por inercia hacia tu inmensidad. Es algo familiarmente extraño para mí permanecer en tus aguas, y de a momentos no sé por qué permito que sigas trasladándome... Confío demasiado, quizá, en mi capacidad de remover tus remos y regresarme a mis tierras originarias, a mis costas de espanto.

El camino de aguas traga la nave en su oscuridad indemne; pero aún así puedo ver tus ojos. Ello te incomoda, barquero, te despista y provoca a remar con más ahínco en esas direcciones desconocidas para mí. No les temo, he visitado cavernas más profundas y me he dejado caer en pozos más insalvables. El mismo frío de tus aguas me ha envuelto antes, Caronte, y me he vestido de soledades más inabarcables que la que tus remos pretenden arrojar sobre mí. El velo esconde mi rostro, y mis palabras aún crepitan anhelantes en mi garganta.

El lago avanza, y aún no me has conducido a tu verdadero Inframundo. Tu barca gris y melancólica se zarandea en tu ansiedad encubierta, y las aguas negras tiritan bajo nuestros cuerpos. Dirigiste hacia mí tus pupilas y no hallaste sino la impenetrabilidad del velo. Tu alma se enturbia y se sacude. Aún no temo el abismo de tu Hades, Caronte, y tus remos están perdiendo su confianza.

Repentinamente, te detenés en el centro de esta cueva. Hace un frío húmedo y todo huele a profundidad. El goteo de algún hielo lejano triza el silencio imponente. Y nosotros dos acá, en tu barca, sobre los crujientes maderos que se deshacen.

Mis manos se erizan; el velo me regresa a la tranquilidad. Te observo, Caraonte, mientras te sorprendés de las mismas vastedades de vacío y silencio que te rodean y a las cuales me trajiste. Todo lo veo y lo siento. Comenzás a comprenderlo, Caronte, y empezás a hundirte.

Sí, barquero, a hundirte. La madera de tu góndola se desmigaja en cenizas, dispersándose en el río de tinta. Pareciera que yo también naufrago; pero algún pedazo de la nave me mantiene a flote en esta caverna de fantasmas que te invade. Vos, en cambio, estás sumergido a medio cuerpo. Tus ojos de cosmos me atan a sostenerte con la mirada, a salvo de las aguas que amenazan con anclarte a sus descensos infinitos: tus aguas no tienen fondo, Caronte, al igual que las mías. Al igual que mis tristes aguas.

No querés hundirte, y yo no quiero que te hundas. A lo lejos el goteo; cerca está el murmullo de mi respiración agitada. Ya no existe ni el cadáver de tu barca, Caronte. Sólo mi nueva nave salvada del naufragio y la inmensidad de esta cueva. Y tras el velo lloro, barquero, tras el velo las palabras queman en mi garganta y los ojos se extinguen. No queda nada en este vacío de negros y grises. Sólo el frío, las piedras invisibles en alguna arista a infinitos kilómetros por encima de esta superficie. Todo es tan inerte y a la vez tan eléctrico, barquero, tan cargado de una vida agazapada entre los átomos y parapetada detrás de tu soledad y debajo de tus aguas. Si te dejo solo, Caronte, ¿querrías nadar hasta tus costas, las mismas costas de espanto que abandoné yo al entregarme a tu sórdida embarcación? ¿Podrías regresar a ellas, Caronte, tras haberte hundido en tus aguas?

Yo no, Caronte. No quiero retornar a las mías.

Tomo los remos mientras abandonás mis ojos y nadás hacia tu Inframundo sin provocar una sola ola. No sé si en verdad quieras irte, pero rebalsa de mí la certeza que no querés que te siga. Es tan triste tu caverna. Es tan silenciosa tu partida.

"Cuando vuelvas, Caronte... ¿Recordarás dónde encontrarme?", pienso mientras sumerjo el remo y quiebro tus aguas espantadizas.

viernes, 5 de febrero de 2010

Enaguas

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— Creo que estás loca, pero no estoy seguro.

Sus palabras resonaron por la mente diáfana de Brenda, retumbando por cada conexión neuronal hasta acabar en una sacudida del esternón. La lluvia envolvía el paisaje aledaño a ellos como un vapor denso, haciendo enaguas a la visión que borroneaban los contornos de los edificios cercanos. Con un gesto un tanto insípido para su gusto, Brenda acomodó unas hebras de cabello detrás de su hombro y rió. Nada sorpresivo en sus palabras, nada inesperado… O por lo menos no en la primer porción de su decir. La indecisión final fue lo que le provocó curiosidad.

¿Todavía no estás seguro? Creo haber hecho todo lo posible para dejarte en claro que estoy totalmente loca —murmuró, distrayéndose con la lluvia que golpeteaba las hojas del árbol más cercano. La respuesta que le llegó fue una risa tosca, y a lo lejos los ladridos de un perro. También le respondió con un bufido el auto que atravesó el río pluvial en el cual se habían transformado las calles, tapando los adoquines con hojas navegantes.

Nunca le molestó mojarse, y esa tarde no fue la excepción. Las nubes pesadas se caían a pedazos sobre ellos, sobre las tejas de las casas, sobre la tristeza de Brenda, entremezclándose con el sabor del aroma a tierra mojada en la superficie de su lengua cada vez que abría la boca para hablar. Y allí iban las gotas como lágrimas desangrando las paredes, tamborileando en las hojas, llorándole las mejillas.

—Es que —comenzó él nuevamente, pateando un fruto de granada de la vereda— a veces pareciera que estás constantemente en una dimensión diferente, y otras, que estás completamente centrada en el ya, en este momento —. La tensión superficial se rompió en ese mismo instante con la voz oscura a su lado, con la puerta cerrándose y escondiendo al hombre que verificaba el estado de la lluvia, con las manos de Brenda ocultándose en los bolsillos para no revelarle a ella misma el temblor. Y los latidos se tradujeron a la vibración de los charcos— No creo que sea algo malo, no te confundas. En realidad, tampoco estoy seguro de eso.

La tarde se deshacía, y él ahí diciéndole que sí, que no, que blanco, que negro, y los perros ladrando, las ancianas corriendo las cortinas para preocuparse por la lluvia que no les afecta en lo absoluto, los árboles cobijándolos, los adoquines ahogados, las paredes que los repelen con su sangre de lluvia. Y, más importantemente, la melancolía de Brenda que se extiende por el mundo, que es la lluvia y los adoquines, los perros y los autos, las viejas y las paredes. Entonces es su propia tristeza besándole los brazos en forma de gotas, recibiendo las suelas de sus zapatillas cuando desarma un charco y despeinando su trenza con una de sus brisas húmedas. Ahora no es sólo su tristeza sino también su soledad, como la lluvia, haciendo enaguas entre ella y él que le impiden verlo en ese metro y medio eterno que los separa. En eterno retroceso. Las lágrimas fluyen por el interior de su garganta, llueve también por dentro.

Ese es el momento; pero él no permite el discurrir sano del silencio.

—Sos impredecible.

La tensión superficial vuelve a tejerse a sí misma, transformando las enaguas en paredes entre ellos y ahorcando el silencio hasta dividirlos en dos seres distintos, dos células apartadas. La tristeza y la soledad ya no abarcan el mundo entero, sino que se pliegan hasta ocupar el hueco entre sus costillas, apretándole el diafragma, como una bola azul. Es Brenda, es sólo Brenda, como siempre lo ha sido. Y ya nada importa.

—¿Brenda? —interrumpe otra vez, inquieto por su nueva distancia. Debe haberla notado.

— Puede ser. Soy bastante impredecible.

No, Brenda no es impredecible. Brenda es la lluvia. Brenda es los árboles. Es los ladridos de los perros y los charcos invadidos, las mujeres en sus sillones y los hombres fumando adentro, los autos extraviados, el mar de hojas discurriendo hacia cementerios inciertos, las nubes despedazándose y las baldosas tragando las pisadas, que también son Brenda. Y todo eso es su tristeza, su sopor solitario, todo es aquel retorno inacabable a sí misma y a la bola azul en su diafragma. Las paredes se solidifican más y más, la distancia es irrecuperable, y sus ojos están fijos en los vidrios permitiendo el resbalar de las gotas adormecidas.

Brenda intenta volver al estado anterior, al momento de lucidez; pero las paredes ladran, los perros se asoman a verificar la lluvia, las cortinas le responden con un bufido mientras atraviesan los árboles, las viejas se desangran de agua, los autos se ahogan. Las tiemblas le manan, los sacudones le esternón, la tierra tiene gusto a lengua. La lluvia es más copiosa adentro, en su garganta.

— ¿Te perdí de nuevo? —dice él riendo, su voz de ojos lejanos, sus labios de cenizas de compañía. —Volvé al mundo, Brenda.

No necesita volver. Brenda es el mundo. Brenda es la lluvia.

viernes, 29 de enero de 2010

Naufragio

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Justo en el peor momento tenía que caérsele el tenedor de la mesa. Los ojos de José la atravesaron furtivamente, y Alicia pudo entender la ardorosa irritación que su torpeza siempre desataba en él; ella siempre tan insulsa, tan insoportablemente inútil, y como para empeorar las cosas una ráfaga de sangre acalorada le tiñó de rubor las mejillas. Con un poco de resentimiento lanzó una mirada rápida a su muñeca izquierda, la verdadera culpable de toda esta situación, y ahí estaba, inocentemente acorralada entre pulseras, mirándola con su estúpida cara de “yo no fui”. Alicia suspiró, y sin perder mucho más tiempo se inclinó a recoger el desairado tenedor de la alfombra.

Los dedos se estiraron, pobres, hasta su máxima capacidad; pero no lograron siquiera rozar el metal del cubierto. ¿Tan lejos estaba? Velozmente, Alicia divisó las miradas intrigadas de los demás clientes del lujoso restaurante, y sus pupilas, por un breve fragmento de eternidad, descansaron en los iris-témpanos de José, frente a ella. Pidió ella disculpas con los ojos, que fueron respondidas por un nervioso gesto que la instaba a apresurarse; pero el tenedor se negaba a ser apresado por sus dedos, terco y distante.

Alicia se giró por completo en dirección al objeto caído que tenazmente se resistía a volver a su poder, y al enfrentarse con el burlón brillo plateado de su metal descubrió que estaba suspendido, flotando, en la superficie acuosa de la alfombra, como un luminoso kayak estático en el centro de un lago amenazador. Las cejas de Alicia, extrañadas, buscaron reunirse, apretándose una contra otra por encima del puente de su pálida nariz. Posesa por un instinto defensivo, su mano izquierda se regresó ávidamente contra sus costillas, como un acordeón cerrándose. El tenedor se agitaba levemente en la superficie ondulante del suelo. Buscando reafirmar su poder de interpretación de lo observado, dirigió su mirada hacia José, quien con los ojos le dijo: “estas cosas sólo te pasan a vos”. Al leer esto, huyó de Alicia una risa asfixiada, y nuevamente se arrimó al suelo a levantar el cubierto que nadaba en el éter.

No se sorprendió demasiado cuando perdió el equilibrio y se resbaló de la silla, cayendo inevitablemente sobre el tenedor. La alfombra ofreció poca resistencia, cediendo viscosa al cuerpo de Alicia quien, al cabo de unos segundos, se hundió en el suelo. Lo último que pudo ver fue el horrorizado rostro de José enmarcado por el candelabro dorado, el desagradable candelabro dorado, que colgaba sobre su rígida cabeza. Luego tuvo que hacer descender sus párpados para evitar que la pelusa líquida le entrara en los ojos.

Alicia sentía como su cuerpo se iba hundiendo en… En aquello que no sabía exactamente bien qué era en realidad. Sin duda parecía un conjunto sedoso de algodón húmedo que no mojaba, por lo que se atrevió temerariamente a respirar. Efectivamente, se colaba el aire por esa sustancia que componía el piso en el cual ella caía interminablemente. Una de sus manos, como una autómata, removió el estorbo frente a sus ojos, y sus párpados se elevaron como dos ansiosos telones. Se sintió una minúscula molécula de polvo al notar como frente a ella el pelaje algodonoso de la alfombra temblaba dulcemente, aglomerándose y separándose como nubes consistentes que luchaban unas contra otras. El tenedor pinchó la base de su espalda, exhortándola a revolverse y girar en torno a sí misma. En una maniobra que no pudo comprender del todo, su columna vertebral la retorció hasta dejarla cara a cara con el cubierto. Pobre criatura, tan perdido como ella en esa masa amorfa de alfombra. Alicia agitó los brazos en un inútil intento de nadar hacia arriba, o, mejor dicho, hacia su costado, ya que ahora que se giró el arriba le quedó a su derecha. No hubo caso. Su cuerpo era demasiado pesado como para intentar elevarlo en esa sustancia ignota. Lo más probable es que siguiera cayendo, infinitamente, y pensó que el asunto debería asustarla, y se dejó caer esperando que llegara la angustia, que no llegó, sino que en su lugar la invadió una extraña y austera sensación de leve impaciencia acompañada de resignación. Recordó la sensación de hallarse en la sala de espera aguardando el veredicto de unos análisis cuyos resultados ya intuía de antemano.

El algodón le hacía picar un poco la piel; pero, fuera de ello, hundirse en la mullida masa era una experiencia francamente agradable. Al pasar más tiempo, el tenedor retomó el oficio de estorbarla picándole la espalda. Con un irritado movimiento, sus dedos se enredaron al frío metal del cubierto, y, repentinamente, todo cambió.

Su caída se desaceleró abruptamente, el algodón comenzó a ofrecer resistencia. Las nubes de pelusa dejaron de temblar, y la sustancia comenzó un apurado proceso de solidificación. Alicia tenía menos de un minuto para extirparse a sí misma de la alfombra.

Gobernados por el deseo de perdurar un poco más en el mundo, sus brazos se lanzaron a nadar cuesta arriba (más bien al costado derecho), desplazando los cúmulos de suelo a un lado frenéticamente. Acompasadas por el horror desesperado, sus piernas se zarandearon y comenzaron a escalar. Mientras tanto, contra su cuerpo se apretaba la alfombra quitándole el aire, cada vez más sólida y pesada. Al principio, el ascenso se presentaba virtualmente imposible; pero a medida que sus alrededores se hacían más consistentes, Alicia pudo alzarse más y más hacia la superficie.

En el momento de mayor desesperación, su torpe mano izquierda, aquella que había provocado esta batahola de infortunio, rompió la tensión superficial del algodón. ¡No falta nada, Alicia, no falta nada! ¡Tan solo unos pocos esfuerzos más! Y se repetía las palabras a sí misma, emperrada en abandonar la asfixia del suelo. Temía no llegar, la solidificación a su alrededor avanzaba a pasos agigantados. Su cabeza permanecía debajo del suelo, todo su cuerpo sumergido en la alfombra asesina. Los pies patalearon más duramente, ascendiendo hasta que, tras una brusca patada, su cabeza surgió fuera de la alfombra.

Qué candelabro tan feo enmarcaba la exaltada expresión de José, quien se arrimaba a ella ofreciéndole sus confusas manos. No obstante, Alicia halló primero las manos de un mozo, quien la tironeó poderosamente a la superficie, removiéndola del piso. Con un último esfuerzo, logró alzar su pie izquierdo, el cual se posó en el suelo firme mientras el resto de su persona se abrazaba a la discreta corpulencia del servicial muchacho.

Hundida la cabeza en el cuello del desconocido, Alicia se aseguró de estar del todo a salvo antes de abrir sus ojos y encontrarse con las aliviadas expresiones de los comensales. Un tanto temblorosa logró despegarse del gentil mozo, quien le sonrió una tímida disculpa por el incidente ocurrido. Quizá esto ya había sucedido antes. Sus pensamientos se vieron ofuscados por la mirada de José, que la esperaba receloso con sus ojos tristes, exhaustos, ondulándose como el suelo había hecho antes de tragarla. Le rogaba que se hundiera en él, como siempre. Por este tipo de actitudes, pensó Alicia, las cosas estaban como estaban. Tras un suspiro recomponedor, se sentó ella en la silla y naufragó sus pupilas en el medio acuoso de los melancólicos ojos de José, quien al cabo de unos segundos acabó siendo más suave y agradable, más mullido y asfixiante que el algodón de la alfombra que aún escondía en su extraviado estómago el pobre tenedor de Alicia.

miércoles, 13 de enero de 2010

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R.C.E.
13/10/1926 - 12/01/2010.

"Ya nunca me verás como me vieras, recostao en la vidriera esperándote..."

domingo, 10 de enero de 2010

La Angustia

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La luna queda atrás. Mal augurio. Se paraliza el viento.

Conozco bien la calma que precede al estallido. Descubro en el aire un olor a desastres. Intuyo la tirantez quequiere apoderarse de mí. Sé que estoy a punto de atravesar el umbral.

Delante mío se abre el reino del aura. Plano infinito, metálico, sólido, eléctrico, cruelmente luminoso, sin rastro de sombra que proteja de la luz. Ni una curva, ni una esquina para hacer un alto.

Un vapor malsano asciende de mis miembros y penetra en mi mente. Esta llanura luminosa y sin sombras es anuncio de dolor, y en ella crece el pasto de la demencia.

Quiero dar vuelta atrás y no puedo. Mi galope se hace espantadizo, desacompasado. Mis flancos se enjabonan con la espuma de mi angustia. En mi cabeza se despeja una horrible lucidez. Es el aura, la conozco, la he recorrido ya. No aguanto mis propios pensamientos, que atraviesan mi mente como dardos, concisos y punzantes. Todo recuerdo es nítido, toda idea es insoportablemente exacta. Sé lo que se avecina, y tiemblo.

Quiero protegerme, no resisto los excesos de mi propia inteligencia. Debo apagar esta claridad lacerante, deshacerme de ella, como la mano que suelta el bloque de hielo que la está quemando.

Deseo esconderme de la luz, pero ella sale de mi propia memoria. Esta luz terrible que elimina toda sombra proviene de mí. Huyo de mí mismo, mi galope se vuelve frenético, corro enloquecido, poseso, piso caras y brazos y piernas, aplasto lo que cae bajo mis cascos. Empantano el mundo con babaza espesa, inundo el espacio con mi sudor, derribo montañas y pueblos, masacro a mi paso multitidues.

Pero no hay guarida, no hay escape. Presiento la descarg y me detengo en seco, fruncido, impotente. Permanezco inmóvil y espero. Mi nuca adivina el filo del hacha, un miedo viscoso late en mis membranas. Mis músculos tensos van a reventar, se estira hasta el delirio cada una de mis cuerdas.

Y entonces cae, terminante, el rayo.

Su descarga me fulmina. Su odio me para sobre las patas traseras, templado como un arco, crucificado contra el cielo. Soy un incendio viviente, vomito lava y escupo estrellas en mi desintegración.

Cuando el rayo se apaga, me deja caer. Títere roto de huesos molidos, carbonizado el cerebro. Incinerado por dentro. De mí no quedan sino cenizas de arcángel, que el viento dispersa.

***

"Dulce Compañía", Laura Restrepo.
 
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