Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Mañanas Urbanas

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La mañana y sus suspiros tienen ese llamado a la contemplación fascinante que me absorbe y me abstrae quirúrgicamente de la realidad, como si fuera un coágulo de ideas y pensamientos que debe extirparse de lo cotidiano; tiene esa belleza intrínsecamente tierna perteneciente a cada principio, a cada nacimiento. Pareciera que la ciudad, tumulto de sueños y esperanzas que ha cada día se renueva y muere, estuviera reanimándose tras un largo letargo de luces anaranjadas y llovizna metálica, amaneciendo en un cielo claro y gris tapado de una cortina de nubes sólidas. Y por sus calles, venas pavimentadas que recolectan y guían a los adormecidos conductores, se desplazan los transeúntes, jalados de un hilo de realidad que aún no alcanzan a comprender del todo. Es llamativo observarlos tomar consistencia al salir de la irrealidad soñada de sus hogares repletos de aroma a café recién preparado, de sábanas desordenadas y cortinas corridas; pareciera que fueran fantasmas gaseosos ingresando al mundo de lo concreto, y van adquiriendo solidez ellos mismos a medida que sus pies se adecúan al suelo y sus manos a los bolsillos, las monedas, los anteojos, las llaves del auto.

Las hojas secas están tendidas frescamente al borde de la vereda, un hombre matea meditabundo sentado en la escalinata del negocio donde trabaja reparando motos y bicicletas, un anciano enclenque se las arregla bastante decentemene frente a los embates de las traicioneras y derruidas baldosas. El colegio yace silencioso en la misma esquina de siempre, quizá un poco nostálgico de la presencia de los alumnos que ya no lo visitan a causa de las tan ansiadas vacaciones, guardados cada uno en su cama. Al atravesar las vías del tren, noto que esperando frente a la barrera prohibidora refunfuñan los motores de los impacientes autos cargando a sus soñolientos conductores, quienes bostezan y se rascan la nariz con los ojos a media asta fijos en los deslumbrantes colores de la mañana. Falta una eternidad para que el tren arrastre tras de sí a los poblados vagones, suficiente tiempo para sumir en la tranquilidad de la inevitable espera a las personas tras los volantes y a sus adormilados sentidos.

Mis piernas me empujan por voluntad propia hacia delante, más allá de la esquina donde los trabajadores de una empresa de mudanzas descargan un sillón molesto y pesado y lo trasladan con concentración y empeño hacia el interior de una casa, en cuyo umbral los ojos y brazos de una dueña preocupada se estresan y angustian por el incierto destino de su mueble. Allí está la parrilla El Pobre Luis, y el diarero mirando sin demasiado interés los autos que atraviesan los capilares de la ciudad. Casi me atropellan, tengo los sentidos apagados. Me río, y mi risa da risa a un bebé en un cochecito que pasa con su prolija madre hablando por celular.

Un hormiguero de coches se amontonan en la siguiente esquina; pero lo llamativo es que nadie toca bocina. Es que la mañana quizá induce a ese respeto al silencio, a esa inercia de la tranquilidad de la cama cálida que se resiste a abandonarnos a la agresiva sonoridad de la ciudad. Parece que la policía ha cortado la siguiente calle. Al girar a la derecha casi me fusiono con una señora de tapado amarillo que se exilia de la peluquería con sonrisa altanera y uñas brillantes, atentamente observada por un hombre lejano. La preocupación y expectativa que inunda la
expresión de una mujer a la espera en un costado de la vereda me llena de curiosidad, y me pregunto qué la mantiene allí, estática. Nuevamente cruzo. Está por lloviznar otra vez.

La distracción me hace caminar media cuadra más de lo debido, y tengo que regresar sobre mis pasos hasta alcanzar la puerta del Instituto de Otorrinolaringología. Qué nombre tan ridículamente largo y difícil para algo tan corriente como la audición y la respiración. ¿Por qué complicarla tanto? Pero a la secretaria de reluciente cabello platinado y rosados labios no le interesan demasiado mis cavilaciones, y con voz gentil y mecánica me solicita la orden médica. ¿Qué orden médica? ¿Acaso no se la entregué cuando vine a pedir el turno por la audiometría? Mientras con suma irritación e impaciencia la joven me penetra con la mirada, recuerdo el papelito reguardado entre las páginas de mi libro de Julio Cortázar, el libro descansando en la silla cubierto por una pila de ropa, la silla encerrada en mi habitación calurosa, mi pieza estancada en el silencioso departamento, el departamento aislado a diez cuadras del Instituto. Suspiro. Tras un efímero y ronco "ya vengo", dejo que mis pies me lleven nuevamente hacia la vida incipiente de las calles urbanas. Cómo me voy a olvidar la orden, me pregunto. Una mujer lucha contra la correa de su perro para que este último no la arrastre a voluntad. Bueno, pienso, tampoco es para tanto.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Lobos

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Lo que me asustó no fueron los lobos, sino más bien sus miradas estáticas y encarecidas. ¿A qué temen los lobos?

Me dejé estar un poco, sumida en esa rigidez eléctrica del miedo. Como siempre, bombardeada de adrenalina, mis pensamientos fluyeron a una velocidad crítica, oscuros y metódicos, fríos. Así son siempre: adaptativos, fuertes, desconectados de la realidad ajena a mi fuero interno. Pareciera a veces que la única porción de mi existencia que roza la tierra tangible son mis pies. Pero los lobos, cómo me miraban, sus ojos intoxicados de alguna violenta tristeza. ¿Por qué, por qué?

Permanecí, como acostumbro a hacer: pupilas dilatadas, amplias y expectantes, fijas en aquellas miradas. Son lobos; pero están tan solos, tan tristes. Varios huyeron en un galope suave, muy pocos quedaron con su solitaria melanconlía y su postura amenazadora, colas erguidas y pelaje erizado, colmillos a la merced del gélido aire.

¿A qué temen los lobos?

Quizá fue la repentina confianza lo que me llevó a relajar mi columna vertebral, que se arqueó blandamente. Los lobos lloraron, agresivos. Algunos otros se retiraron, parapetándose tras mis párpados enceguedores, y mi cuello cedió. Me fui desmigajando mansamente, mi nariz inundándose cada vez más del húmedo olor de la tierra bajo mis patas. No oí nada más durante unos momentos, salvo los sollozos.

¿Por qué se van?

Mis párpados, antes pesados, adquirieron una vitalidad alarmante. Gobernada por algún vano sentimiento de importancia acabé alzando mi cabeza incauta, y los vi, allí los vi aovillados. ¿A qué, a qué? Y al ver mis peludas garras y sentir el embate del viento contra mis colmillos agudos, mis vértebras cedieron por segunda vez.

Al acurrucarme, mi hocico se hundió contra mi estómago y olí el perfume del miedo y la soledad contaminando mi pelaje.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El Humo

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Escribí este cuento hace poco menos de cuatro años, y es uno de las primeras narraciones que conservo. Si encuentro Luces Negras, escrito en el año 2004, lo voy a subir también... Si lo encuentro. El Humo quizá expresa la dicotomía interna en la que me encontraba a mis 16 años, siendo la protagonista y María la misma persona: yo. En esa sangrienta lucha por y contra mí misma, ¿quién gana? ¿El orgulloso y perfecto ideal de María, o aquella protagonista sin nombre (sin duda un ser mutado, nuevo, recién rompiendo el cascarón)? Pese al final del cuento, hasta el día de hoy me encuentro asesinando y reviviendo aquellos ideales de mí que surgen de las cavilaciones silenciosas que me embargan cuando me las permito.

El Humo es, después de todo, un relato que mantiene su actualidad, y que a cada leída se torna más autóctono en mi vida, más comprensible y a su vez enredado, con esas características eternamente inherentes a quien siempre he sido. He decidido no corregir los errores ni mejorar algunas expresiones que no me dejan del todo satisfecha; son marcas de mis dedos cuatro años más jóvenes, manos a las que le faltan aún cuatro años de una vida ferviente, intensa y ambivalente que condicionan, hoy, el estilo que me inunda cuando nuevamente dejo correr mis yemas por el teclado.


*


María soltó el humo gris del cigarro lentamente, observando el cielo raso de la casa como si estuviera contemplando el de la Capilla Sixtina, mientras entre sus dedos se balanceaba el rubio casi completamente consumido. Yo la observé, silenciosa, con miedo de que una ligera interrupción banal echara a perder la imagen casi perfecta que María con su cigarro y el humo comprendían. El humo que exhaló, terso y algodonado, se elevó por el aire como un pájaro enredado, como un fantasma de agonía, y se deshizo al rozar el techo, perdiéndose en la nada. Que belleza, pensé. Yo jamás podría lograr semejante armonía.

María ladró una tos estertorosa que retumbó por toda la habitación, arruinando el momento. Me arrimé a ella y le di unos suaves golpecitos en su espalda torcida, compadeciéndome de su imprudencia, antes de que ella apartara mi mano con un áspero cachetazo. No le gustaba cuando la gente sentía pena por ella ni cuando la ayudaban. Era una persona terriblemente firme e independiente, casi autoritaria. Siempre me agradó mucho su compañía, aunque también me sentí rechazada por ella. Nunca me importó mucho. Era como estar acompañada por alguien que había trascendido los límites de la humanidad y se había vuelto algo más, algo prácticamente indescriptible. Era María, simplemente María. Nada más había de importar.

Esa tarde me fui de su casa rodeada por una olorosa nube de humo, caminando con las manos en los bolsillos del buzo y arrastrando lentamente los pies. Tenía frío, recuerdo, y extrañaba el hedor que caracterizaba a María, ese olor a tabaco podrido que ya me había acostumbrado a oler todos los días de mi vida. Estaba decepcionada. Jamás había podido acercarme mucho a ella. Protegía sus sentimientos con un recelo de perro vapuleado, y nunca permitía a nadie saber mucho sobre su oscuro corazón. A nadie. Yo era nadie.

Al día siguiente volví a su casa, y la encontré en el mismo estado que la tarde anterior y que todas las tardes de mi vida que fui con ella. Yo tenía una copia de la llave del living que ella me había sacado, así no tenía que abrirme la puerta cada vez que llegaba. No le gustaba que interrumpiera sus extensos momentos de meditación. Yo siempre me sentaba silenciosamente a su lado mientras ella fumaba, y esperaba hasta que me dirigiera la palabra, cosa que algunas tardes no sucedía. En esos casos me quedaba desparramada escueta sobre el viejo sillón de tela azul hasta que me daba la gana irme. Era extraño. A veces fumaba junto a ella, intentando imitar su nata perfección, pero ella siempre era mejor. Siempre lo sería. Eso me ponía los pelos de punta.

Cuando entré esa tarde, el cuarto estaba tan atiborrado de sedoso humo como siempre. Me recosté sobre el sillón azul como un perro sarnoso que acompaña a su amo en las largas horas de soledad. María, a mi lado, no se turbó en lo más mínimo por mi llegada. Siguió mirando al cielo raso, de vez en cuando llevándose el cigarrillo a sus sucios labios, sacudiendo las cenizas suavemente sobre el parquet podrido. La observé. Era perfecta. Encendí un rubio con desgano, e intenté en vano superar esa grotesca armonía que lograba María. Yo nunca podría ser perfecta. Ella siempre sería mejor. En ese momento, comprendí el dilema.

Tranquilamente, me levanté y fui hasta la cocina de la casa de María. Pensé en la reciente conclusión que había sacado, y sonreí. Al fin logré darme cuenta, en tan solo unos segundos, la razón y la respuesta a todas las interminables tardes que había pasado junto a María, admirándola, adorándola, siempre intentando entender lo que recién había concluido. Abrí el cajón de los cubiertos y tomé uno de ellos, invadida por una ráfaga de satisfacción. Siempre había querido ser perfecta, y para hacerlo creí que debía ser como María y su imperturbable presencia. Ahora no. Ahora no necesitaba ser como ella.

Regresé al living, escuchando la áspera tos de María inundando las habitaciones como el murmullo del agua corriendo. Me senté a su lado. Ella, por un instante, giró su cabeza y me miró con ojos turbios. Aproveché ese momento, y en un simple movimiento ágil y fluido hundí el cuchillo en el medio de su estómago. María escupió los saldos de humo de sus pulmones y vi confusión en sus ojos desorbitados. Soltó el cigarrillo que, luego de tambalearse entre su dedo índice y pulgar, calló como una rosa fresca al parquet roído y se apagó. Sonreí humildemente. María se dejó deslizar sobre su espalda por el respaldo del sillón negro de cuero en el que siempre se sentaba y aterrizó suavemente sobre el piso, sosteniéndose el vientre entre sus manos ensangrentadas. Respiró estertorosa y entrecortada mientras yo me arrojaba sobre el sillón azul y encendía otro cigarro. Exhalé el humo algodonoso, que se escapó entre mis dientes como una serpiente etérea y se elevó a los aires majestuosamente. Ya no se oía la ronca respiración de María. Sonriendo, inhalé del rubio sintiendo un placer que jamás había sentido. Ya no había nadie más perfecto que yo.
 
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