Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

martes, 27 de octubre de 2009

Harto Silencio

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Intenté derribas las paredes, pero me resigné y me senté a esperar. Ya estoy cansada. Creo que es el hartazgo lo que más me hunde. Pasan las horas, pasan los silencios llenos de gritos, los ojos vacíos que no me dicen nada, las expresiones vívidas y distantes en los que me rodean. Y pasan también mis manos por superficies frías, y mi mirada ciega sobre nubes de colores monocromáticos. Pasa el tiempo.

Tengo las lágrimas apiñadas en el cuello, estancadas en un lugar que atraviesa la clavícula. Allí se amalgaman, y me llenan de cosquilleos el esternón. Y el tumor de lágrimas crece y crece, no puedo tragarlo.

Quisiera entenderlo, pero supera mis neuronas mudas. Se me reseca la lengua de tanta soledad acompañada, y se me parten los labios de murmurar palabras bellas. Las manos ajenas, como cremas, fisuraron mi piel alienada, que vocifera que la suelten. Pero creo que es el hartazgo lo que más me hunde. Es la desaparición del sentido, y la extensión del tiempo.

Es que se extiende como una alfombra prolija y acre, rociada de venenos afrodisíacos. Me llama, me traga, me mastica, me escupe. Cuando emerjo de su costa de espanto siento que he renacido y me queda todo el pecho por vivir; pero luego regreso a sus tapices, a su césped, y me dejo cautivar por el aroma de sus promesas. Me llama, me traga, me mastica, me escupe. Paso en y por el tiempo.

Hasta que llegan esas manos. Esas. Esas canciones, esos silencios. Se deslizan a mi alrededor un momento, me hablan y me besan, me sostienen muy cerca. Y yo bailo como hipnotizada en círculos concéntricos, me dejo alzar muy alto levantando las manos hasta llegar al azul de la lejanía. Vértigo, demasiado vértigo. Me suelto y bajo, escandalizada. Las canciones se hacen ecos mientras las alejo, y los silencios se visten de sombras; se van alejando lentamente, graduales y temerosas, hasta que se encierran en una pantalla gris de nuevo.

Creo que es el hartazgo lo que más me hunde, pienso mientras regreso. Creo que son las mismas historias, el mismo mar apresado en mi garganta. Siento náuseas al pensar toda la sal que me invade y lo poco que he podido hacer en todo este tiempo. Me desesperan las agujas que corren eficientemente en los relojes, girando y girando, en una burla eterna. Me irritan los números cambiantes en mi teléfono celular, y cómo cada uno arrastra nuevas palabras iguales a las anteriores, renovadas imágenes acústicas, reminiscencias jóvenes de un autor viejo.

Hasta que llegan esas palabras. Esas. Tan sólo por unos momentos me llenan los ojos, y el océano en mi garganta se atormenta con turbulencias. Me dejo sacudir por los témpanos de viento, vuelo con ellos de un lugar a otro. Vértigo, demasiado vértigo. Me ato al suelo, escandalizada. Las palabras se entrelazan y se confunden unas con otras mientras me alejo, hasta que se encierran en una pantalla gris de nuevo.

Quiero llorar, quiero llorar tanto. Pero el dique de mares, las paredes que queman, son indestructibles. Estoy cansada de ellas, quiero romperlas y no puedo. Dejo de intentar al poco rato, y me siento a resignarme. Pasan las horas. Creo que es el hartazgo lo que más me hunde.


domingo, 11 de octubre de 2009

Infinito

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Y: La magia siempre está. ¿Sabés qué me pasó ayer? Estaba triste, como te conté, saliendo de cursar. No quise ir a casa. Mi facultad está al lado del río, y tiene un parque verde hermoso, donde me acosté debajo de un árbol escuchando Deftones. El cielo estaba de un gris blanquecino metálico, y el pasto, de un verde eléctrico totalmente vigoroso, con algunas briznas más altas que otras.
V: Estaba genial.
Y: Y se mecía en un viento lento... Fue tan hermoso. Creo que a veces eso es lo que me reconcilia con la vida: la belleza que existe, cómo está en todos lados. Los colores, los ruidos, las formas y sus sustancias. Todo, todo es tan bello.
V: ¿Puedo hacer una cita?
Y: Cite tranquilamente.
V: It was one of those days when it's a minute away from snowing and there's this electricity in the air, you can almost hear it. And this bag was, like, dancing with me. Like a little kid begging me to play with it. For fifteen minutes. And that's the day I knew there was this entire life behind things, and... this incredibly benevolent force, that wanted me to know there was no reason to be afraid, ever. Video's a poor excuse, I know. But it helps me remember... and I need to remember... Sometimes there's so much beauty in the world I feel like I can't take it, like my heart's going to cave in.
Y: Belleza Americana...
V: Sep… Uno de los monólogos que más me llegó. Es que entendí el momento y el concepto. Bah, creo que más bien sería… la sensación.
Y: Te juro que fue exactamente así. Es una sensación incomparable: sentís todo fluye, que estás ahí y que esa belleza te traga, que repentinamente sos parte de ella. Como una espectadora, pero que la vive… Como amar a alguien, ¿viste? Que sos un espectador, pero a la vez es parte tuya porque lo sentís.
V: Sí. Es como entender que el amor sostiene el mundo… como entender que todo está compuesto por eso, como entender la esencia común a todas las cosas. Pero nunca le hablo así a la gente, porque estoy seguro que dirían "Que hippie fumado", y me terminaría rompiendo las pelotas.
Y: Jaja, entonces yo soy una hippie fumada…

lunes, 5 de octubre de 2009

Premoniciones

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Despertó, angustiado y con el corazón agitado. Sostuvo su cabeza para poder retener sus pensamientos y analizarlos. Tan horrible sueño. Tan horrible… Con una mano entorpecida revolvió a su lado, empujando de aquella superficie objetos insignificantes que se interponían entre los trémulos dedos y su objetivo. ¿Dónde estaba? ¿Se lo habrían confiscado? La sola idea disparó un temblor violento en su espalda, como un pez sacudido por su espina dorsal. Y finalmente la yema de su dedo índice palpó la áspera tapa del cuaderno. Inmediatamente su mano se aferró al cartón y lo atrajo hacia su cuerpo, acunándolo. Una de las millones de lapiceras fue poseída por sus febriles dedos; en un desesperado instante, comenzó a vomitar tinta manipulada por su mano.

Las cintas azules, trazos temblorosos y agresivos, inundaron la página en pocos segundos. Primero, la hora. Luego, la fecha. Después el lugar. Tenía que hacer un seguimiento. Finalmente, las vívidas imágenes que aún se ahogaban en su mente, como náufragas que hacían sus últimos vanos intentos de mantenerse en la superficie.

Habitación melancoazul. Tres angelguerreros que sangran en las esquinas, sus manos sobre sus lívidos rostros desangrantes. Es de noche, demasiado tarde, la hora muerta donde nada existe por sí sólo, sino que está conectado con el Todo a través de esos invisibles hilos que están atrayendo a los monstruos hacia mí. Los puedo percibir ciegos fuera de la habitación, tanteando las paredes en búsqueda de una mínima falla en la construcción para entrar y… Y esa es la peor parte. Sabe que lo buscan para lastimarlo, para comerme, para fagocitarme y tragar mis cualidades. Pero no sé cómo van a hacerlo. Repentinamente, me percato que no tengo armas y desespero. Los angelguerreros gimen. La desesperación me embarga mientras corro en círculos abrazándome con mis propias manos, intentando presionarme para desaparecer. Los monstruos saben que estoy aquí dentro, y ya están aprendiendo a encontrar la puerta. Puede percibir sus manos de largos dedos apretando las hendiduras en búsqueda de… Los angelguerreros se tornan invisibles, impasibles, y abren sus ojos, expectantes, al tanto de las próximas escenas sangrientas, morbosas, donde los monstruos ingresan y me manosean, me descarnan, me arrancan de a pedazos. Pero todo está tan oscuro, la total carencia de ventanas en la desnudez de las paredes le impide ver claramente. Confuso, la lapicera aún danzando convulsivamente sobre el papel, intenta divisar alguno de los angelguerreros que permanecen invisibles, sin mostrarse a sí mismos, sólo para atormentarme. Estoy totalmente solo, he perdido la puerta yo también, por lo que no sé por dónde entrarán una vez encuentren la manera de ingresar. Atacado por una premonición repentina, me doy vuelta y enfrento una de las paredes con total certeza de que ellos están allí, del otro lado de la división, anhelantes y hambrientos. Pero ¿dónde está la puerta? ¿Dónde está la entrada? Quiere investigar; pero es conciente de que no puede dejar de escribir, podrían difuminarse las imágenes de su cabeza, podrían mezclarse con otras ficticias. Del otro lado hay voces. Sí, las oye. Se presiona contra una pared acolchonada, y nuevamente es sacudido por una convulsión en su columna vertebral. Tiene que tener cuidado de no permitir que el descontrol de sus extremidades lo lleve a presionar la punta del instrumento demasiado fuertemente contra el papel, y que de esa manera rasgue los retazos de sueños anteriores que en él están plasmados. Sus sueños, que le avisan por dónde vendrán a buscarlo, y finalmente están llegando a su conclusión, están desembocando en la pared. Me cosquillean las palmas de las manos, y mis rodillas se debilitan. Están hallándola, estoy seguro, la puerta está en esa pared donde ahora los monstruos se arrastran, vestidos de blanco, con sus punzantes dedos rellenos de veneno. Ya saben que estoy aquí, lo saben con certeza, y por eso han traído sus venenos embotellados en los dedos metálicos. Siento que de mi garganta se escapa un grito vociferado, y con más ahínco se vierte a escribir. Cuando alguien encuentre la evidencia, piensa, sabrá cómo sucedió. Pero ¿cómo la encontrarán en esta habitación suave, oscura, en este claustro de almohadas sin ventanas ni puertas ni entradas ni salidas? Las lágrimas de pavor le parten la visión en nubes. Sin motivo aparente, como si fuera parte de un juego sádico, lo encandila la luz de la habitación blanca. Ya encontraron la entrada, y me han divisado. Los angelguerreros aúllan mudos, revolotean en los rincones, ávidos de derrota. Los monstruos empujan la puerta. No sé qué hacer. No tengo armas. Y allí los veo entrando, sus rostros inmaculados, sus cuerpos níveos, y en sus manos las jeringas. Lo que más detesta. Atracado por la furia y el terror, aún garabateando sobre el cuaderno, huyo hacia la pared opuesta, e intento penetrarla. No hay manera. Estoy encerrado. Y sus dedos metálicos rellenos de veneno. Lo único que me queda es matarme, es la única solución. ¿Qué tengo en mi mano derecha? Es perfecta, es el arma más fuerte. Y alzo mi mano con la lapicera, amenazante. Los médicos se detienen, cautelosos. Con voces sedosas murmuran pequeños regocijos, palabras firuleteadas con una tranquilidad inexistente para él, quien ahora apunta la lapicera hacia su propio cuello, sus ojos desorbitados fijos en las jeringas. Son cinco contra mí, no tengo posibilidad alguna de ganarles.

Es lo último que escribe. Una estocada infalible a la garganta tensa, y el único vestigio del final de su sueño es aquella tinta escarlata que se filtra, bañando las hojas, empapando el piso de tela frente a las jeringas frustradas.
 
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