Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Láminas

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La vieja suposición de silencio
que me acata a sus fúnebres palabras
como costas pantanosas que emergen del silencio suyo
acalladas, sombrías, rotas.

Ahogada, ahogadísima, me pregunto:
¿Que megalómanos pretenden
infieren
perjuran
absorber el más turbio conocimiento
de mi distante persona?

Pues nada saben, en realidad.
Soy como aquellas galaxias distantes,
inexistentes a los ojos
más que como nubes estelares.
Oscuras, luminosas, alejadas
como el mar en retroceso
eterno.

Un reino de espuma y vapor
y detrás de las láminas de agua
aparezco como el agua:
en reposo.
Una capa de celofán calado
y detrás, justo detrás
aparecen mis viejos ojos.

Y los engulle el frustrado grito
que se anuda a sus gargantas templadas;
acallando, como siempre,
las metálicas aristas que los embargan.

Su desquite, las palabras.
Las injustas masas de pútridas tinieblas
en las que envuelven lo
inexistente,
la metáfora incandescente
de aquello que no acatan.

Pero no me arropo con esas mantas
funestas.

Abro las alas. Cera y plumas locas.
Allá a lo lejos me espera…
Y el viento en mis oídos me impide oírles,
me impide atarme a sus fúnebres palabras.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Celofán

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Ha oscurecido. Detrás de las ventanas puedo ver una tela satinada deslizándose lentamente, absorbida por el horizonte distante. En realidad, no la veo pero la quiero ver. Lo que pasa es que tengo tus ojos tapados por celofán delante de mí, y me asusta, me asustás. ¿Te dijeron alguna vez que el celofán es un polímero natural derivado de la celulosa? ¿No? No te importa, ya lo sé. A mí, honestamente, tampoco; pero necesito de alguna intelectualidad estúpida y totalmente inútil para deshacerme de este momento, de las paredes que me queman (y de las cuales te burlaste) por dentro.

No sé qué decirte, y no quiero ver el celofán que recubre tus ojos como una película fina de agua. Es que no está ahí, ya lo sé. No está ahí, pero está rodeándolos por dentro. No me lo querés decir tampoco, ya lo sé. No puedo seguir esquivándote, así que decido envestirme de fuerza y dirijo mis ojos (que se distraían intentando ver los fabulosos colores del Rubiks desglosado) a los tuyos. Quiero dar una impresión desinteresada, casi fría. Fracaso terriblemente: torpemente y con recaudos, mis pupilas trazan un zigzagueado camino hasta las tuyas. Estúpida, estúpida. Y las paredes queman.

No te digo porque sé que te vas a reír, y a burlarte de nuevo.

En cambio, aprieto mis antebrazos contra las costillas, y pierdo mi mirada vaga en la mesa (que es muy chica). Ya no estás bromeando. De pronto, todo es mucho más serio. Creo que no te das una idea del terror que te tengo y francamente, no tengo idea de por qué, ni de qué es lo que estoy buscando, ni de qué es lo que quiero, ni de qué carajo es un polímero derivado de la celulosa. Quizá lo busque en Internet más tarde.

Las tazas están vacías. Te dejo la puerta abierta para que entres, pero bajás por los pliegues de mármol. Todo va más rápido de lo que puedo llegar a solucionar. Siento un alivio, sí; pero no por ello me siento mejor. ¿El alivio siempre implica mejoría respecto a un estado anterior? No quiero verme al espejo. Te abro la puerta, y salís a la noche. No te veo más, probablemente. Es un alivio triste, ahora que lo siento. Un alivio pesado y frío, como la lluvia metálica del invierno.

Vuelvo, y dejo las tazas donde están. Me arrojo sin cuidado bajo la ventana, y pienso, pienso, pienso. Y pienso todavía más. Más. Me gusta sentir cuando no tengo pánico a que me invadan nuevamente las aguas que vengo sosteniendo en un dique hace meses. No quiero que se rompa la barrera justo en este momento, en el vértice más trabajado. ¿Seré tan inflexible? ¿Y estarás ahora alejándote cada vez más y más de las tazas, con tus ojos recubiertos de polímeros naturales derivados de la celulosa? ¿Qué quiero? No sé… Quizá lo busque en Internet más tarde.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Pupilas

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Estuviste tan, pero tan cerca del abismo que casi pudiste oler aquel perfume a vacío que tanto te persigue en tus pesadillas. Al asomar la nariz al hoyo interminable te engulló la visión un infinito negro, imposiblemente interminable, intermitente. Sentís cómo te traga, cómo te va aplastando las extremidades y apretándote un nudo en el cuello como si te estuviera ahorcando una muy demente corbata, y empezás a caer.

Sí, vas cayendo. Creíste que la adrenalina iba a aportarle algo de dramatismo vertiginoso a todo este asunto de caer hacia el infinito, pero en realidad te vas percatando que no hay un shot de adrenalina y que todo el vacío te va rodeando lentamente, como si no estuvieras moviéndote en lo absoluto. Lo único que te hace tener en mente que efectivamente te estás hundiendo en algún hueco de la nada es el tenue revoloteo de tus mechones de pelo, y las lágrimas que engordan en tus ojos mientras la correntada de aire frío te pega latigazos en la cara.

Seguís en tu interminable trayecto hasta el fondo. Y es en ese momento cuando te preguntás: ¿habrá fondo? Una oleada de incertidumbre y angustia te sacude la espina dorsal como si fueras un pez intentando huir de una mano que repentinamente apareció de la superficie. ¿Y si no hay fondo? ¿Y si las cosas pueden seguir empeorando infinitamente?

El hueco no se acaba. Repentinamente recordás esa historia que te contaban hace años sobre el famoso “Pozo de las Ánimas”, que aparentaba no tener fin. Y vos refutabas: “¡Pero cómo no va a tener fin! Aunque atraviese la Tierra por la mitad, en algún momento tiene que aparecer del otro lado del mundo”. Ahora, ese argumento te parece estúpido. ¿Qué sabés vos, en realidad, sobre el Mundo, sobre el Universo, sobre los Pozos, sobre el Infinito, sobre caer y caer y caer y caer…

Y de repente, aparece. Lo ves a la distancia. ¿Qué es, exactamente? Una plataforma. Sí, una plataforma de tierra y piedritas. Entra luz por algún lado, pero no sabés bien por dónde. En menos de cien metros vas a estrolarte contra el suelo, y recién ahora llega la adrenalina. “Finalmente”, pensás. En sesenta metros te reventás el cráneo contra el piso. Cuarenta. Treinta. Diez. Dos…

Fin de la caída.

No te pasó nada, pedazo de pusilánime. ¿Qué esperabas? La peor parte es el tiempo que dura la caída, pero una vez que llegaste al fondo, ya pasó. Te reís un poco, y con las manos tocás la arenosa tierra que te rodea, árida y ríspida. Sentís que se te llena el pecho de frutillas, tan feliz estás de que se haya acabado todo. Te embarga tanto la felicidad que te ponés de pie tironeado por una corriente eléctrica que te energiza el cuerpo, con los ojos saltones y la nariz atenta. Estás en un espacio reducido, y si mirás hacia arriba se ve todo negro, como una pupila.

Sos feliz.

Hay algo a un costado tuyo que te llama la atención. Como el estúpido ser curioso que sos, vas hacia eso. Es oscuro, y parece provenir desde el centro de la existencia. Tiene ese perfume a vacío que tanto te persigue en tus pesadillas. Te acercás lentamente hasta que te llena las cavidades nasales, y te das cuenta que te ha engullido el vacío. Y empezás a caer.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Perjúrico

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A veces me pregunto por qué esos míseros papeles significan tanto para vos. Comprendo que son panfletos intercambiables por bienes más lindos y brillantes, por promesas imprometibles, por salvaciones inmediatas y gratificantes. También entiendo que son como drogas, invadiéndote de una necesidad creciente de poseer más bienes lustrosos, más promesas avasallantes, más salvaciones indiscutibles. Ese concepto es fácil de absorber; ¿acaso quién no querría ser dueño de tales espejos de colores?

Lo que no comprendo es cómo esos espejismos nublan tanto tus percepciones. Parecen, de repente, cobrar más importancia que aquellas miradas que te guardaron vela durante todos esos solitarios inviernos; repentinamente son más prioritarios que esas manos sensibles que te acariciaron las mejillas cuando caíste. Incluso valen más que aquellas vidas ajenas de las que no sabés nada en lo absoluto; pero que podrían colmar otros ojos de maravillas imposibles de cuantificar. Te has cegado.

Podrás culpar, supongo, a aquella hermosa serpiente de coral que se enroscó a tu espalda y te susurró bellas palabras premonitorias de un futuro incandescente, lleno de felicidad y liberado de cualquier tipo de injuria: nada tendrás que esperar, por nada tendrás que esforzarte, nada te hará daño. Y por toda esa nada te dejaste seducir, conciente de la jugarreta, mientras contemplabas los ávidos brillantes de la piel de la víbora. Es más fácil, la mayoría de las veces, concentrarse en el deslizar armonioso de aquel reptil, en la vivacidad fascinante de sus escamas coloridas. ¡Y sus palabras son tan fáciles, tan digeribles…! Te guían suavemente por caminos que vos querías recorrer de antemano mientras vos aparentás inocente ceguera, al mismo tiempo que ignorás los molestos chillidos de las almas que vieron tus ojos y tus manos como redentoras y maestras, almas que hoy ya cesaron de llamarte con ojos derruidos y gargantas secas. Las corales son hipnóticas, al igual que sus frases y sus miradas. El mundo podría estar en tus manos… De algo hay que vivir…

Y es más fácil vivir por lo intrascendente, tanto más cómodo y apacible. Es sencillo rebalsar de rabia ante ese detallito que tanto te irrita, así como es difícil asumir que ese terrible dolor que te provoca lo inmencionable es también producto de tus propias ecuaciones.

Pero, eventualmente, se disiparán los cielos claros, y aclararán las nubes turbulentas. La hermosa Coral salivará su amargo veneno, los papeles serán arrastrados por las huracanadas correntadas de la intrascendencia a la que entregaste tu vida, las almas circundantes verán tu falsa ceguera, y entonces, en ese último vértice de tu vida, caerá, fulminante, la verdad sobre tu espalda como una espada de hierro y amanecerás en los pantanos más pútridos con los ojos hinchados y las manos envejecidas. El veneno te arderá las venas, la boca se te secará de súplicas inmerecidas, los pies estarán gruesos y cansados de las tierras fétidas, incapaces de continuar marcha hacia soluciones.


Ya conocés la soledad
que la vida te ha tatuado en el pecho…
...Y en ese momento conocerás la soledad
que tu pecho tatuó en las almas de otras vidas.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Piedritas

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A veces te encontrás mirándote en los reflejos de los charcos de barro tras una extensa y dolorosa tarde de lluvia, con tus difuminadas ojeras y tus labios casi podridos, amargándote como siempre de tanto quejarte y sufrir. “No pasa nada” te dijeron siempre, pero siempre pasa algo. Siempre está eso molestándote como una piedrita dentro de la zapatilla bailando de un lugar a otro y destrozándote los nervios. O como un bicho nocturno atormentándote en la oscuridad con su frenético y constante zumbido que no te permite entrar en sueño.

¡Qué terroríficamente sádica es la vida!

Y nadie entiende tu tristísimamente estúpida situación. Generalmente, si te entrara una pequeña piedrita en la zapatilla no te enervarías mucho: simplemente te sacarías el calzado, removerías la molestia y seguirías viaje. Pero por desgracia tenés una pila de problemas en los hombros, pequeños y grandes problemas que se amalgaman y apelotonan para hacerte los pies más pesados. Y en ese momento, cuando entra la piedrita a la zapatilla, no lo aceptás con mucha tolerancia y entrás en un estado absolutamente patético e incontrolable de frenesí.

Maldición. ¡¡Hay un mosquito zumbándome al oído!! ¡AL OÍDO!

06/02/08
 
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