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sábado, 11 de julio de 2009

Inconcientehipocresía

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-No te duermas-, me ruega. Casi no lo escucho. El intermitente ronroneo del televisor aún prendido me adormece lentamente, enroscada a la frazada mientras siento el deslizar de unos dedos cálidos detrás de mi oreja.

-No me estoy durmiendo...

Puras mentiras. Si ya no puedo hilar pensamiento. Intento despabilarme un poco, pero la oscuridad aterciopelada de la habitación me sienta soporífera; su respiración suave es como un metrónomo que va invadiendo mi mente, acompasando mi ritmo cardíaco, y ese perfume lúcido suyo que me sigue a donde quiera que vaya... Al rozar las yemas de sus dedos mis pómulos, me levanto y lo miro a los ojos, que se despegan de la realidad como dos brasas oscuras camufladas en medio de ese rostro que me recuerda a mil personas y a ninguna a la vez. Me río, ¿qué más voy a hacer? Pero la risa cae como una piedra a la superficie de un riachuelo, hay algo que no está bien... Tengo un miedo repentino, casi desesperante, de esa cara y ese olor lúcido que ya tanto conozco. Me suelto de sus brazos inmediatamente con un recelo instintivo casi animal, y lo escruto con resentimiento desde una próxima lejanía. No quiero ser la piedra cayendo en el riachuelo; no quiero irrumpir esa continuidad infinita de agua cristalina para hundirme en el fondo, cubierta por ella.

Él me mira, ojoscarbónluciérnaga. Siento como crecen de sus manos garras amenazadoras que utiliza para descubrir mi rostro, oculto tras una cortina de cabello. Esas armas animales que le crecen a borbotones de las manos tienen un aroma tan dulce, y me acaricia los labios con tanta delicadeza que no puedo evitar explotar en lágrimas de frustración, y me alejo hacia una cueva oscura.

Estoy sola, pero no estoy sola. Su olor omnipresente se cuela por mi piel, me llena de añoranza. ¿No vendrá a buscarme? No, no, estúpida. ¿Por qué lo haría? Ese angelgarras no quiere volver a verme. No lo culpo, en definitiva. Después de todo, yo fui la que huí.

Estoy paralizada, rodeada de nubesdudasamigos que me señalan y ríen. Se acercan, me abrazan, me golpean y lloro. Me siento como un cronopio, repentinamente; y, obnubilada por un deseo incorruptible de deshacerme de ellos, me rodeo de un círculo de tiza. Se van alejando paulatinamente. Él es el único que queda. Sus ojos me murmuran palabras impecables, mientras lentamente me envuelve en esos brazos tibios y ese aroma sedoso y dulce.

-No te duermas...

Habitación. Oscuridad. Frazada...

-No me estoy durmiendo...
 
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