Relatos, narraciones, cuentos, historias. Nunca supe la diferencia.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Mañanas Urbanas

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La mañana y sus suspiros tienen ese llamado a la contemplación fascinante que me absorbe y me abstrae quirúrgicamente de la realidad, como si fuera un coágulo de ideas y pensamientos que debe extirparse de lo cotidiano; tiene esa belleza intrínsecamente tierna perteneciente a cada principio, a cada nacimiento. Pareciera que la ciudad, tumulto de sueños y esperanzas que ha cada día se renueva y muere, estuviera reanimándose tras un largo letargo de luces anaranjadas y llovizna metálica, amaneciendo en un cielo claro y gris tapado de una cortina de nubes sólidas. Y por sus calles, venas pavimentadas que recolectan y guían a los adormecidos conductores, se desplazan los transeúntes, jalados de un hilo de realidad que aún no alcanzan a comprender del todo. Es llamativo observarlos tomar consistencia al salir de la irrealidad soñada de sus hogares repletos de aroma a café recién preparado, de sábanas desordenadas y cortinas corridas; pareciera que fueran fantasmas gaseosos ingresando al mundo de lo concreto, y van adquiriendo solidez ellos mismos a medida que sus pies se adecúan al suelo y sus manos a los bolsillos, las monedas, los anteojos, las llaves del auto.

Las hojas secas están tendidas frescamente al borde de la vereda, un hombre matea meditabundo sentado en la escalinata del negocio donde trabaja reparando motos y bicicletas, un anciano enclenque se las arregla bastante decentemene frente a los embates de las traicioneras y derruidas baldosas. El colegio yace silencioso en la misma esquina de siempre, quizá un poco nostálgico de la presencia de los alumnos que ya no lo visitan a causa de las tan ansiadas vacaciones, guardados cada uno en su cama. Al atravesar las vías del tren, noto que esperando frente a la barrera prohibidora refunfuñan los motores de los impacientes autos cargando a sus soñolientos conductores, quienes bostezan y se rascan la nariz con los ojos a media asta fijos en los deslumbrantes colores de la mañana. Falta una eternidad para que el tren arrastre tras de sí a los poblados vagones, suficiente tiempo para sumir en la tranquilidad de la inevitable espera a las personas tras los volantes y a sus adormilados sentidos.

Mis piernas me empujan por voluntad propia hacia delante, más allá de la esquina donde los trabajadores de una empresa de mudanzas descargan un sillón molesto y pesado y lo trasladan con concentración y empeño hacia el interior de una casa, en cuyo umbral los ojos y brazos de una dueña preocupada se estresan y angustian por el incierto destino de su mueble. Allí está la parrilla El Pobre Luis, y el diarero mirando sin demasiado interés los autos que atraviesan los capilares de la ciudad. Casi me atropellan, tengo los sentidos apagados. Me río, y mi risa da risa a un bebé en un cochecito que pasa con su prolija madre hablando por celular.

Un hormiguero de coches se amontonan en la siguiente esquina; pero lo llamativo es que nadie toca bocina. Es que la mañana quizá induce a ese respeto al silencio, a esa inercia de la tranquilidad de la cama cálida que se resiste a abandonarnos a la agresiva sonoridad de la ciudad. Parece que la policía ha cortado la siguiente calle. Al girar a la derecha casi me fusiono con una señora de tapado amarillo que se exilia de la peluquería con sonrisa altanera y uñas brillantes, atentamente observada por un hombre lejano. La preocupación y expectativa que inunda la
expresión de una mujer a la espera en un costado de la vereda me llena de curiosidad, y me pregunto qué la mantiene allí, estática. Nuevamente cruzo. Está por lloviznar otra vez.

La distracción me hace caminar media cuadra más de lo debido, y tengo que regresar sobre mis pasos hasta alcanzar la puerta del Instituto de Otorrinolaringología. Qué nombre tan ridículamente largo y difícil para algo tan corriente como la audición y la respiración. ¿Por qué complicarla tanto? Pero a la secretaria de reluciente cabello platinado y rosados labios no le interesan demasiado mis cavilaciones, y con voz gentil y mecánica me solicita la orden médica. ¿Qué orden médica? ¿Acaso no se la entregué cuando vine a pedir el turno por la audiometría? Mientras con suma irritación e impaciencia la joven me penetra con la mirada, recuerdo el papelito reguardado entre las páginas de mi libro de Julio Cortázar, el libro descansando en la silla cubierto por una pila de ropa, la silla encerrada en mi habitación calurosa, mi pieza estancada en el silencioso departamento, el departamento aislado a diez cuadras del Instituto. Suspiro. Tras un efímero y ronco "ya vengo", dejo que mis pies me lleven nuevamente hacia la vida incipiente de las calles urbanas. Cómo me voy a olvidar la orden, me pregunto. Una mujer lucha contra la correa de su perro para que este último no la arrastre a voluntad. Bueno, pienso, tampoco es para tanto.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Lobos

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Lo que me asustó no fueron los lobos, sino más bien sus miradas estáticas y encarecidas. ¿A qué temen los lobos?

Me dejé estar un poco, sumida en esa rigidez eléctrica del miedo. Como siempre, bombardeada de adrenalina, mis pensamientos fluyeron a una velocidad crítica, oscuros y metódicos, fríos. Así son siempre: adaptativos, fuertes, desconectados de la realidad ajena a mi fuero interno. Pareciera a veces que la única porción de mi existencia que roza la tierra tangible son mis pies. Pero los lobos, cómo me miraban, sus ojos intoxicados de alguna violenta tristeza. ¿Por qué, por qué?

Permanecí, como acostumbro a hacer: pupilas dilatadas, amplias y expectantes, fijas en aquellas miradas. Son lobos; pero están tan solos, tan tristes. Varios huyeron en un galope suave, muy pocos quedaron con su solitaria melanconlía y su postura amenazadora, colas erguidas y pelaje erizado, colmillos a la merced del gélido aire.

¿A qué temen los lobos?

Quizá fue la repentina confianza lo que me llevó a relajar mi columna vertebral, que se arqueó blandamente. Los lobos lloraron, agresivos. Algunos otros se retiraron, parapetándose tras mis párpados enceguedores, y mi cuello cedió. Me fui desmigajando mansamente, mi nariz inundándose cada vez más del húmedo olor de la tierra bajo mis patas. No oí nada más durante unos momentos, salvo los sollozos.

¿Por qué se van?

Mis párpados, antes pesados, adquirieron una vitalidad alarmante. Gobernada por algún vano sentimiento de importancia acabé alzando mi cabeza incauta, y los vi, allí los vi aovillados. ¿A qué, a qué? Y al ver mis peludas garras y sentir el embate del viento contra mis colmillos agudos, mis vértebras cedieron por segunda vez.

Al acurrucarme, mi hocico se hundió contra mi estómago y olí el perfume del miedo y la soledad contaminando mi pelaje.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El Humo

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Escribí este cuento hace poco menos de cuatro años, y es uno de las primeras narraciones que conservo. Si encuentro Luces Negras, escrito en el año 2004, lo voy a subir también... Si lo encuentro. El Humo quizá expresa la dicotomía interna en la que me encontraba a mis 16 años, siendo la protagonista y María la misma persona: yo. En esa sangrienta lucha por y contra mí misma, ¿quién gana? ¿El orgulloso y perfecto ideal de María, o aquella protagonista sin nombre (sin duda un ser mutado, nuevo, recién rompiendo el cascarón)? Pese al final del cuento, hasta el día de hoy me encuentro asesinando y reviviendo aquellos ideales de mí que surgen de las cavilaciones silenciosas que me embargan cuando me las permito.

El Humo es, después de todo, un relato que mantiene su actualidad, y que a cada leída se torna más autóctono en mi vida, más comprensible y a su vez enredado, con esas características eternamente inherentes a quien siempre he sido. He decidido no corregir los errores ni mejorar algunas expresiones que no me dejan del todo satisfecha; son marcas de mis dedos cuatro años más jóvenes, manos a las que le faltan aún cuatro años de una vida ferviente, intensa y ambivalente que condicionan, hoy, el estilo que me inunda cuando nuevamente dejo correr mis yemas por el teclado.


*


María soltó el humo gris del cigarro lentamente, observando el cielo raso de la casa como si estuviera contemplando el de la Capilla Sixtina, mientras entre sus dedos se balanceaba el rubio casi completamente consumido. Yo la observé, silenciosa, con miedo de que una ligera interrupción banal echara a perder la imagen casi perfecta que María con su cigarro y el humo comprendían. El humo que exhaló, terso y algodonado, se elevó por el aire como un pájaro enredado, como un fantasma de agonía, y se deshizo al rozar el techo, perdiéndose en la nada. Que belleza, pensé. Yo jamás podría lograr semejante armonía.

María ladró una tos estertorosa que retumbó por toda la habitación, arruinando el momento. Me arrimé a ella y le di unos suaves golpecitos en su espalda torcida, compadeciéndome de su imprudencia, antes de que ella apartara mi mano con un áspero cachetazo. No le gustaba cuando la gente sentía pena por ella ni cuando la ayudaban. Era una persona terriblemente firme e independiente, casi autoritaria. Siempre me agradó mucho su compañía, aunque también me sentí rechazada por ella. Nunca me importó mucho. Era como estar acompañada por alguien que había trascendido los límites de la humanidad y se había vuelto algo más, algo prácticamente indescriptible. Era María, simplemente María. Nada más había de importar.

Esa tarde me fui de su casa rodeada por una olorosa nube de humo, caminando con las manos en los bolsillos del buzo y arrastrando lentamente los pies. Tenía frío, recuerdo, y extrañaba el hedor que caracterizaba a María, ese olor a tabaco podrido que ya me había acostumbrado a oler todos los días de mi vida. Estaba decepcionada. Jamás había podido acercarme mucho a ella. Protegía sus sentimientos con un recelo de perro vapuleado, y nunca permitía a nadie saber mucho sobre su oscuro corazón. A nadie. Yo era nadie.

Al día siguiente volví a su casa, y la encontré en el mismo estado que la tarde anterior y que todas las tardes de mi vida que fui con ella. Yo tenía una copia de la llave del living que ella me había sacado, así no tenía que abrirme la puerta cada vez que llegaba. No le gustaba que interrumpiera sus extensos momentos de meditación. Yo siempre me sentaba silenciosamente a su lado mientras ella fumaba, y esperaba hasta que me dirigiera la palabra, cosa que algunas tardes no sucedía. En esos casos me quedaba desparramada escueta sobre el viejo sillón de tela azul hasta que me daba la gana irme. Era extraño. A veces fumaba junto a ella, intentando imitar su nata perfección, pero ella siempre era mejor. Siempre lo sería. Eso me ponía los pelos de punta.

Cuando entré esa tarde, el cuarto estaba tan atiborrado de sedoso humo como siempre. Me recosté sobre el sillón azul como un perro sarnoso que acompaña a su amo en las largas horas de soledad. María, a mi lado, no se turbó en lo más mínimo por mi llegada. Siguió mirando al cielo raso, de vez en cuando llevándose el cigarrillo a sus sucios labios, sacudiendo las cenizas suavemente sobre el parquet podrido. La observé. Era perfecta. Encendí un rubio con desgano, e intenté en vano superar esa grotesca armonía que lograba María. Yo nunca podría ser perfecta. Ella siempre sería mejor. En ese momento, comprendí el dilema.

Tranquilamente, me levanté y fui hasta la cocina de la casa de María. Pensé en la reciente conclusión que había sacado, y sonreí. Al fin logré darme cuenta, en tan solo unos segundos, la razón y la respuesta a todas las interminables tardes que había pasado junto a María, admirándola, adorándola, siempre intentando entender lo que recién había concluido. Abrí el cajón de los cubiertos y tomé uno de ellos, invadida por una ráfaga de satisfacción. Siempre había querido ser perfecta, y para hacerlo creí que debía ser como María y su imperturbable presencia. Ahora no. Ahora no necesitaba ser como ella.

Regresé al living, escuchando la áspera tos de María inundando las habitaciones como el murmullo del agua corriendo. Me senté a su lado. Ella, por un instante, giró su cabeza y me miró con ojos turbios. Aproveché ese momento, y en un simple movimiento ágil y fluido hundí el cuchillo en el medio de su estómago. María escupió los saldos de humo de sus pulmones y vi confusión en sus ojos desorbitados. Soltó el cigarrillo que, luego de tambalearse entre su dedo índice y pulgar, calló como una rosa fresca al parquet roído y se apagó. Sonreí humildemente. María se dejó deslizar sobre su espalda por el respaldo del sillón negro de cuero en el que siempre se sentaba y aterrizó suavemente sobre el piso, sosteniéndose el vientre entre sus manos ensangrentadas. Respiró estertorosa y entrecortada mientras yo me arrojaba sobre el sillón azul y encendía otro cigarro. Exhalé el humo algodonoso, que se escapó entre mis dientes como una serpiente etérea y se elevó a los aires majestuosamente. Ya no se oía la ronca respiración de María. Sonriendo, inhalé del rubio sintiendo un placer que jamás había sentido. Ya no había nadie más perfecto que yo.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Fantasmas

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Mascota de mis ojos, nube de avispas tiesas. Traviesa tarde en que conocí tu veneno, chispeante, halagadoramente débil entre mis dedos tibios... halagadoramente débil.

Silencioso, como siempre, balanceándote en la cuerda de mis palabras, esas que se abalanzan sobre vos fríamente. Así has sido siempre, trapecista torpe, esperando que yo despierte de mi sueño de cerezas que nunca acaba, como el tejido de Penélope... como el tejido de Penélope.

Siempre dispuesto, ave de las tormentas frías, a posarte en mi brazo enmohecido por las lluvias. Con tu pico recto y tus alas mutadas, Hijo de la Condena, atento a las fallas. Extraño rayo de oscuridad violeta, filtrándote entre las rendijas del tiempo, y yo duermo escuchando tu dulce locura desapareciendo de mis oídos; siento tus palabras, ellas se van rigidizando, volviéndose las rocas que siempre han sido, ogros de mi existencia azul. Adormecida, ya te he olvidado, enterrado entre océanos de líquidos viscosos y frescos, allí donde sólo se aventuran los navíos fantasma... los tristes navíos fantasma.

Culebra de mis brazos límpidos, satélite del cielo diáfano, primavera esteparia. Sos un extraño para mí, ¿por qué habías de importarme? Y aún así te resguardé de mis agudas palabras, de mis uñas descarnadas. Aún así te cubrí con tapices de jacarandá y te canté canciones. Tus arañas no tienen ya su efecto en mí, y tu veneno chispeante me hace sonreír. ¿Qué voy a hacer ahora con todo este silencio? Comenzaría por alfombrar mi piel, mis manos, mi pelo, mis pupilas, mis labios, mis... pupilas silenciosas.

... Como siempre lo han sido, antes de tu veneno, de las tardes traviesas. Siempre, siempre, siempre, siempre. Ojos mudos. Manos expresivas. No iban a cambiar. Mascota de mis ojos, no podés enseñarle a cantar a un mudo; nube de avispas tiesas, era imposible aquietar mis manos sangrientas. Quisiste intentarlo, y te enrredaste, joven y débil, en mis dedos tibios... halagadoramente tibios.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Avalancha

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Siempre, a cada cielo complementa un abismo. Las miradas caen a pedazos en los recuerdos tibios, enturbiándose en el eterno fluir de la inercia donde vivo agazapada, amalgamada junto a los demás inertes que olisquean el pasado y sus jazmines de lluvia. Está todo inundado, lo has dejado todo tamizado con tus acordes e invadido por tus silencios fijos; lo relaciono cuando veo las alfombras tejidas por los jacarandá, cuando camino bajo los árboles que lloran, cuando al sol recalcitrante sucede un vendaval febril.

Es tanta la ausencia que de a momentos siento el instinto de mis manos de desprenderse de mis brazos e ir a buscarte allí, quieto y violento en el abrazo del rosedal; pero así también es como siento aquel inconfundible deseo de alejarte con recelo, monstruo de las mil expresiones, de los gestos de frialdad obsesiva. Todo se me extirpa del razonamiento para radicarse indiscretamente en el hueco más céntrico del esternón, y allí hierven las contradicciones, revientan los oximoron de mi deseo absurdo.

Y por cada recuerdo alto, alto existe un pozo profundo,
profundo,
profundo,
profundo.
Por cada cariño suave existe un golpe seco y
rotundo.
Por cada arpegio soleado existe un aullido oscuro.
Y por cada encuentro existen insalvables distancias, terribles pérdidas e infortunio.

No olvido jamás la dulce agresión de tus ojos, de tus palabras vacías al fijarme entre tus dientes, ni la monstruosa calidez de tus arañas sobre mis brazos eléctricos. Recuerdo en constancia el témpano de metales acorazados que te recubrieron en aquel fatídico momento, junto al horror hacia tus dedos-sogas que prometían arrendarse a mi garganta, y el alivio al hallar en ellos cuerdas rebalsadas de notas, de música. La indiscutible felicidad que me invadió al observarte en tu definitivo alejamiento, y el dolor de los cristales rotos en mis córneas.

Estoy hundida en este perfume invasivo. Quiero salir. Necesito volver al mundo de lo común, lo rutinario, el letargo de la satisfacción llana, de la superficie cálida y luminosa que precede las profundidades más temidas de los océanos. Es la realidad de la planicie lo que me puede devolver los oximoron al razonamiento.

Hasta tanto, nado y me desplazo en este inundado y oscuro pozo profundo, profundo, profundo, profundo...

viernes, 6 de noviembre de 2009

El pájaro rompe el cascarón

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-Muchacho –dijo con vehemencia -, también usted celebra misterios. Sé que tiene sueños usted de los que nada me dice. No los quiero conocer. Pero le digo una cosa: ¡vívalos todos, viva esos sueños, eríjales altares! No es lo perfecto, pero es un camino. Ya se verá si nosotros, usted y yo y algunos más, somos capaces de renovar el mundo. Pero debemos renovarlo en nosotros mismos, día a día; sino nada valemos. ¡Piense en ello! […]; usted debe tener deseos de amor, sueños. Quizá son de tal especie que le asustan. ¡No los tema! ¡Son lo mejor que posee! Créame. Yo he perdido mucho por haber amordazado mis sueños cuando tenía su edad. Eso no debe hacerse. Cuando se conoce a Abraxas, ya no se debe hacer. No hay que temer nada ni creer ilícito nada de lo que nos pide el alma.

Asustado, objeté:

-¡Pero no se puede hacer todo lo que a uno le apetece! ¡No se puede matar a un hombre porque a uno le resulta desagradable!

Se acercó más a mí:

-En determinadas circunstancias se puede hasta eso. Pero la mayoría de las veces se trata de un error. Yo no digo que usted haga todo lo que le pase por su mente. No. Pero tampoco debe usted envenenar las ideas, reprimiéndolas y moralizando en torno a ellas, porque tienen su sentido. En vez de clavarse a sí mismo o a otro en una cruz, se puede beber vino de una copa con pensamientos elevados, pensando en el misterio del sacrificio. Se puede también, sin estas ceremonias, tratas los propios instintos, las llamadas tentaciones de la carnes, con amor y respeto; entonces nos descubren su sentido porque todas tienen sentido. Cuando se le vuelva a ocurrir algo muy aberrante o pecaminoso, cuando desee de pronto matar a alguien o cometer no sé qué monstruosidad inconmensurable, piense un momento que es Abraxas el que está fantaseando en su interior. El hombre a quien quiere matar no es fulano o mengano; seguramente es sólo un disfraz. Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen algo que se encuentra en nosotros mismos. Lo que no está dentro de nosotros mismos no nos inquieta. […] Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. El camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil. Caminemos.


Demián”, Herman Hesse. Cap. V: El pájaro rompe el cascarón.

Es tan duro el encuentro con uno mismo, enfrentarse con aquellas cosas que arden, raspan, molestan. Con razón dice Hesse "nada hay más molesto para el hombre que seguir el camino que le conduce a sí mismo". Es tan difícil desnudarse y mantenerse erguido frente al espejo, verse.

Uno siempre está tan lejos.

lunes, 2 de noviembre de 2009

El descenso por la madriguera

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El tiempo no pasa, sino mas bien corre, como un conejo en verano arrastrando la cola de su frac a través de las esbeltas briznas de pasto en una campiña de ensueño, ojeando su reloj con frenética desesperación mientras murmura para sí "Dios mío, ¡qué tarde se me ha hecho! ¡Muy tarde!", y sus patas tamborilean la tierra mientras se aleja y desaparece en una madriguera escondida bajo un seto. Yo, como una niña, lo miro con atenta incredulidad, con esa curiosidad profunda que me lleva a dejar de oír las lecturas de mi hermana y perseguir al Tiempoconejo que se hunde en la madrigueravida. Lo sigo hasta ingresar yo también en el hueco, pero tropiezo y caigo en sus fauces oscuras. El pozo es interminable, casi podría atravesar el universo... O quizás sea que estoy cayendo muy lentamente.

Pero al pisar el suelo, mi conejo ya no está. Se ha marchado. Y voy a pasar el resto de mi vidasueño buscándolo sólo para hallarlo algunas pocas veces, y siempre en las situaciones más enmarañadas. Aún así seguiré persiguiéndolo, es inevitable; me llama a correr tras su estela eternamente con ojos grandes y sorprendidos, y la boca entreabierta. Serán esos momentos en que en la distante lejanía lo observe, taciturno y activo, apurarse hacia delante, siempre llegando tarde a todos lados. Quizá no pueda ver más que sus suaves y puntiagudas orejas a la distancia.

Sé que lo tendré más cerca en el juicio, cuando la Muerteduquesa condene; pero prefiero no pensar demasiado en mis argumentos cuando tal tribunal decida juzgarme. Elijo, como siempre, correr tras sus huellas, preguntándome siempre el por qué de su implacable apuro, viendo sus bigotes bambolearse mientras fuerzo mi cuerpo a seguirlo, y a mi alrededor se suceden esas maravillas fantásticas que, al despertar, no habrán sido más que un hermoso sueño.

martes, 27 de octubre de 2009

Harto Silencio

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Intenté derribas las paredes, pero me resigné y me senté a esperar. Ya estoy cansada. Creo que es el hartazgo lo que más me hunde. Pasan las horas, pasan los silencios llenos de gritos, los ojos vacíos que no me dicen nada, las expresiones vívidas y distantes en los que me rodean. Y pasan también mis manos por superficies frías, y mi mirada ciega sobre nubes de colores monocromáticos. Pasa el tiempo.

Tengo las lágrimas apiñadas en el cuello, estancadas en un lugar que atraviesa la clavícula. Allí se amalgaman, y me llenan de cosquilleos el esternón. Y el tumor de lágrimas crece y crece, no puedo tragarlo.

Quisiera entenderlo, pero supera mis neuronas mudas. Se me reseca la lengua de tanta soledad acompañada, y se me parten los labios de murmurar palabras bellas. Las manos ajenas, como cremas, fisuraron mi piel alienada, que vocifera que la suelten. Pero creo que es el hartazgo lo que más me hunde. Es la desaparición del sentido, y la extensión del tiempo.

Es que se extiende como una alfombra prolija y acre, rociada de venenos afrodisíacos. Me llama, me traga, me mastica, me escupe. Cuando emerjo de su costa de espanto siento que he renacido y me queda todo el pecho por vivir; pero luego regreso a sus tapices, a su césped, y me dejo cautivar por el aroma de sus promesas. Me llama, me traga, me mastica, me escupe. Paso en y por el tiempo.

Hasta que llegan esas manos. Esas. Esas canciones, esos silencios. Se deslizan a mi alrededor un momento, me hablan y me besan, me sostienen muy cerca. Y yo bailo como hipnotizada en círculos concéntricos, me dejo alzar muy alto levantando las manos hasta llegar al azul de la lejanía. Vértigo, demasiado vértigo. Me suelto y bajo, escandalizada. Las canciones se hacen ecos mientras las alejo, y los silencios se visten de sombras; se van alejando lentamente, graduales y temerosas, hasta que se encierran en una pantalla gris de nuevo.

Creo que es el hartazgo lo que más me hunde, pienso mientras regreso. Creo que son las mismas historias, el mismo mar apresado en mi garganta. Siento náuseas al pensar toda la sal que me invade y lo poco que he podido hacer en todo este tiempo. Me desesperan las agujas que corren eficientemente en los relojes, girando y girando, en una burla eterna. Me irritan los números cambiantes en mi teléfono celular, y cómo cada uno arrastra nuevas palabras iguales a las anteriores, renovadas imágenes acústicas, reminiscencias jóvenes de un autor viejo.

Hasta que llegan esas palabras. Esas. Tan sólo por unos momentos me llenan los ojos, y el océano en mi garganta se atormenta con turbulencias. Me dejo sacudir por los témpanos de viento, vuelo con ellos de un lugar a otro. Vértigo, demasiado vértigo. Me ato al suelo, escandalizada. Las palabras se entrelazan y se confunden unas con otras mientras me alejo, hasta que se encierran en una pantalla gris de nuevo.

Quiero llorar, quiero llorar tanto. Pero el dique de mares, las paredes que queman, son indestructibles. Estoy cansada de ellas, quiero romperlas y no puedo. Dejo de intentar al poco rato, y me siento a resignarme. Pasan las horas. Creo que es el hartazgo lo que más me hunde.


domingo, 11 de octubre de 2009

Infinito

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Y: La magia siempre está. ¿Sabés qué me pasó ayer? Estaba triste, como te conté, saliendo de cursar. No quise ir a casa. Mi facultad está al lado del río, y tiene un parque verde hermoso, donde me acosté debajo de un árbol escuchando Deftones. El cielo estaba de un gris blanquecino metálico, y el pasto, de un verde eléctrico totalmente vigoroso, con algunas briznas más altas que otras.
V: Estaba genial.
Y: Y se mecía en un viento lento... Fue tan hermoso. Creo que a veces eso es lo que me reconcilia con la vida: la belleza que existe, cómo está en todos lados. Los colores, los ruidos, las formas y sus sustancias. Todo, todo es tan bello.
V: ¿Puedo hacer una cita?
Y: Cite tranquilamente.
V: It was one of those days when it's a minute away from snowing and there's this electricity in the air, you can almost hear it. And this bag was, like, dancing with me. Like a little kid begging me to play with it. For fifteen minutes. And that's the day I knew there was this entire life behind things, and... this incredibly benevolent force, that wanted me to know there was no reason to be afraid, ever. Video's a poor excuse, I know. But it helps me remember... and I need to remember... Sometimes there's so much beauty in the world I feel like I can't take it, like my heart's going to cave in.
Y: Belleza Americana...
V: Sep… Uno de los monólogos que más me llegó. Es que entendí el momento y el concepto. Bah, creo que más bien sería… la sensación.
Y: Te juro que fue exactamente así. Es una sensación incomparable: sentís todo fluye, que estás ahí y que esa belleza te traga, que repentinamente sos parte de ella. Como una espectadora, pero que la vive… Como amar a alguien, ¿viste? Que sos un espectador, pero a la vez es parte tuya porque lo sentís.
V: Sí. Es como entender que el amor sostiene el mundo… como entender que todo está compuesto por eso, como entender la esencia común a todas las cosas. Pero nunca le hablo así a la gente, porque estoy seguro que dirían "Que hippie fumado", y me terminaría rompiendo las pelotas.
Y: Jaja, entonces yo soy una hippie fumada…

lunes, 5 de octubre de 2009

Premoniciones

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Despertó, angustiado y con el corazón agitado. Sostuvo su cabeza para poder retener sus pensamientos y analizarlos. Tan horrible sueño. Tan horrible… Con una mano entorpecida revolvió a su lado, empujando de aquella superficie objetos insignificantes que se interponían entre los trémulos dedos y su objetivo. ¿Dónde estaba? ¿Se lo habrían confiscado? La sola idea disparó un temblor violento en su espalda, como un pez sacudido por su espina dorsal. Y finalmente la yema de su dedo índice palpó la áspera tapa del cuaderno. Inmediatamente su mano se aferró al cartón y lo atrajo hacia su cuerpo, acunándolo. Una de las millones de lapiceras fue poseída por sus febriles dedos; en un desesperado instante, comenzó a vomitar tinta manipulada por su mano.

Las cintas azules, trazos temblorosos y agresivos, inundaron la página en pocos segundos. Primero, la hora. Luego, la fecha. Después el lugar. Tenía que hacer un seguimiento. Finalmente, las vívidas imágenes que aún se ahogaban en su mente, como náufragas que hacían sus últimos vanos intentos de mantenerse en la superficie.

Habitación melancoazul. Tres angelguerreros que sangran en las esquinas, sus manos sobre sus lívidos rostros desangrantes. Es de noche, demasiado tarde, la hora muerta donde nada existe por sí sólo, sino que está conectado con el Todo a través de esos invisibles hilos que están atrayendo a los monstruos hacia mí. Los puedo percibir ciegos fuera de la habitación, tanteando las paredes en búsqueda de una mínima falla en la construcción para entrar y… Y esa es la peor parte. Sabe que lo buscan para lastimarlo, para comerme, para fagocitarme y tragar mis cualidades. Pero no sé cómo van a hacerlo. Repentinamente, me percato que no tengo armas y desespero. Los angelguerreros gimen. La desesperación me embarga mientras corro en círculos abrazándome con mis propias manos, intentando presionarme para desaparecer. Los monstruos saben que estoy aquí dentro, y ya están aprendiendo a encontrar la puerta. Puede percibir sus manos de largos dedos apretando las hendiduras en búsqueda de… Los angelguerreros se tornan invisibles, impasibles, y abren sus ojos, expectantes, al tanto de las próximas escenas sangrientas, morbosas, donde los monstruos ingresan y me manosean, me descarnan, me arrancan de a pedazos. Pero todo está tan oscuro, la total carencia de ventanas en la desnudez de las paredes le impide ver claramente. Confuso, la lapicera aún danzando convulsivamente sobre el papel, intenta divisar alguno de los angelguerreros que permanecen invisibles, sin mostrarse a sí mismos, sólo para atormentarme. Estoy totalmente solo, he perdido la puerta yo también, por lo que no sé por dónde entrarán una vez encuentren la manera de ingresar. Atacado por una premonición repentina, me doy vuelta y enfrento una de las paredes con total certeza de que ellos están allí, del otro lado de la división, anhelantes y hambrientos. Pero ¿dónde está la puerta? ¿Dónde está la entrada? Quiere investigar; pero es conciente de que no puede dejar de escribir, podrían difuminarse las imágenes de su cabeza, podrían mezclarse con otras ficticias. Del otro lado hay voces. Sí, las oye. Se presiona contra una pared acolchonada, y nuevamente es sacudido por una convulsión en su columna vertebral. Tiene que tener cuidado de no permitir que el descontrol de sus extremidades lo lleve a presionar la punta del instrumento demasiado fuertemente contra el papel, y que de esa manera rasgue los retazos de sueños anteriores que en él están plasmados. Sus sueños, que le avisan por dónde vendrán a buscarlo, y finalmente están llegando a su conclusión, están desembocando en la pared. Me cosquillean las palmas de las manos, y mis rodillas se debilitan. Están hallándola, estoy seguro, la puerta está en esa pared donde ahora los monstruos se arrastran, vestidos de blanco, con sus punzantes dedos rellenos de veneno. Ya saben que estoy aquí, lo saben con certeza, y por eso han traído sus venenos embotellados en los dedos metálicos. Siento que de mi garganta se escapa un grito vociferado, y con más ahínco se vierte a escribir. Cuando alguien encuentre la evidencia, piensa, sabrá cómo sucedió. Pero ¿cómo la encontrarán en esta habitación suave, oscura, en este claustro de almohadas sin ventanas ni puertas ni entradas ni salidas? Las lágrimas de pavor le parten la visión en nubes. Sin motivo aparente, como si fuera parte de un juego sádico, lo encandila la luz de la habitación blanca. Ya encontraron la entrada, y me han divisado. Los angelguerreros aúllan mudos, revolotean en los rincones, ávidos de derrota. Los monstruos empujan la puerta. No sé qué hacer. No tengo armas. Y allí los veo entrando, sus rostros inmaculados, sus cuerpos níveos, y en sus manos las jeringas. Lo que más detesta. Atracado por la furia y el terror, aún garabateando sobre el cuaderno, huyo hacia la pared opuesta, e intento penetrarla. No hay manera. Estoy encerrado. Y sus dedos metálicos rellenos de veneno. Lo único que me queda es matarme, es la única solución. ¿Qué tengo en mi mano derecha? Es perfecta, es el arma más fuerte. Y alzo mi mano con la lapicera, amenazante. Los médicos se detienen, cautelosos. Con voces sedosas murmuran pequeños regocijos, palabras firuleteadas con una tranquilidad inexistente para él, quien ahora apunta la lapicera hacia su propio cuello, sus ojos desorbitados fijos en las jeringas. Son cinco contra mí, no tengo posibilidad alguna de ganarles.

Es lo último que escribe. Una estocada infalible a la garganta tensa, y el único vestigio del final de su sueño es aquella tinta escarlata que se filtra, bañando las hojas, empapando el piso de tela frente a las jeringas frustradas.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Láminas

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La vieja suposición de silencio
que me acata a sus fúnebres palabras
como costas pantanosas que emergen del silencio suyo
acalladas, sombrías, rotas.

Ahogada, ahogadísima, me pregunto:
¿Que megalómanos pretenden
infieren
perjuran
absorber el más turbio conocimiento
de mi distante persona?

Pues nada saben, en realidad.
Soy como aquellas galaxias distantes,
inexistentes a los ojos
más que como nubes estelares.
Oscuras, luminosas, alejadas
como el mar en retroceso
eterno.

Un reino de espuma y vapor
y detrás de las láminas de agua
aparezco como el agua:
en reposo.
Una capa de celofán calado
y detrás, justo detrás
aparecen mis viejos ojos.

Y los engulle el frustrado grito
que se anuda a sus gargantas templadas;
acallando, como siempre,
las metálicas aristas que los embargan.

Su desquite, las palabras.
Las injustas masas de pútridas tinieblas
en las que envuelven lo
inexistente,
la metáfora incandescente
de aquello que no acatan.

Pero no me arropo con esas mantas
funestas.

Abro las alas. Cera y plumas locas.
Allá a lo lejos me espera…
Y el viento en mis oídos me impide oírles,
me impide atarme a sus fúnebres palabras.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Celofán

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Ha oscurecido. Detrás de las ventanas puedo ver una tela satinada deslizándose lentamente, absorbida por el horizonte distante. En realidad, no la veo pero la quiero ver. Lo que pasa es que tengo tus ojos tapados por celofán delante de mí, y me asusta, me asustás. ¿Te dijeron alguna vez que el celofán es un polímero natural derivado de la celulosa? ¿No? No te importa, ya lo sé. A mí, honestamente, tampoco; pero necesito de alguna intelectualidad estúpida y totalmente inútil para deshacerme de este momento, de las paredes que me queman (y de las cuales te burlaste) por dentro.

No sé qué decirte, y no quiero ver el celofán que recubre tus ojos como una película fina de agua. Es que no está ahí, ya lo sé. No está ahí, pero está rodeándolos por dentro. No me lo querés decir tampoco, ya lo sé. No puedo seguir esquivándote, así que decido envestirme de fuerza y dirijo mis ojos (que se distraían intentando ver los fabulosos colores del Rubiks desglosado) a los tuyos. Quiero dar una impresión desinteresada, casi fría. Fracaso terriblemente: torpemente y con recaudos, mis pupilas trazan un zigzagueado camino hasta las tuyas. Estúpida, estúpida. Y las paredes queman.

No te digo porque sé que te vas a reír, y a burlarte de nuevo.

En cambio, aprieto mis antebrazos contra las costillas, y pierdo mi mirada vaga en la mesa (que es muy chica). Ya no estás bromeando. De pronto, todo es mucho más serio. Creo que no te das una idea del terror que te tengo y francamente, no tengo idea de por qué, ni de qué es lo que estoy buscando, ni de qué es lo que quiero, ni de qué carajo es un polímero derivado de la celulosa. Quizá lo busque en Internet más tarde.

Las tazas están vacías. Te dejo la puerta abierta para que entres, pero bajás por los pliegues de mármol. Todo va más rápido de lo que puedo llegar a solucionar. Siento un alivio, sí; pero no por ello me siento mejor. ¿El alivio siempre implica mejoría respecto a un estado anterior? No quiero verme al espejo. Te abro la puerta, y salís a la noche. No te veo más, probablemente. Es un alivio triste, ahora que lo siento. Un alivio pesado y frío, como la lluvia metálica del invierno.

Vuelvo, y dejo las tazas donde están. Me arrojo sin cuidado bajo la ventana, y pienso, pienso, pienso. Y pienso todavía más. Más. Me gusta sentir cuando no tengo pánico a que me invadan nuevamente las aguas que vengo sosteniendo en un dique hace meses. No quiero que se rompa la barrera justo en este momento, en el vértice más trabajado. ¿Seré tan inflexible? ¿Y estarás ahora alejándote cada vez más y más de las tazas, con tus ojos recubiertos de polímeros naturales derivados de la celulosa? ¿Qué quiero? No sé… Quizá lo busque en Internet más tarde.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Pupilas

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Estuviste tan, pero tan cerca del abismo que casi pudiste oler aquel perfume a vacío que tanto te persigue en tus pesadillas. Al asomar la nariz al hoyo interminable te engulló la visión un infinito negro, imposiblemente interminable, intermitente. Sentís cómo te traga, cómo te va aplastando las extremidades y apretándote un nudo en el cuello como si te estuviera ahorcando una muy demente corbata, y empezás a caer.

Sí, vas cayendo. Creíste que la adrenalina iba a aportarle algo de dramatismo vertiginoso a todo este asunto de caer hacia el infinito, pero en realidad te vas percatando que no hay un shot de adrenalina y que todo el vacío te va rodeando lentamente, como si no estuvieras moviéndote en lo absoluto. Lo único que te hace tener en mente que efectivamente te estás hundiendo en algún hueco de la nada es el tenue revoloteo de tus mechones de pelo, y las lágrimas que engordan en tus ojos mientras la correntada de aire frío te pega latigazos en la cara.

Seguís en tu interminable trayecto hasta el fondo. Y es en ese momento cuando te preguntás: ¿habrá fondo? Una oleada de incertidumbre y angustia te sacude la espina dorsal como si fueras un pez intentando huir de una mano que repentinamente apareció de la superficie. ¿Y si no hay fondo? ¿Y si las cosas pueden seguir empeorando infinitamente?

El hueco no se acaba. Repentinamente recordás esa historia que te contaban hace años sobre el famoso “Pozo de las Ánimas”, que aparentaba no tener fin. Y vos refutabas: “¡Pero cómo no va a tener fin! Aunque atraviese la Tierra por la mitad, en algún momento tiene que aparecer del otro lado del mundo”. Ahora, ese argumento te parece estúpido. ¿Qué sabés vos, en realidad, sobre el Mundo, sobre el Universo, sobre los Pozos, sobre el Infinito, sobre caer y caer y caer y caer…

Y de repente, aparece. Lo ves a la distancia. ¿Qué es, exactamente? Una plataforma. Sí, una plataforma de tierra y piedritas. Entra luz por algún lado, pero no sabés bien por dónde. En menos de cien metros vas a estrolarte contra el suelo, y recién ahora llega la adrenalina. “Finalmente”, pensás. En sesenta metros te reventás el cráneo contra el piso. Cuarenta. Treinta. Diez. Dos…

Fin de la caída.

No te pasó nada, pedazo de pusilánime. ¿Qué esperabas? La peor parte es el tiempo que dura la caída, pero una vez que llegaste al fondo, ya pasó. Te reís un poco, y con las manos tocás la arenosa tierra que te rodea, árida y ríspida. Sentís que se te llena el pecho de frutillas, tan feliz estás de que se haya acabado todo. Te embarga tanto la felicidad que te ponés de pie tironeado por una corriente eléctrica que te energiza el cuerpo, con los ojos saltones y la nariz atenta. Estás en un espacio reducido, y si mirás hacia arriba se ve todo negro, como una pupila.

Sos feliz.

Hay algo a un costado tuyo que te llama la atención. Como el estúpido ser curioso que sos, vas hacia eso. Es oscuro, y parece provenir desde el centro de la existencia. Tiene ese perfume a vacío que tanto te persigue en tus pesadillas. Te acercás lentamente hasta que te llena las cavidades nasales, y te das cuenta que te ha engullido el vacío. Y empezás a caer.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Perjúrico

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A veces me pregunto por qué esos míseros papeles significan tanto para vos. Comprendo que son panfletos intercambiables por bienes más lindos y brillantes, por promesas imprometibles, por salvaciones inmediatas y gratificantes. También entiendo que son como drogas, invadiéndote de una necesidad creciente de poseer más bienes lustrosos, más promesas avasallantes, más salvaciones indiscutibles. Ese concepto es fácil de absorber; ¿acaso quién no querría ser dueño de tales espejos de colores?

Lo que no comprendo es cómo esos espejismos nublan tanto tus percepciones. Parecen, de repente, cobrar más importancia que aquellas miradas que te guardaron vela durante todos esos solitarios inviernos; repentinamente son más prioritarios que esas manos sensibles que te acariciaron las mejillas cuando caíste. Incluso valen más que aquellas vidas ajenas de las que no sabés nada en lo absoluto; pero que podrían colmar otros ojos de maravillas imposibles de cuantificar. Te has cegado.

Podrás culpar, supongo, a aquella hermosa serpiente de coral que se enroscó a tu espalda y te susurró bellas palabras premonitorias de un futuro incandescente, lleno de felicidad y liberado de cualquier tipo de injuria: nada tendrás que esperar, por nada tendrás que esforzarte, nada te hará daño. Y por toda esa nada te dejaste seducir, conciente de la jugarreta, mientras contemplabas los ávidos brillantes de la piel de la víbora. Es más fácil, la mayoría de las veces, concentrarse en el deslizar armonioso de aquel reptil, en la vivacidad fascinante de sus escamas coloridas. ¡Y sus palabras son tan fáciles, tan digeribles…! Te guían suavemente por caminos que vos querías recorrer de antemano mientras vos aparentás inocente ceguera, al mismo tiempo que ignorás los molestos chillidos de las almas que vieron tus ojos y tus manos como redentoras y maestras, almas que hoy ya cesaron de llamarte con ojos derruidos y gargantas secas. Las corales son hipnóticas, al igual que sus frases y sus miradas. El mundo podría estar en tus manos… De algo hay que vivir…

Y es más fácil vivir por lo intrascendente, tanto más cómodo y apacible. Es sencillo rebalsar de rabia ante ese detallito que tanto te irrita, así como es difícil asumir que ese terrible dolor que te provoca lo inmencionable es también producto de tus propias ecuaciones.

Pero, eventualmente, se disiparán los cielos claros, y aclararán las nubes turbulentas. La hermosa Coral salivará su amargo veneno, los papeles serán arrastrados por las huracanadas correntadas de la intrascendencia a la que entregaste tu vida, las almas circundantes verán tu falsa ceguera, y entonces, en ese último vértice de tu vida, caerá, fulminante, la verdad sobre tu espalda como una espada de hierro y amanecerás en los pantanos más pútridos con los ojos hinchados y las manos envejecidas. El veneno te arderá las venas, la boca se te secará de súplicas inmerecidas, los pies estarán gruesos y cansados de las tierras fétidas, incapaces de continuar marcha hacia soluciones.


Ya conocés la soledad
que la vida te ha tatuado en el pecho…
...Y en ese momento conocerás la soledad
que tu pecho tatuó en las almas de otras vidas.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Piedritas

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A veces te encontrás mirándote en los reflejos de los charcos de barro tras una extensa y dolorosa tarde de lluvia, con tus difuminadas ojeras y tus labios casi podridos, amargándote como siempre de tanto quejarte y sufrir. “No pasa nada” te dijeron siempre, pero siempre pasa algo. Siempre está eso molestándote como una piedrita dentro de la zapatilla bailando de un lugar a otro y destrozándote los nervios. O como un bicho nocturno atormentándote en la oscuridad con su frenético y constante zumbido que no te permite entrar en sueño.

¡Qué terroríficamente sádica es la vida!

Y nadie entiende tu tristísimamente estúpida situación. Generalmente, si te entrara una pequeña piedrita en la zapatilla no te enervarías mucho: simplemente te sacarías el calzado, removerías la molestia y seguirías viaje. Pero por desgracia tenés una pila de problemas en los hombros, pequeños y grandes problemas que se amalgaman y apelotonan para hacerte los pies más pesados. Y en ese momento, cuando entra la piedrita a la zapatilla, no lo aceptás con mucha tolerancia y entrás en un estado absolutamente patético e incontrolable de frenesí.

Maldición. ¡¡Hay un mosquito zumbándome al oído!! ¡AL OÍDO!

06/02/08

martes, 25 de agosto de 2009

Pesadillas

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La mañana lo despierta con ojos tristes y un soplido frío. Entre las sábanas es otra persona: una especie de niño muy pequeño, enmarañado en pesadillas siniestras, acurrucado en un ovillo de piernas y brazos casi indescifrable. Hunde su nariz en la almohada con una esperanza casi ciega, sumergido en esa negación defensiva que le ha salvado la vida tantas veces… Es un niño, es sólo un niño.


Pero el despertador lo sacude del ensueño terrible, lo golpetea con chillidos sordos, y él intenta combatir contra la violencia del amanecer del día. Apaga el aparato sin abrir los ojos, tapando su cabeza con el acolchado tibio. Los pensamientos, perdidos en la niebla de la conciencia recién despierta, comienzan a hacerse vívidos, punzantes, dolorosos. Y él desea regresar a las pesadillas de nuevo.


Los segundos se estiran infinitamente, como una ruta de alquitrán en la pampa desierta, rodeados de nada y de silencio. Los pasos del segundero en el despertador son constantes e irritantes, insoportablemente lentos. El mundo lo tironea fuera de la cama; pero él no quiere alzar los párpados a la oscuridad de la mañana. Prefiere regresar a sus pesadillas, allí al menos no hay realidad. Pero el despertador aúlla nuevamente, y los tañidos del segundero se hacen insostenibles. Él sabe que puede evitar abrir los ojos, y aún así también tiene la certeza que nada le salvará de recibir esa corriente fría en el pecho que bajará al estómago cuando se mueva de su lugar. Se acurruca y aprieta contra sí mismo con más fuerza, intentando fusionar sus rodillas con su esternón. Nada sucede. El reloj expulsa su deseo de desaparecer.


No hay armas con que luchar este momento. Él abre los ojos y con resignación se sienta. Luego, con dedos hipersensibles, atraviesa el espacio vacío de cuerpo y lleno de ausencia a su lado, aquel ahora tenso espacio que siempre solía cubrir ella.

lunes, 17 de agosto de 2009

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"[...] De modo que no es que en esos períodos tenebrosos olvidara mi gran objetivo, sino que a la persecución lúcida y científica sucedía una irrupción caótica, a tumbos en que domina eso que las personas desaprensivamente denominan azar y que en rigor es la casualidad ciega. Y en medio del desbarajuste, mareado y atontado, borracho y miserable, sin embargo me encontraba balbuceando de pronto: 'no importa, éste de todos modos es el universo que debo explorar', y me abandonaba a la insensata voluptuosidad del vértigo, esa voluptuosidad que sienten los héroes en los peores y más peligrosos momentos del combate, cuando ya nada puede aconsejarnos la razón y cuando nuestra voluntad se mueve en el turbio dominio de la sangre y los instintos. Hasta que de pronto despertaba de esos largos períodos oscuros, y así como a la lujuria sucedía el ascetismo, mi manía organizativa seguía al caos; manía que me acomete no a pesar de mi tendencia al caos, sino precisamente por eso. Entonces mi cabeza empieza a trabajar en marchas forzadas y con una rapidez y claridad que asombra. Tomo decisiones precisas y limpias, todo es luminoso y resplandeciente como un teorema; nada hago respondiendo a mis instintos, que en ese momento vigilo y domino a la perfección. Pero, cosa extraña, resoluciones o personas que conozco en ese lapso de inteligencia, me conducen de pronto y una vez más a un lapso incontrolable.[...]"
Informe Sobre Ciegos
SOBRE HÉROES Y TUMBAS
Ernesto Sábato


Los objetivos de las personas siempre fluctúan entre esa lucidez tremenda y la más desbaratada entropía. Se nos escurren de las manos, de a momentos, para luego de haber caído treparse por nuestras piernas y arañarnos la espalda, desesperados y ansiosos, en búsqueda de certezas.

Es que no hay persona que no tenga objetivos, metas, deseos iridiscenetes que los manejen y los dominen, llevándolos por los caminos más extraños, como si estuviéramos atados por correas a algo que nosotros mismos imaginamos. Ridículo, ya que nosotros les dimos existencia... ¿Acaso no deberíamos controlarlos nosotros? ¿No deberíamos ser dueños y señores de nuestros deseos?

Quizá empiezo a comprender un poco más el Caos que provocó Dios.

sábado, 11 de julio de 2009

Inconcientehipocresía

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-No te duermas-, me ruega. Casi no lo escucho. El intermitente ronroneo del televisor aún prendido me adormece lentamente, enroscada a la frazada mientras siento el deslizar de unos dedos cálidos detrás de mi oreja.

-No me estoy durmiendo...

Puras mentiras. Si ya no puedo hilar pensamiento. Intento despabilarme un poco, pero la oscuridad aterciopelada de la habitación me sienta soporífera; su respiración suave es como un metrónomo que va invadiendo mi mente, acompasando mi ritmo cardíaco, y ese perfume lúcido suyo que me sigue a donde quiera que vaya... Al rozar las yemas de sus dedos mis pómulos, me levanto y lo miro a los ojos, que se despegan de la realidad como dos brasas oscuras camufladas en medio de ese rostro que me recuerda a mil personas y a ninguna a la vez. Me río, ¿qué más voy a hacer? Pero la risa cae como una piedra a la superficie de un riachuelo, hay algo que no está bien... Tengo un miedo repentino, casi desesperante, de esa cara y ese olor lúcido que ya tanto conozco. Me suelto de sus brazos inmediatamente con un recelo instintivo casi animal, y lo escruto con resentimiento desde una próxima lejanía. No quiero ser la piedra cayendo en el riachuelo; no quiero irrumpir esa continuidad infinita de agua cristalina para hundirme en el fondo, cubierta por ella.

Él me mira, ojoscarbónluciérnaga. Siento como crecen de sus manos garras amenazadoras que utiliza para descubrir mi rostro, oculto tras una cortina de cabello. Esas armas animales que le crecen a borbotones de las manos tienen un aroma tan dulce, y me acaricia los labios con tanta delicadeza que no puedo evitar explotar en lágrimas de frustración, y me alejo hacia una cueva oscura.

Estoy sola, pero no estoy sola. Su olor omnipresente se cuela por mi piel, me llena de añoranza. ¿No vendrá a buscarme? No, no, estúpida. ¿Por qué lo haría? Ese angelgarras no quiere volver a verme. No lo culpo, en definitiva. Después de todo, yo fui la que huí.

Estoy paralizada, rodeada de nubesdudasamigos que me señalan y ríen. Se acercan, me abrazan, me golpean y lloro. Me siento como un cronopio, repentinamente; y, obnubilada por un deseo incorruptible de deshacerme de ellos, me rodeo de un círculo de tiza. Se van alejando paulatinamente. Él es el único que queda. Sus ojos me murmuran palabras impecables, mientras lentamente me envuelve en esos brazos tibios y ese aroma sedoso y dulce.

-No te duermas...

Habitación. Oscuridad. Frazada...

-No me estoy durmiendo...

jueves, 18 de junio de 2009

El Daño

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El Daño
Los versos del Capitán
Pablo Neruda

Te he hecho daño, alma mía,
he desgarrado tu alma.

Entiéndeme.
Todos saben quién soy,
pero ese Soy
es además un hombre
para ti.

En ti vacilo, caigo
y me levanto ardiendo.
Tú entre todos los seres
tienes derecho
a verme débil.
Y tu pequeña mano
de pan y de guitarra
debe tocar mi pecho
cuando sale al combate.

Por eso busco en ti la firme piedra.
Ásperas manos en tu sangre clavo
buscando tu firmeza
y la profundidad que necesito,
y si no encuentro
sino tu risa de metal, si no hallo
nada en qué sostener mis duros pasos,
adorada, recibe
mi tristeza y mi cólera,
mis manos enemigas
destruyéndote un poco
para que te levantes de la arcilla,
hecha de nuevo para mis combates.


***

Un poco de poesía extranjera para quienes quieran leerla. Todos siempre tenemos nuestro ídolo de arcilla que nos ayuda a luchar contra nuestras propias palabras locas...

Pero los famas.

martes, 2 de junio de 2009

Metástasis

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Es la opinión que me silencia,

y me aturde. Cada día

más atrapada por esas palabras infectadas,

contagiando

a las mías

con la enfermedad de tu sufrimiento

perdido, huidizo, cubierto

por un velo inexistente de llanto y de culpas.

Llamándome tras tus fauces

inquietas. Ofreciéndome frutas y bebidas,

…y arañándome la espalda.

Nada aplacaría los glaciares de tu sentimiento empedernido,

arpón de dolor en tu pecho rígido

que tanto insistís en arrojar

a mis pies.

Tantas veces me suicidé con su punta,

y tanta sangre

oscura

manó de mi debilidad absurda.

Y esos ojos escondidos…

que ya no puedo ver

con el mismo calor de un principio.

No quiero embeberme de tus palabras

infectadas,

ni aniquilar mi sufrimiento con el arpón de tus dudas.

Y sigo viviendo la metástasis de tu Orgullo.


Monserrat Escudero

19/05/09’



Poema antes de.

viernes, 29 de mayo de 2009

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No puedo acallar el zumbido en mi cabeza, como palabras vibrantes que me carcomen el pensamiento... no me dejan en paz. A veces quisiera hacer una desconexión total y dedicarme a la nada un buen rato de mi vida, al silencio, a la ceguera, al mutismo. Pero sé que ello no va a suceder. Me conozco.

Aunque no estaría malo desmayarme por un rato :P

Quizá mi problema mayor sea pensar demasiado las cosas, buscarle justificación y basamento a todo lo que me dicen, lo que hacen, lo que aparentan. Tal vez por eso me cuesta tanto enojarme con las personas, siendo tan sano este sentimiento. Maldita y obsesiva necesidad de entender.


Pero las personas. ¿Por qué? A veces las veo, solas, afligidas, sonrientes y habladoras, como si vomitando una interminable verborragia fueran a escaparse de la realidad. ¿Es eso lo que buscan? ¿Un pasadizo de huida? ¿O más bien, como yo sin éxito busco, cumplen con su deseo de cegarse, ensodecerse, entrar en mutismo?

Y allí es donde entran en la superficialidad y la banalidad diaria, los escapes momentáneos se tornan crónicos, y lo más vano se convierte en lo más vital. El deseo de acallar los zumbidos corrosivos en sus propias cab
ezas los atraca y gobierna, y se estampan tras persianas, ocultándose. ¿De qué?





¿De sí mismos?


Los dejo con la versión traducida de Stairway to Heaven, Escalera al Cielo.















Hay una dama que está segura q
ue todo lo que brilla es oro
Y está comprando una escalera al cielo.
Cuando llega, ella sabe que si los negocios están cerrados
con una palabra puede conseguir aquello por lo que vino.

Oooh... Y está comprando una escalera al cielo.

Hay un cartel en la pared, pero ella quiere estar segura
Porque, como sabrás, a veces las palabras tienen doble significado.
En un árbol a un lado del arroyo hay un pájaro que canta
A veces todos nuestros pensamientos están aprehendidos.
Oooh, me hace reflexionar (maravillarme?)
Oooh, me hace reflexionar (maravillarme?)

Cada vez que miro al Oeste me da una sensación
Y mi espíritu grita, deseoso de irse.
En mis pensamientos he visto aros de humo a través de los árboles
Y las voces de aquellos que se quedan observando.
Ooh, me hace reflexionar (maravillarme?)
Oooh, realmente me hace reflexionar (maravillarme?)

Hay un rumor que dice que si todos alzamos la voz cantante
El gaitero nos llevará por el camino de la razón.
Y será el amanecer de un nuevo día para aquellos que permanezcan
Y el eco de las risas sonará en los bosques.

Si hay ajetreo en tu cerco de setos, no te alarmes
Sólo es la limpieza de la primavera para la reina de Mayo.
Sí, hay dos caminos que podés recorrer, pero en el largo
Todavía tenés tiempo de cambiar el camino que transitás.
Y me hace reflexionar.

Tu cabeza está zumbando y no se va a ir, en caso que no lo sepas,
El gaitero te está llamando para que te unas a él.
Querida dama, ¿podés oír el viento soplar? ¿Y sabías
Que tu escalera se encuentra en el viento susurrante?

Y mientras acabamos en el camino
Nuestras sombras más altas que nuestras almas.
Allí camina una dama que todos conocemos
Que irradia una luz blanca y quiere demostrar
Cómo todo aún se convierte en oro
Y si escuchás con mucha atención
El canto va a alcanzarte al final
Cuando todos sean uno y uno sea todos
Ser una piedra y no rodar... [aclaración: juega con Rock and roll]

Y está comprando una escalera al cielo...


martes, 19 de mayo de 2009

Cicatrices

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No habrá nada en el mundo que cure la herida que dejó tu orgullo.

lunes, 18 de mayo de 2009

Pensamientos

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Hoy tuve un viaje en colectivo que deseé no se terminara por un buen rato. El día gris, fresco pero no frío, y la música enchufada directo a mi cerebro me hicieron entrar en un estado nebuloso, relajado pero sombrío. Ese tipo de ánimo me atraca generalmente cuando viajo introvertida, silenciosa, cuando me dejo llevar. El colectivo es, por eso, uno de mis lugares de pertenencia favoritos para filosofar...

... Y el pensar me lleva a concebir vastedades inimaginables, a asumir la idea más volátil como la verdad más certera y cuajante, así como viceversa. Pero hoy necesité de mis dudas.

Hoy necesité mis dudas...






Y llegaron las respuestas. Finalmente, un golpe de aire (frío, pero aire) cortando su camino a mis pulmones, que se me hincharon finalmente. No más dudas. Hay respuesta certera. No es la que hubiera deseado, pero no más angustia ante la incertidumbre.

Cubro las fisuras.


















"Es
como si pese a todo, igual estuvieras inmaculada en mi recuerdo... en mi mente no te mostrás con la misma honestidad que en la realidad..."






Piso tierra ahora. Mañana me toca el parcial de Introducción al Pensamiento Científico, por lo que no es la mejor idea del mundo quedarme divagando en las posibles líneas de tiempo paralelas a la que me toca.

Este es un buen momento para tener a Isidris, mi narguile... de llenar el pecho de humo sabor a melón o a chocolate.


No hay narguile.


Pero los famas.

viernes, 1 de mayo de 2009

Vastedades

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Buenos días, mi bienamada gente (o malamada, en muchos casos... y también másomenosamada, o relativamenteamada o casidesconocidaperoamada gente).

Hoy ando apática a mi usual duda e incertidumbre, un tanto chispeada de alegría y optimismo candente que me mantiene erguida... lo malo es que, en la mesa del comedor, me esperan 20 ejercicios de funciones homográficas felizmente, al acecho. Lo peor del asunto radica en que alquilé dos películas para atravesar la noche impenetrable que me persigue desde este momento, y, considerando los villanos de la mesa y sus números torturadores, me tienta empezar a dejarme caer en la noche más temprano.

Hoy extraño a mi vecino desconocido, quien durante las tardes y noches toca una linda melodía en la guitarra criolla. Ya he tomado la costumbre de no poner música a la tarde, o de acercarme a la ventana cuando toca y relajarme. La vida de departamentos pegados, casi vidas entrelazadas en los ruidos, los olores, los silencios y los timbres confusos... Desde el hueco en la pared que me comunica con el patio interno de otros dos edificios, a veces, puedo ver figuras deslizándose detrás de las cortinas, como espectros que comparten mi vida y a su vez son invisibles. He escuchado al ocupante del piso inferior del edificio de en frente entrar en una crisis y romper todos los platos de su casa, furioso. He escuchado a mis vecinos de en frente, odontólogos, usar el torno maléfico contra sus pacientes. También, a veces, los vecinos de más abajo organizando juntadas extrañas donde se pasan la noche gritando, riendo y emanando un aroma a marihuana bastante poderoso (lo suficiente como para ascender los tres pisos hasta mi pieza). La vecina del piso inmediatamente contiguo cocina un arroz con pollo que huele tan sabroso... Y, la del edificio de en frente, cuelga su ropa en un ténder que despliega por el patio. ¿No le da miedo que se le caiga la ropa?

Es como ver pantallazos de la vida de las personas, pequeños momentos que experimento desde detrás de un vidrio esmerilado, como una curiosa e ingenua pervertida, asomando mi nariz a un patio que deja entrever muy levemente las vidas de los demás. Me pregunto qué se vería de mí si a alguien se le ocurriera, por algún motivo, asomar su propia cara a la ventana y preguntarse "¿Qué habrá detrás de ese vidrio sin cortinas de allá? ¿Quién será la persona que pone música bajita todas las noches?". O, quizá, dejo ver más de lo que creo. Tal vez se pregunten quién es esa persona que insulta a las funciones inversas y maldice el momento en que le pusieron un polinomio en su camino.

En una de esas...

Extraño a mi vecino que toca la guitarra. A veces me ayuda a estudiar. ¿Me invadirá su melodía hoy?

...

sábado, 25 de abril de 2009

Retráctil

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Retráctil

~Poema en frío~


Te ayudé a entender en tu vaga situación corrupta.

desconectada, me arrastraste a tus vestigios;

con una falsa mirada de pena en tu alma

y dos tercios de falacia en tu palabra abrupta.


Con tus preciosas manos me mataste.

Me alzaste ente cielos bastardos.

Insististe, autodestructivo, una bala por momento,

sin apuro te bendije, y sonó un eco macabro.


Cada mañana atrapaste tu carnada

sin mucha esperanza de seguir adelante.

Contorsionado, como más te conozco,

avanzaste lujurioso, sin pena en tu andada.


Detuve tus costas grises en su momento más osado

pero no quise naufragar la tibieza de tus ojos amargos;

y en el momento más inerte de tu labio helado

me sentí triunfante, escapando intrépida a otro letargo.


Pero siguieron tus contornos obscenos

acaparando, llenando, atrapando mis manos viejas.

Cansada, te permití el sustento entibiado

de mis más perplejas y oscuras llamas, sin moraleja.


Me tuviste en tus fauces azules, sonrosado,

con una mirada retráctil te suspiré una letanía.

Arrepentida de mis palabras fáciles, observé tu reojo

para encontrarte frío, desamparado. Coraza vacía.


No volví a desenterrarte del silencio.

Apareciste confuso, como una ola desatada,

y permanecí inquieta a tus deseos febriles;

tan adormecida, incapaz de sentirme destrozada.


Al acabar tu fútil llanto parapléjico

fundí dos pupilas de cemento en tu pecho agarrotado.

Tanta fue la insistencia inútil

que acabaste en mi estómago, con tu cuerpo derrotado


Perdonáme, susurraste, garantizando tu ignorancia

y sin recelo permití a tus labios trazar mi descontento

para encontrarte, nuevamente, agazapado en la desgracia;

soltándome levemente, del cielo al cielo.


Monserrat Escudero

12/03/09

 
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