Mascota de mis ojos, nube de avispas tiesas. Traviesa tarde en que conocí tu veneno, chispeante, halagadoramente débil entre mis dedos tibios... halagadoramente débil.
Silencioso, como siempre, balanceándote en la cuerda de mis palabras, esas que se abalanzan sobre vos fríamente. Así has sido siempre, trapecista torpe, esperando que yo despierte de mi sueño de cerezas que nunca acaba, como el tejido de Penélope... como el tejido de Penélope.
Siempre dispuesto, ave de las tormentas frías, a posarte en mi brazo enmohecido por las lluvias. Con tu pico recto y tus alas mutadas, Hijo de la Condena, atento a las fallas. Extraño rayo de
oscuridad violeta, filtrándote entre las rendijas del tiempo, y yo duermo escuchando tu dulce locura desapareciendo de mis oídos; siento tus palabras, ellas se van rigidizando, volviéndose las rocas que siempre han sido, ogros de mi existencia azul. Adormecida, ya te he olvidado, enterrado entre océanos de líquidos viscosos y frescos, allí donde sólo se aventuran los navíos fantasma... los tristes navíos fantasma.
Culebra de mis brazos límpidos, satélite del cielo diáfano, primavera esteparia. Sos un extraño para mí, ¿por qué habías de importarme? Y aún así te resguardé de mis agudas palabras, de mis uñas descarnadas. Aún así te cubrí con tapices de jacarandá y te canté canciones. Tus arañas no tienen ya su efecto en mí, y tu veneno chispeante me hace sonreír. ¿Qué voy a hacer ahora con todo este silencio? Comenzaría por alfombrar mi piel, mis manos, mi pelo, mis pupilas, mis labios, mis... pupilas silenciosas.
... Como siempre lo han sido, antes de tu veneno, de las tardes traviesas. Siempre, siempre, siempre, siempre. Ojos mudos. Manos expresivas. No iban a cambiar. Mascota de mis ojos, no podés enseñarle a cantar a un mudo; nube de avispas tiesas, era imposible aquietar mis manos sangrientas. Quisiste intentarlo, y te enrredaste, joven y débil, en mis dedos tibios... halagadoramente tibios.
Silencioso, como siempre, balanceándote en la cuerda de mis palabras, esas que se abalanzan sobre vos fríamente. Así has sido siempre, trapecista torpe, esperando que yo despierte de mi sueño de cerezas que nunca acaba, como el tejido de Penélope... como el tejido de Penélope.
Siempre dispuesto, ave de las tormentas frías, a posarte en mi brazo enmohecido por las lluvias. Con tu pico recto y tus alas mutadas, Hijo de la Condena, atento a las fallas. Extraño rayo de
oscuridad violeta, filtrándote entre las rendijas del tiempo, y yo duermo escuchando tu dulce locura desapareciendo de mis oídos; siento tus palabras, ellas se van rigidizando, volviéndose las rocas que siempre han sido, ogros de mi existencia azul. Adormecida, ya te he olvidado, enterrado entre océanos de líquidos viscosos y frescos, allí donde sólo se aventuran los navíos fantasma... los tristes navíos fantasma.Culebra de mis brazos límpidos, satélite del cielo diáfano, primavera esteparia. Sos un extraño para mí, ¿por qué habías de importarme? Y aún así te resguardé de mis agudas palabras, de mis uñas descarnadas. Aún así te cubrí con tapices de jacarandá y te canté canciones. Tus arañas no tienen ya su efecto en mí, y tu veneno chispeante me hace sonreír. ¿Qué voy a hacer ahora con todo este silencio? Comenzaría por alfombrar mi piel, mis manos, mi pelo, mis pupilas, mis labios, mis... pupilas silenciosas.
... Como siempre lo han sido, antes de tu veneno, de las tardes traviesas. Siempre, siempre, siempre, siempre. Ojos mudos. Manos expresivas. No iban a cambiar. Mascota de mis ojos, no podés enseñarle a cantar a un mudo; nube de avispas tiesas, era imposible aquietar mis manos sangrientas. Quisiste intentarlo, y te enrredaste, joven y débil, en mis dedos tibios... halagadoramente tibios.




