lunes 30 de noviembre de 2009

Fantasmas

Mascota de mis ojos, nube de avispas tiesas. Traviesa tarde en que conocí tu veneno, chispeante, halagadoramente débil entre mis dedos tibios... halagadoramente débil.

Silencioso, como siempre, balanceándote en la cuerda de mis palabras, esas que se abalanzan sobre vos fríamente. Así has sido siempre, trapecista torpe, esperando que yo despierte de mi sueño de cerezas que nunca acaba, como el tejido de Penélope... como el tejido de Penélope.

Siempre dispuesto, ave de las tormentas frías, a posarte en mi brazo enmohecido por las lluvias. Con tu pico recto y tus alas mutadas, Hijo de la Condena, atento a las fallas. Extraño rayo de oscuridad violeta, filtrándote entre las rendijas del tiempo, y yo duermo escuchando tu dulce locura desapareciendo de mis oídos; siento tus palabras, ellas se van rigidizando, volviéndose las rocas que siempre han sido, ogros de mi existencia azul. Adormecida, ya te he olvidado, enterrado entre océanos de líquidos viscosos y frescos, allí donde sólo se aventuran los navíos fantasma... los tristes navíos fantasma.

Culebra de mis brazos límpidos, satélite del cielo diáfano, primavera esteparia. Sos un extraño para mí, ¿por qué habías de importarme? Y aún así te resguardé de mis agudas palabras, de mis uñas descarnadas. Aún así te cubrí con tapices de jacarandá y te canté canciones. Tus arañas no tienen ya su efecto en mí, y tu veneno chispeante me hace sonreír. ¿Qué voy a hacer ahora con todo este silencio? Comenzaría por alfombrar mi piel, mis manos, mi pelo, mis pupilas, mis labios, mis... pupilas silenciosas.

... Como siempre lo han sido, antes de tu veneno, de las tardes traviesas. Siempre, siempre, siempre, siempre. Ojos mudos. Manos expresivas. No iban a cambiar. Mascota de mis ojos, no podés enseñarle a cantar a un mudo; nube de avispas tiesas, era imposible aquietar mis manos sangrientas. Quisiste intentarlo, y te enrredaste, joven y débil, en mis dedos tibios... halagadoramente tibios.

jueves 19 de noviembre de 2009

Avalancha

Siempre, a cada cielo complementa un abismo. Las miradas caen a pedazos en los recuerdos tibios, enturbiándose en el eterno fluir de la inercia donde vivo agazapada, amalgamada junto a los demás inertes que olisquean el pasado y sus jazmines de lluvia. Está todo inundado, lo has dejado todo tamizado con tus acordes e invadido por tus silencios fijos; lo relaciono cuando veo las alfombras tejidas por los jacarandá, cuando camino bajo los árboles que lloran, cuando al sol recalcitrante sucede un vendaval febril.

Es tanta la ausencia que de a momentos siento el instinto de mis manos de desprenderse de mis brazos e ir a buscarte allí, quieto y violento en el abrazo del rosedal; pero así también es como siento aquel inconfundible deseo de alejarte con recelo, monstruo de las mil expresiones, de los gestos de frialdad obsesiva. Todo se me extirpa del razonamiento para radicarse indiscretamente en el hueco más céntrico del esternón, y allí hierven las contradicciones, revientan los oximoron de mi deseo absurdo.

Y por cada recuerdo alto, alto existe un pozo profundo,
profundo,
profundo,
profundo.
Por cada cariño suave existe un golpe seco y
rotundo.
Por cada arpegio soleado existe un aullido oscuro.
Y por cada encuentro existen insalvables distancias, terribles pérdidas e infortunio.

No olvido jamás la dulce agresión de tus ojos, de tus palabras vacías al fijarme entre tus dientes, ni la monstruosa calidez de tus arañas sobre mis brazos eléctricos. Recuerdo en constancia el témpano de metales acorazados que te recubrieron en aquel fatídico momento, junto al horror hacia tus dedos-sogas que prometían arrendarse a mi garganta, y el alivio al hallar en ellos cuerdas rebalsadas de notas, de música. La indiscutible felicidad que me invadió al observarte en tu definitivo alejamiento, y el dolor de los cristales rotos en mis córneas.

Estoy hundida en este perfume invasivo. Quiero salir. Necesito volver al mundo de lo común, lo rutinario, el letargo de la satisfacción llana, de la superficie cálida y luminosa que precede las profundidades más temidas de los océanos. Es la realidad de la planicie lo que me puede devolver los oximoron al razonamiento.

Hasta tanto, nado y me desplazo en este inundado y oscuro pozo profundo, profundo, profundo, profundo...

viernes 6 de noviembre de 2009

El pájaro rompe el cascarón

-Muchacho –dijo con vehemencia -, también usted celebra misterios. Sé que tiene sueños usted de los que nada me dice. No los quiero conocer. Pero le digo una cosa: ¡vívalos todos, viva esos sueños, eríjales altares! No es lo perfecto, pero es un camino. Ya se verá si nosotros, usted y yo y algunos más, somos capaces de renovar el mundo. Pero debemos renovarlo en nosotros mismos, día a día; sino nada valemos. ¡Piense en ello! […]; usted debe tener deseos de amor, sueños. Quizá son de tal especie que le asustan. ¡No los tema! ¡Son lo mejor que posee! Créame. Yo he perdido mucho por haber amordazado mis sueños cuando tenía su edad. Eso no debe hacerse. Cuando se conoce a Abraxas, ya no se debe hacer. No hay que temer nada ni creer ilícito nada de lo que nos pide el alma.

Asustado, objeté:

-¡Pero no se puede hacer todo lo que a uno le apetece! ¡No se puede matar a un hombre porque a uno le resulta desagradable!

Se acercó más a mí:

-En determinadas circunstancias se puede hasta eso. Pero la mayoría de las veces se trata de un error. Yo no digo que usted haga todo lo que le pase por su mente. No. Pero tampoco debe usted envenenar las ideas, reprimiéndolas y moralizando en torno a ellas, porque tienen su sentido. En vez de clavarse a sí mismo o a otro en una cruz, se puede beber vino de una copa con pensamientos elevados, pensando en el misterio del sacrificio. Se puede también, sin estas ceremonias, tratas los propios instintos, las llamadas tentaciones de la carnes, con amor y respeto; entonces nos descubren su sentido porque todas tienen sentido. Cuando se le vuelva a ocurrir algo muy aberrante o pecaminoso, cuando desee de pronto matar a alguien o cometer no sé qué monstruosidad inconmensurable, piense un momento que es Abraxas el que está fantaseando en su interior. El hombre a quien quiere matar no es fulano o mengano; seguramente es sólo un disfraz. Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen algo que se encuentra en nosotros mismos. Lo que no está dentro de nosotros mismos no nos inquieta. […] Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. El camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil. Caminemos.


Demián”, Herman Hesse. Cap. V: El pájaro rompe el cascarón.

Es tan duro el encuentro con uno mismo, enfrentarse con aquellas cosas que arden, raspan, molestan. Con razón dice Hesse "nada hay más molesto para el hombre que seguir el camino que le conduce a sí mismo". Es tan difícil desnudarse y mantenerse erguido frente al espejo, verse.

Uno siempre está tan lejos.

lunes 2 de noviembre de 2009

El descenso por la madriguera

El tiempo no pasa, sino mas bien corre, como un conejo en verano arrastrando la cola de su frac a través de las esbeltas briznas de pasto en una campiña de ensueño, ojeando su reloj con frenética desesperación mientras murmura para sí "Dios mío, ¡qué tarde se me ha hecho! ¡Muy tarde!", y sus patas tamborilean la tierra mientras se aleja y desaparece en una madriguera escondida bajo un seto. Yo, como una niña, lo miro con atenta incredulidad, con esa curiosidad profunda que me lleva a dejar de oír las lecturas de mi hermana y perseguir al Tiempoconejo que se hunde en la madrigueravida. Lo sigo hasta ingresar yo también en el hueco, pero tropiezo y caigo en sus fauces oscuras. El pozo es interminable, casi podría atravesar el universo... O quizás sea que estoy cayendo muy lentamente.

Pero al pisar el suelo, mi conejo ya no está. Se ha marchado. Y voy a pasar el resto de mi vidasueño buscándolo sólo para hallarlo algunas pocas veces, y siempre en las situaciones más enmarañadas. Aún así seguiré persiguiéndolo, es inevitable; me llama a correr tras su estela eternamente con ojos grandes y sorprendidos, y la boca entreabierta. Serán esos momentos en que en la distante lejanía lo observe, taciturno y activo, apurarse hacia delante, siempre llegando tarde a todos lados. Quizá no pueda ver más que sus suaves y puntiagudas orejas a la distancia.

Sé que lo tendré más cerca en el juicio, cuando la Muerteduquesa condene; pero prefiero no pensar demasiado en mis argumentos cuando tal tribunal decida juzgarme. Elijo, como siempre, correr tras sus huellas, preguntándome siempre el por qué de su implacable apuro, viendo sus bigotes bambolearse mientras fuerzo mi cuerpo a seguirlo, y a mi alrededor se suceden esas maravillas fantásticas que, al despertar, no habrán sido más que un hermoso sueño.

martes 27 de octubre de 2009

Harto Silencio


Intenté derribas las paredes, pero me resigné y me senté a esperar. Ya estoy cansada. Creo que es el hartazgo lo que más me hunde. Pasan las horas, pasan los silencios llenos de gritos, los ojos vacíos que no me dicen nada, las expresiones vívidas y distantes en los que me rodean. Y pasan también mis manos por superficies frías, y mi mirada ciega sobre nubes de colores monocromáticos. Pasa el tiempo.

Tengo las lágrimas apiñadas en el cuello, estancadas en un lugar que atraviesa la clavícula. Allí se amalgaman, y me llenan de cosquilleos el esternón. Y el tumor de lágrimas crece y crece, no puedo tragarlo.

Quisiera entenderlo, pero supera mis neuronas mudas. Se me reseca la lengua de tanta soledad acompañada, y se me parten los labios de murmurar palabras bellas. Las manos ajenas, como cremas, fisuraron mi piel alienada, que vocifera que la suelten. Pero creo que es el hartazgo lo que más me hunde. Es la desaparición del sentido, y la extensión del tiempo.

Es que se extiende como una alfombra prolija y acre, rociada de venenos afrodisíacos. Me llama, me traga, me mastica, me escupe. Cuando emerjo de su costa de espanto siento que he renacido y me queda todo el pecho por vivir; pero luego regreso a sus tapices, a su césped, y me dejo cautivar por el aroma de sus promesas. Me llama, me traga, me mastica, me escupe. Paso en y por el tiempo.

Hasta que llegan esas manos. Esas. Esas canciones, esos silencios. Se deslizan a mi alrededor un momento, me hablan y me besan, me sostienen muy cerca. Y yo bailo como hipnotizada en círculos concéntricos, me dejo alzar muy alto levantando las manos hasta llegar al azul de la lejanía. Vértigo, demasiado vértigo. Me suelto y bajo, escandalizada. Las canciones se hacen ecos mientras las alejo, y los silencios se visten de sombras; se van alejando lentamente, graduales y temerosas, hasta que se encierran en una pantalla gris de nuevo.

Creo que es el hartazgo lo que más me hunde, pienso mientras regreso. Creo que son las mismas historias, el mismo mar apresado en mi garganta. Siento náuseas al pensar toda la sal que me invade y lo poco que he podido hacer en todo este tiempo. Me desesperan las agujas que corren eficientemente en los relojes, girando y girando, en una burla eterna. Me irritan los números cambiantes en mi teléfono celular, y cómo cada uno arrastra nuevas palabras iguales a las anteriores, renovadas imágenes acústicas, reminiscencias jóvenes de un autor viejo.

Hasta que llegan esas palabras. Esas. Tan sólo por unos momentos me llenan los ojos, y el océano en mi garganta se atormenta con turbulencias. Me dejo sacudir por los témpanos de viento, vuelo con ellos de un lugar a otro. Vértigo, demasiado vértigo. Me ato al suelo, escandalizada. Las palabras se entrelazan y se confunden unas con otras mientras me alejo, hasta que se encierran en una pantalla gris de nuevo.

Quiero llorar, quiero llorar tanto. Pero el dique de mares, las paredes que queman, son indestructibles. Estoy cansada de ellas, quiero romperlas y no puedo. Dejo de intentar al poco rato, y me siento a resignarme. Pasan las horas. Creo que es el hartazgo lo que más me hunde.


domingo 11 de octubre de 2009

Infinito



Y: La magia siempre está. ¿Sabés qué me pasó ayer? Estaba triste, como te conté, saliendo de cursar. No quise ir a casa. Mi facultad está al lado del río, y tiene un parque verde hermoso, donde me acosté debajo de un árbol escuchando Deftones. El cielo estaba de un gris blanquecino metálico, y el pasto, de un verde eléctrico totalmente vigoroso, con algunas briznas más altas que otras.
V: Estaba genial.
Y: Y se mecía en un viento lento... Fue tan hermoso. Creo que a veces eso es lo que me reconcilia con la vida: la belleza que existe, cómo está en todos lados. Los colores, los ruidos, las formas y sus sustancias. Todo, todo es tan bello.
V: ¿Puedo hacer una cita?
Y: Cite tranquilamente.
V: It was one of those days when it's a minute away from snowing and there's this electricity in the air, you can almost hear it. And this bag was, like, dancing with me. Like a little kid begging me to play with it. For fifteen minutes. And that's the day I knew there was this entire life behind things, and... this incredibly benevolent force, that wanted me to know there was no reason to be afraid, ever. Video's a poor excuse, I know. But it helps me remember... and I need to remember... Sometimes there's so much beauty in the world I feel like I can't take it, like my heart's going to cave in.
Y: Belleza Americana...
V: Sep… Uno de los monólogos que más me llegó. Es que entendí el momento y el concepto. Bah, creo que más bien sería… la sensación.
Y: Te juro que fue exactamente así. Es una sensación incomparable: sentís todo fluye, que estás ahí y que esa belleza te traga, que repentinamente sos parte de ella. Como una espectadora, pero que la vive… Como amar a alguien, ¿viste? Que sos un espectador, pero a la vez es parte tuya porque lo sentís.
V: Sí. Es como entender que el amor sostiene el mundo… como entender que todo está compuesto por eso, como entender la esencia común a todas las cosas. Pero nunca le hablo así a la gente, porque estoy seguro que dirían "Que hippie fumado", y me terminaría rompiendo las pelotas.
Y: Jaja, entonces yo soy una hippie fumada…

lunes 5 de octubre de 2009

Premoniciones

Despertó, angustiado y con el corazón agitado. Sostuvo su cabeza para poder retener sus pensamientos y analizarlos. Tan horrible sueño. Tan horrible… Con una mano entorpecida revolvió a su lado, empujando de aquella superficie objetos insignificantes que se interponían entre los trémulos dedos y su objetivo. ¿Dónde estaba? ¿Se lo habrían confiscado? La sola idea disparó un temblor violento en su espalda, como un pez sacudido por su espina dorsal. Y finalmente la yema de su dedo índice palpó la áspera tapa del cuaderno. Inmediatamente su mano se aferró al cartón y lo atrajo hacia su cuerpo, acunándolo. Una de las millones de lapiceras fue poseída por sus febriles dedos; en un desesperado instante, comenzó a vomitar tinta manipulada por su mano.

Las cintas azules, trazos temblorosos y agresivos, inundaron la página en pocos segundos. Primero, la hora. Luego, la fecha. Después el lugar. Tenía que hacer un seguimiento. Finalmente, las vívidas imágenes que aún se ahogaban en su mente, como náufragas que hacían sus últimos vanos intentos de mantenerse en la superficie.

Habitación melancoazul. Tres angelguerreros que sangran en las esquinas, sus manos sobre sus lívidos rostros desangrantes. Es de noche, demasiado tarde, la hora muerta donde nada existe por sí sólo, sino que está conectado con el Todo a través de esos invisibles hilos que están atrayendo a los monstruos hacia mí. Los puedo percibir ciegos fuera de la habitación, tanteando las paredes en búsqueda de una mínima falla en la construcción para entrar y… Y esa es la peor parte. Sabe que lo buscan para lastimarlo, para comerme, para fagocitarme y tragar mis cualidades. Pero no sé cómo van a hacerlo. Repentinamente, me percato que no tengo armas y desespero. Los angelguerreros gimen. La desesperación me embarga mientras corro en círculos abrazándome con mis propias manos, intentando presionarme para desaparecer. Los monstruos saben que estoy aquí dentro, y ya están aprendiendo a encontrar la puerta. Puede percibir sus manos de largos dedos apretando las hendiduras en búsqueda de… Los angelguerreros se tornan invisibles, impasibles, y abren sus ojos, expectantes, al tanto de las próximas escenas sangrientas, morbosas, donde los monstruos ingresan y me manosean, me descarnan, me arrancan de a pedazos. Pero todo está tan oscuro, la total carencia de ventanas en la desnudez de las paredes le impide ver claramente. Confuso, la lapicera aún danzando convulsivamente sobre el papel, intenta divisar alguno de los angelguerreros que permanecen invisibles, sin mostrarse a sí mismos, sólo para atormentarme. Estoy totalmente solo, he perdido la puerta yo también, por lo que no sé por dónde entrarán una vez encuentren la manera de ingresar. Atacado por una premonición repentina, me doy vuelta y enfrento una de las paredes con total certeza de que ellos están allí, del otro lado de la división, anhelantes y hambrientos. Pero ¿dónde está la puerta? ¿Dónde está la entrada? Quiere investigar; pero es conciente de que no puede dejar de escribir, podrían difuminarse las imágenes de su cabeza, podrían mezclarse con otras ficticias. Del otro lado hay voces. Sí, las oye. Se presiona contra una pared acolchonada, y nuevamente es sacudido por una convulsión en su columna vertebral. Tiene que tener cuidado de no permitir que el descontrol de sus extremidades lo lleve a presionar la punta del instrumento demasiado fuertemente contra el papel, y que de esa manera rasgue los retazos de sueños anteriores que en él están plasmados. Sus sueños, que le avisan por dónde vendrán a buscarlo, y finalmente están llegando a su conclusión, están desembocando en la pared. Me cosquillean las palmas de las manos, y mis rodillas se debilitan. Están hallándola, estoy seguro, la puerta está en esa pared donde ahora los monstruos se arrastran, vestidos de blanco, con sus punzantes dedos rellenos de veneno. Ya saben que estoy aquí, lo saben con certeza, y por eso han traído sus venenos embotellados en los dedos metálicos. Siento que de mi garganta se escapa un grito vociferado, y con más ahínco se vierte a escribir. Cuando alguien encuentre la evidencia, piensa, sabrá cómo sucedió. Pero ¿cómo la encontrarán en esta habitación suave, oscura, en este claustro de almohadas sin ventanas ni puertas ni entradas ni salidas? Las lágrimas de pavor le parten la visión en nubes. Sin motivo aparente, como si fuera parte de un juego sádico, lo encandila la luz de la habitación blanca. Ya encontraron la entrada, y me han divisado. Los angelguerreros aúllan mudos, revolotean en los rincones, ávidos de derrota. Los monstruos empujan la puerta. No sé qué hacer. No tengo armas. Y allí los veo entrando, sus rostros inmaculados, sus cuerpos níveos, y en sus manos las jeringas. Lo que más detesta. Atracado por la furia y el terror, aún garabateando sobre el cuaderno, huyo hacia la pared opuesta, e intento penetrarla. No hay manera. Estoy encerrado. Y sus dedos metálicos rellenos de veneno. Lo único que me queda es matarme, es la única solución. ¿Qué tengo en mi mano derecha? Es perfecta, es el arma más fuerte. Y alzo mi mano con la lapicera, amenazante. Los médicos se detienen, cautelosos. Con voces sedosas murmuran pequeños regocijos, palabras firuleteadas con una tranquilidad inexistente para él, quien ahora apunta la lapicera hacia su propio cuello, sus ojos desorbitados fijos en las jeringas. Son cinco contra mí, no tengo posibilidad alguna de ganarles.

Es lo último que escribe. Una estocada infalible a la garganta tensa, y el único vestigio del final de su sueño es aquella tinta escarlata que se filtra, bañando las hojas, empapando el piso de tela frente a las jeringas frustradas.